Tenía la boca sangrando, el beso de su mala suerte le había mordido con tal ferocidad que la había dejado sin boca. Lo curioso era que no le dolía, que veía la sangre chorreando entre los dedos que sellaban sus labios, pero no sentía nada. Al menos no en esa parte de su rostro, porque sus ojos le ardían de una manera tan inmisericorde que la única idea que seducía a su cerebro era arrancárselos con las uñas de una sola vez. Pero no tenía tiempo, y tenía que ver, tenía que seguir viendo, ese espectáculo horrible que se pintaba delante de ella, como el cenit de lo inacabable, lo inminente, lo fatal: he ahí la isla que nacía de la nada, la isla que crecía de la tierra y flotaba en el aire, como en un vacío flotan las tristezas. He ahí la brecha profunda y café que la separaba de la isla, la barda de protección y de extrañeza que la salvaba a ella pero no a su alma. Porque su alma estaba en la isla, en esa región cuyos límites estaban tan bien dibujados como los de un círculo, cuyo suelo estaba cubierto de grama verde, tan verde que asfixiaba el paisaje. Y he ahí su alma, expresada en los ocho cuerpos de sus hijos. Todos estaban frente a ella, a la orilla del abismo que los separaba, y ella estaba frente a ellos, gritando con la boca ensangrentada, gritándoles los nombres, uno tras otro, para que la vieran al fin, para que reaccionaran. Veía a Raúl, y le llamaba, aferrada a la ilusión de que talvez el mayor le haría caso, que talvez él levantaría la vista del suelo y se detuviera en su asombro de la grama. Talvez él lograría levantar a las tres niñas que yacían en hoyos sin tapar, en tumbas abiertas sin pudor, con los ojos abiertos… pero debían estar dormidas, ¡Sí, sus hijas estaban dormidas! Sus vestidos floreados bailaban al ritmo de una brisa absurda que vibraba al nivel del pasto. Sus hijas estaban dormidas, con los ojos abiertos y la boca sangrante… pero de seguro no les dolía, a ella tampoco le dolían los labios, quizá solo era su imaginación de grana, su imaginación fatua que de nuevo levantaba calumnias ante sus ojos.
Siguió gritando, llamaba desesperada a Raúl, a Francisco, a Javier… al pronunciar el último nombre notó con el mayor de sus terrores que sus hijos, aquellos que una vez eran energía pura y danzarina, que jamás se quedaban quietos, tenían ahora el rostro impasible, amordazado, pues el grito de dolor que los hacía sucumbir aparentaba no tener garganta mientras ellos estaban ahí, muriéndose sin darse cuenta. He ahí sus cinco hijos, los que aún yacían en pie, los que no podían caer, los de los tobillos rojos… no soportaba el ardor en su mirada, era demasiado para ella, tan pobre de vida y de ideas… pero se halló obligada a abrir bien sus ojos, tuvo que agudizar su agonía, cuando vio nacer desde el extremo más lejano de la isla a un docena de cobras reales que veían corriendo fascinadas hacia sus hijos. Y entonces lo supo todo, su alma había sido envenenada, y los que estaban caídos estaban muertos y los que no caían habrían de hacerlo pronto. Gritó con más fuerza, apartó los dedos de su boca y la sangre se esparcía con cada sonido que emitía: “¡Raúl, Raúl, tírate al abismo, Raúl, Raúl, salva a tus hermanos, Raúl, ahí vienen las culebras, ahí viene el veneno, sálvate, hijo mío, sálvate, te lo ruego!” Mas Raúl no escuchaba desde hacía cien años y su cuerpo idiota y el de sus cuatro hermanos veían a las serpientes en sus brazos, en sus piernas, en sus torsos, mordiéndoles la esencia para regalarles muerte… movieron los niños la vista hacia sus hermanas, balbucearon una invocación inteligible y cuando cerraron los ojos su madre supo, para siempre, que nunca fueron sus hijos, y el dolor que le atormentaba las pupilas le llenó de pronto la boca, y cayó sobre sus piernas. Vio sus manos temblorosas, sus manos pálidas como el algodón más puro, y su cerebro se dejó seducir por la idea de arrancarse los ojos de un tajo, para no ver jamás, para no contemplar perennemente como su alma extendida en los cuerpos de sus ocho hijos moría envenenada. Y se tapó la sangre que tenía por boca para no gritar.
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