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Inicio / Cuenteros Locales / Dama-veneno / Huitzilopochtli

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Su rostro estaba intacto frente al espejo, pero en el espejo estaba el rostro de su madre, sereno y silencioso, el mismo rostro pálido de una muerta triste. Rebeca sabía que su nombre amarillo era el aceite destilado de la enfermedad perenne de su madre, y que todo lo que ella le había enseñado era también consecuencia de su dolor agudo. Saberse de mentiras no podía causarle menos que una profunda depresión a cualquiera, y su madre estaba hundida en la depresión y su existencia. Cuando resolvió que en el espejo no se estaba viendo ella, sino a su madre, comprendió que ella era el producto de mil años de mentiras, de vejámenes, de desprecios. Ella era el resultado de una raza obscura, desolada, intranquila, cuyos dedos delicados solo tocaban los rincones de las cosas y cuyas cabezas humilladas guardaban un rostro enjuto y lleno de una furia almacenada a través de los siglos como cuentas de un rosario largo, larguísimo, que iban nutriéndose con la sed de la venganza, alimentándose para morir en la daga brillante y liberadora que un día utópico entraría para siempre en el corazón de sus opresores.

Apartó el rostro para ignorar a su madre. A veces creía que ella ahondaba demasiado en la historia de sus ancestros y se despreocupaba de escribir la suya. ¿Qué importaba el legado de rabia que le dejaran aquellos? No sería cumplida en ella la venganza, como nunca se cumplió en su madre, ni en su abuela, ni en las mujeres que vistieron la piel que ahora la adornaba a ella. Aunque su madre vivió condenada en su cárcel de depresión… ¿habrá sido ese el castigo de sus antepasados porque ella se negó a cumplir la absoluta y devoradora misión de la venganza? Rebeca, envuelta en su nombre de aceite, jamás pensó que su raza pudiera traer consigo la enfermedad de la tristeza, por lo que cuando notó los primeros signos de la marchitez de su mamá, creyó que se trataba de cualquier cosa menos de eso. Mas cuando la vio morir, y morirse lejos, ajena, inconclusa, se asustó de la forma extraña en que se comportaba la sangre, cómo su madre, perpleja en la tina que ella misma se había encargado de llenar desde sus venas, tenía aquel rostro lleno de abatimiento y terror incombatible, y la veía a ella, a Rebeca, sin importar el sitio donde se quedara parada, ya fuera a la izquierda de la tina, o la derecha, aún saliéndose del baño, la mirada de su madre la seguía, la advertía, la condenaba. Pero ¿A qué la condenaba? Cada vez que cerraba los ojos se preguntaba lo mismo, ¿cuándo se cumpliría su condena? Y sobre todo ¿por qué se merecía tal? Ella no había hecho nada meritorio de recordarse, ni bueno ni malo, sencillamente no había hecho nada con su vida. Solo aquel día que vio de cerca a Javier le parecía memorable, y ahora lo vería de nuevo.

Se había casado con Javier hacía dos semanas, sin saber nada más de él que su capacidad de hacer que su voz fuera azul y de agua cuando todos los sonidos del mundo parecían ser pedregosos y grises. Nada más. A su madre seguramente le hubiera parecido una locura casarse con un hombre del cual no se sabía nada, pero al verlo, se hubiera desmayado sin reparos de discreción porque ese hombre con el que Rebeca se había visto una sola vez (y la vez de la boda) no tenía ninguna facción, o rasgo, o detalle, o lunar bicentenario, semejante al de su raza antigua. Rebeca se regocijaba: si iba a permitir que alguien floreciera en su vientre, que ese fuera un mestizo, un híbrido despreciado por las dos razas contrapuestas por la eternidad. Un mestizo hermoso, lleno de gracia y porte, que en sus ojos cargara la temeridad de su madre y en su voz la acuosidad de su padre. No deseaba en nada que su hijo tuviera que enfrentar la historia de aquellos que vivieron antes que él y tuviera la obligación de verse como el instrumento actual que llevaría a cabo los crímenes o las bondades nunca logrados por los otros. No. Su hijo sería distinto, su hijo se holgaría en el desprecio de las dos vertientes históricas que culminaban cansinas en sus padres. Su hijo no tendría pasado, su inicio sería él mismo y su fin no estaría dictado por la tristeza en una tina de sangre. Por supuesto que Javier ignoraría esto, ella no estaba dispuesta a develar los secretos de sus misterios internos para que él se riera en su cara mientras ondeaba su bandera de civilización y perennidad. Se alegraba que fuera tan extraño a su mundo, a su cultura, y quizá por eso (estaba segura que por eso) se había casado con él, pero estar casada no significaba que tenía que confesarle el recetario de magia y de mentiras preservadas por su estirpe.

Ya era hora. Javier tocó la puerta del apartamento y la abrió delicadamente, sonriendo un poco, tratando de encontrar adentro el rostro sereno y silencioso de la mujer con quien se había casado y cuyo nombre no recordaba, aunque tenía la rara impresión de que era amarillo. Hacía dos semanas que no estaba en ese lugar, de hecho, no había estado en el país. Negocios apremiantes le habían obligado a regresar a su patria, y hubo de dejar a su hermosa mujer un poco abandonada. La había conocido por teléfono, el día curioso en que marcó erróneamente un número y resultó ser el de ella. Su voz sonaba a mil cascadas revolviéndose en el fondo de un paisaje y ella le había dicho, sentenciosa, que la voz de agua era la suya y no la propia. Esa era la señal que Javier había estado esperando los últimos 15 años de su vida. Su tía le había vaticinado que él debía a casarse con la mujer que le dijera algo relacionado con un líquido y su voz, y que si cumplía con esto, sería absolutamente feliz hasta el momento de su muerte, a pesar de que ésta sería violenta. Le advirtió también de la inminencia de su destino, repitiéndoselo constantemente, y agregó sonriente: “tu mujer te amará con locura durante toda su existencia, sin pausar nunca, aún ahora, cuando ella no sabe que existes, te está amando desde lejanas tierras con todas las fuerzas que trae consigo”. Javier lo creyó sin titubeos, se resignó a su muerte que creía demasiado lejana y se dedicó a encontrar a la mujer que le amaba y le deseaba con locura. Por lo tanto, cuando la encontró, no tambaleó al preguntarle si quería casarse con él, pues estaba seguro de la respuesta que recibiría. Rebeca (¡ese era su nombre!) aproximó su silencio al auricular durante un breve instante, pero emocionada regresó su voz para decir que sí y para preguntarle cuándo llegaría a su país. No tardó en llegar, y cuando la vio terminó de convencerse de la sabiduría de su tía ya muerta pues en los ojos de Rebeca había una voracidad exótica que le fascinaba.

Ella sonrió cuando le vio entrar: de nuevo iluminaba su piel la piel de ella, y la claridad de sus ojos resaltaba la ferocidad de los suyos. Se dieron dos besos tímidos, y entonces recordaron que estaban casados y resolvieron al fin la ocupación del cuerpo, por lo que no se detuvieron en nada hasta que él pidió un descanso y ella se rió en su cara. Uno a la par del otro, en el fondo de la habitación, sobre dos sábanas claras, se miraron con curiosidad: ¿con quién se habían casado? Rebeca le preguntó por su otro nombre y Javier le dijo que no tenía importancia con una sonrisa fingida. Él quiso saber de sus padres y ella respondió que sólo había conocido a su madre, quien se había muerto de tristeza en la tina de su baño. Él no sabía qué era morirse de tristeza y ella se encogió de hombros y sin interés le explicó que era como morirse envenenada, pero sin veneno. Javier se quedó sin entender pero por no ser descortés pretendió que todo estaba claro y le señaló la hermosura de sus facciones y el color apasionante de su piel. Ella sonrió secretamente, para sus adentros, porque pensaba lo mismo, y le agradeció aferrándose a su pecho no sin antes donarle un beso de despedida. Javier sonrió maravillado, y rebosante de felicidad se quedó dormido. Rebeca cerró los ojos, tratando de imaginar la sonrisa de su hijo, los juegos que se inventarían juntos, las tardes en que los tres se apoderarían del parque, y antes de caer profundamente dormida se volvió a preguntar, sin perturbarse pues ya le era costumbre, cuál sería la condena que su madre le advirtió con tanto espanto y cómo se cumpliría en ella.

Cuando se despertó estaba completamente desnuda y acostada boca abajo cuan larga era sobre el suelo. Lo que no le hubiese parecido demasiado extraño si no hubiera estado tan lejos de la cama. Se reincorporó, tenía las manos heladas, gélidas, pero sus senos (fieles indicadores de su temperatura) estaba tranquilos y tibios. No quiso espantarse, evadió agresiva la proposición de hacerlo, y cuando pudo ponerse de pie (por alguna razón se sentía muy cansada) miró borrosamente como una pieza delgada y un poco larga de obsidiana yacía junto al lugar donde ella había estado tirada. En su vida le habían ocurrido muchas cosas raras, muchísimas, como sirvientes nimios de una magia colosal que la acosaba por doquier, por lo cual aterrarse ahora le parecía estúpido además de inútil. Se acercó al fondo, hacia la cama, y no encontró en ella más que sábanas revueltas y asoladas. Pensó mal de Javier, lo insultó por adelantado, pues creía humillada que la había abandonado después de conseguir lo que buscaba. Pero no, algo le indicaba que esa resolución estaba equivocada, pues para empezar, no explicaba cómo ella había terminado en el piso ni tampoco concordaba con la sonrisa amable y honesta de Javier antes de dormirse. Se desconcertó, se mantuvo de pie, cabizbaja, analizando profundamente sus presentimientos hasta que el sonido de una pequeña explosión acuosa que provenía de otro lugar del apartamento la interrumpió. Sintió que un abismo se abría en su estómago, como el peor de sus vaticinios. Una mano invisible e impalpable la tomó del cuello y la obligó a seguir en la dirección que le indicaba. Rebeca, aterrada al fin, caminó en pos de ella, y cuando se detuvo estaba de nuevo junto a la pieza de obsidiana. La mano la haló violenta hacia abajo, como indicándole que recogiera el instrumento, y ella obedeció sin duda pues en el abismo que tenía por estómago se le indicaba que acatando las órdenes era la única manera de deshacerse de la mano o espíritu que la orientaba. Volvió a ponerse en pie, la habían abandonado. Ahora parecía que estaba sola con su cuchilla de obsidiana, por que eso era: una daga negra y brillante. Cuando la miró más de cerca notó algo pegado en ella, pero no logró examinarlo bien pues la alfombra le mostró un camino de puntitos cafés, irregulares y continuos. Caminó sobre ellos, aún con el abismo en su estómago y un frío increíble en las manos. Se halló frente a la puerta del baño. Pensó en su madre, en sus brazos estirados sobre los lados de la tina, en sus muñecas rasgadas, en su agua roja, profundamente roja, y en los ojos que la miraban sin importar el punto donde Rebeca se pusiera de pie. Se llenó de pavor, si abría la puerta, encontraría de nuevo a su madre muerta, a su madre suicida, ahora más vieja y más triste, regodeándose en su fin deliberado y condenándola de nuevo con su mirada. Rebeca se negaba a revivir la pregunta, pero ahí estaba, tan obvia que le dolían los ojos cuando los cerraba para no verla frente a ella: ¿Cuál será mi condena?

La mano apareció otra vez, invisible, pero fuerte y furiosa. La empujó sin clemencia y cuando el peso de su cuerpo abrió la puerta no tuvo tiempo ni de caer cuando un grito de dolor llenó todo el lugar: ahí en la tina, bañándose en sangre, con los ojos abiertos y aterrados, los brazos en las orillas, y la boca en una mueca de terror, yacía. Pero no era su madre. Era su esposo, y tenía la piel blanca más pálida que el fondo de sus ojos. Quiso retroceder, se puso de pie dispuesta a salir corriendo, pero la mano la empujó de nuevo y furiosamente la lanzó hacia la tina. Cayó de rodillas a un lado de ella, soltó la daga y detuvo el choque de su pecho con sus manos y las apartó. Su cabeza se inclinó lo suficiente sobre el cadáver para notar la grandiosa herida que este tenía debajo de la última costilla izquierda. Entonces lo supo todo. No pudo gritar, el miedo era tan vasto, tan abrumador que la calló de golpe. Levantó la mano derecha, y ahí estaba, palpitante, grande, arrancado, el corazón del hombre que había amado sin saberlo. Y el nombre que se oyó como un grito en su certeza lo dijo todo: Huitzilopochtli, el sacrificio para Huitzilopochtli, la sangre para Huitzilopochtli. La venganza de sus ancestros habíase manifestado en ella, Malinche ingrata, que se había casado con uno de los descendientes de sus malditos opresores. Su piel morena, su sangre indígena, los abusos y rencores coleccionados durante mil años en la historia de su raza como cuentas de un rosario infinito, se habían satisfecho en la muerte de uno de los peninsulares, hijo de conquistadores. Y a la vez, había sido este el último sacrificio dedicado al dios guerrero, para que este hiciera salir el sol en los próximos años. Rebeca quiso lanzar lejos el corazón de Javier, y maldecir a gritos a su madre y su condena. No le fue posible, la mano invisible la detuvo en el acto. Mil voces la encerraron en un círculo donde solo se escuchaba el recital infinito de los nombres de todos aquellos muertos en manos de los conquistadores y la risa fatídica y enloquecida de Rebeca, que miraba sin consuelo el corazón en su mano mientras repetía “Huitzilopochtli, el sacrificio para Huitzilopochtli, la sangre para Huitzilopochtli”.

FIN

Texto agregado el 01-05-2007, y leído por 76 visitantes. (1 voto)


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