Algo debe haber para que el salto de la rana termine dentro de la charca artificial que hay detrás de la casa de la tía Mauri. Sigo sus brincos por el parterre aun sabiendo que el final será el mismo de todos los días: una sentencia en línea recta hasta el agua con un cálculo preciso. Me asombra lo diminuta que es, lo preciosa que es. Reconozco que ningún arco me ha embobado tanto como el que describe este anfibio en el aire antes de zambullirse. Tal vez Dios, o lo que se quiera entender por Dios, quede patente en la suspensión última de este magnífico animal.
Me siento en una tumbona del jardín, desde donde es fácil admirar la fachada de la casa, impresionante sin lugar a dudas en su forma cántabra, de señorito rico. Todas las ventanas de la segunda planta están abiertas. La tía Mauri sigue empeñada en pintar las habitaciones de amarillo. Mucho me temo que aún no tiene asumida la muerte de Elena y me entristece verla ahora fingiendo normalidad cuando es el color lo que la delata. En algún lugar leí que el color amarillo representa los pensamientos positivos. Justo los que ella no tiene. Desde mi posición distingo sus brazos en alto sujetando el rodillo como una actriz histérica. Si no fuera porque presiento su aflicción, el conjunto me resultaría hasta cómico, pero es triste, muy triste el modo en que la tía Mauri trata de recompensarse a sí misma con una capa doble de pintura. Acrílica.
Y sin embargo ahí sigue, volviendo loca a la tata y cambiándolo todo de lugar: hace apenas media hora ha trasladado a otras habitaciones los muebles del cuarto que ahora pinta, igual que si hubieran sido pequeños islotes desprendidos de la Atlántida, solo que no hay agua de por medio, sí en cambio colores intensos y vasos de leche en el pasillo para evitar la intoxicación.
Me llega una imagen joven de Elena. Es curioso, pero la mayoría de las veces se me viene sonriendo. Tal vez ahora me choque más que entonces la dualidad en su humor. Deliciosamente sensible para la risa y terriblemente sensible a los estados depresivos. Después de ocho años supongo que ya es tiempo para acostumbrarse, pero la verdad es que la echo de menos. De la misma manera en que su recuerdo interfiere en la tía Mauri, en mí actúa como una salpicadura. Viene y se va. Como el salto de la rana. Algo debe haber, digo, para que día tras día lo realice con tanta pericia.
Acaricio el césped mientras sigo observando la agitación en la planta de arriba y reflexiono. A Elena le pudieron las ganas de amor. Ella sola se sentó en el parque y se dejó morir lentamente esa misma noche. Puede que esa soledad sea lo que más le reconcome a la tía Mauri. No la suya hoy, que también, sino la de mi prima aquel invierno con toda aquella necesidad.
La tata asoma repentinamente por la puerta con un escándalo que me recuerda al de las comediantas en las operetas. Tiene una energía admirable para una mujer de su edad. En cierto modo creo que su fortaleza es lo que ha mantenido muchas veces a la tía Mauri, aunque en estos instantes ella prefiera el color dorado.
_ ¡No la soporto! _ grita, mientras se queda clavada a cinco pasos de la fachada de la casa y en realidad no sé bien si está hablando conmigo o con los geranios del parterre _ ¡Acabará pintando de amarillo hasta la cenefa de la vajilla! ¡Laura, dile algo, yo ya no sé qué hacer! _ ahora entiendo que es a mí a quien le dices esas cosas.
Enseguida tía Mauri saca medio cuerpo por la ventana. Me doy cuenta de lo mucho que le cuesta soltar el rodillo y deja caer, sin querer, gotas de pintura sobre los baldosines que hay justo debajo.
_ ¡No me hagas parecer una loca, sube ahora mismo! ¡Y tú, Laura, si te vas a quedar ahí, al menos riega las plantas! _ dice, y se mete de nuevo para adentro como si en la vida no hubiera otra cosa por hacer salvo vestir paredes en tonos chillones.
_ Jesús, dame fuerzas _ masculla la tata, y al girarse hacia la vivienda le descubro serias pinceladas amarillas en el mandil. Su mansedumbre es digna de santificar.
Yo sigo acariciando el césped e inconscientemente la repetición está conmigo: algo debe haber que le dé un sentido a todas las manías y las carencias. Incluso con los ojos cerrados es imposible no prestar atención porque el olor a pintura se escapa por las ventanas de la parte alta. Resulta increíble. Alguien debería llorar debidamente a Elena sin dejar de creer en la existencia de un intervalo, una suspensión, un hueco donde buscarla después, cuando todo haya acabado. Tal vez el cielo no sea sino una sucesión de espacios donde localizar a los muertos de cada uno, fuera ya de la frialdad de los nichos.
Por fin me levanto y voy hacia el cobertizo que hay en la parte trasera, en el ángulo derecho de la masía. Las repetidas humedades han desgastado el tejadillo de latón. Por todas partes se aprecian agujeritos y es de suponer que si a tía Mauri no le importa, a mí menos. Busco entre varias herramientas y localizo una regadera de esas antiguas, de chapa pesada con toques de óxido. La misma pila en la que inflábamos globos con agua me sirve ahora para llenarla y salvaguardarme un poco, no sé bien de qué. Del histerismo de la tía, a lo mejor. De mi aburrimiento.
Vuelvo junto al parterre y derramo un chorro generoso sobre la tierra que rodea a los geranios, a las petunias, a las caléndulas… También sobre el follaje que probablemente la tata arrancará luego en su manía por mantener cierto orden. Todavía no he terminado cuando me llega desde la parte de atrás una especie de chasquido repetitivo que enseguida reconozco como el canto de la rana. Seguramente ella es ajena a todo el trajín de hoy. Tal vez por esa pureza que le intuyo, esa felicidad que ignora lo demás, enfilo por el caminito de baldosas en dirección al estanque. Allí la encuentro como a primera hora: minúscula, de un verde oscuro, indescriptible casi, magistral sobre la roca que apuntala el ángulo de la charca. Este animal, increíble, no entiende la esperanza que me da en una idea tan abstracta como es la muerte. No tiene ni idea.
Nuevamente se oyen voces desde la puerta principal. Las dejo que se vayan formando despacio porque cualquier otra prisa me incomoda. Sin embargo llega un punto en el que la voz de la tía Mauri es tan fuerte que la rana salta y desaparece bajo el agua. Y la dejo hacer.
_ ¡Laura, la merienda!
Regreso a la parte frontal y encuentro a la tía Mauri, por fin sin rodillo, desenredando una mesa plegable. Al segundo llega la tata con las sillas e inmediatamente las dos improvisan un merendero junto a la tumbona. Conociendo la algarabía anterior, la verdad es que me sorprende verlas tan civilizadas, yo diría que autistas de la pintura.
_ ¿Ya habéis acabado? _ formulo, arriesgándome a una hecatombe.
_ No, pero ya está bien por hoy _ responde la tía, mientras la tata sale en busca de la bandeja.
Me siento enfrente y es entonces cuando me doy cuenta de lo mucho que le ha cambiado el gesto de la boca, como si estuviera haciéndole pantomimas a algo. Por un momento tengo la impresión de que se va a derrumbar y me limito a mirar en un falso pudor el desconchado que se prolonga a lo largo de la pata de la mesa. Lo que verdaderamente me asusta es el hecho de que pueda llorar y yo no sepa ni qué decirle a esta mujer. A estas alturas me supera seguir dándole el pésame por Elena. Aunque lo lamentemos todos. Quizás sea esa la forma de dejar que todo repose.
_ Veo que al menos has tenido fuerzas para regar _ dice, con el rostro más compuesto.
_ Sí _ respondo, con mi acostumbrado hermetismo de casi todos los días.
La tata llega con una bandeja donde hay sándwiches, panecillos de leche e infusión para todas. Me produce admiración verla adoptando la misma postura de la silla: su vejez tiene más puntos flexibles que la madera.
_ Come, anda, que estás más flaca que el perro de Carpanta. Así quién te va a querer _ se pronuncia la tía Mauri y sonríe mientras me alcanza uno de los panecillos.
Algo hay, pienso, en el aire o en las ansias, que me trae a pasar las tardes junto a la charca y la inmutable nostalgia del caserón.
2006
|