Los primeros trazos sólo marcan su forma y mientras busca la perspectiva, no puede dejar de admirarla y de perfilar lentamente su silueta.
Majestuosa ante ella, el rostro de la Piedad adquiere vida. Aunque su cara le transmite dolor y muerte, cree adivinar en su expresión un hilo de esperanza en su agonía. Ella va difuminando con el carboncillo para darle volumen y sombras... para crear entre sus manos el milagro de la vida.
Su corazón aun no sabe de tristezas, y aunque su trazo es perfecto, cree que no sabrá plasmar en ese rostro el dolor de esa madre que vió como se sacrificaba su hijo.
Es muy joven pero recrea con sus manos y siente como sus hijos, a cada uno de sus lienzos, a cada uno de sus bocetos y deja la huella en todos ellos de la artista que lleva dentro.
Da por finalizado su estudio, repasa La Piedad de su papel y levanta la vista mientras le sonríe como si pudiera verla.
Nunca una estatua de mármol, desde el dolor y la muerte, le habia transmitido tanta vida. |