LA GRANDEZA DE LO INSIGNIFICANTE
Hay días en los que mi lucífera madre (la imaginación) me desampara. Son días sin luz, en los que no cuento con su auxilio para comenzar a escribir. Estos eclipses imaginarios hacen naufragar mi pluma en la inmensidad de una hoja en blanco, y me obligan a tomar un descanso balsámico, a la sombra ubicua de mi padre (el vacío). Pero, sentirse vacío no es algo malo; es tan sólo como estar entre esto y aquello. Más que vacuo, es mantenerse ocupado en incluirlo todo y a nada excluir. Vacío es no tener contrario y no oponerse a nada. "El vacío es algo vivo porque de él proceden las ideas y todas las formas; y todos vemos que el vacío está lleno de vida, fuerza y amor a todas las cosas".
Cuando evoco al vacío, vierto por completo mi contenido, y al derramar mi plenitud estoy creando un espacio que será ocupado nuevamente por la luz de la imaginación. La imaginación retorna a mí, así como este rezagado haz de luz del atardecer que se infiltra por una pequeña abertura de la pared, abriéndose paso entre los sólidos barrotes acerados, incólume y sin dañar nada hasta besar el piso; donde por fin libera todo su poder, destruyendo el contenido sombrío de mi celda para regalarme cada tarde, el mismo espectáculo maravilloso: cientos... miles de partículas de polvo centelleantes, atrapadas en un rayo de sol, girando casi ingrávidas como estrellas de una galaxia. Estiro mi mano hacia la luz, con la intención de sentirme parte de aquel pequeño universo de motas del polvo; pero lo único que consigo es un rechazo instantáneo, porque la magnitud de mi mano les lleva el caos, a sus delicadas órbitas.
¿Cómo entonces podría encaminar mi mano a un mundo tan diminuto, sin transgredir su armonía ni perturbar su equilibrio natural? De pronto, me asaltó una idea contradictoria: "Yo soy tan grande como me lo permita mi insignificancia".
Cuando la noche le ganó el duelo a la luz diurna, yo no me preocupé. Allí, en medio de la más absoluta obscuridad, me hallaba feliz y sonriendo; porque antes que el haz de luz se marchara hacia el ocaso, le alcancé a robar una triza de su penacho rubio. En mi mano guardo celosamente, un puñado de las semillas del cielo azul.
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