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EL DRAGÓN

A todos aquellos que buscan las razones de los sucesos en el historial de los protagonistas, quiero advertirles que no hay antecedentes sobre el nacimiento y la infancia de Luis Tomé, y los pocos que hay son, ciertamente, precarios… Este no saber sé que en cierto modo inquieta a los que fueron testigos de los hechos, y ha ayudado a crear alrededor de su nombre y de lo que voy a contarles, una aureola de misterio desgraciado y, algunas veces, también de disculpa. A pesar de eso, Tomé siempre fue un hombre de bien, sépanlo ustedes.
Se dice, por ejemplo, que Luis “Pelunchi” Tomé nació en los arrabales de los años ’60, o tal vez un poco antes, en el hospital de Alcaráz, o en un ranchito del caserío de Las Garzas, o acaso en el hogar de alguien que algunos quieren legitimar como su abuela o bisabuela materna, cerca del campo de los Waterloo, por el lado de Colonia Avigdor; y que por allí vivió sus primeros años… Si bien los lugares pueden ser varios, la zona es, más o menos, de parecidos y monótonos alrededores. No obstante, todas y cada una de las aseveraciones aceptadas por el común de los lugareños son sólo hipotéticas, imaginerías que no han podido justificarse, ni con papeles, ni con los relatos de testigos creíbles o en verdad decentes, y creo que nada tienen que ver con lo que pasó después.
Lo cierto es que, ya hombre de unos 30 años, con poca instrucción escolar y un caballo como toda posesión, se lo puede encontrar viviendo de prestado en un ranchito del otro lado de las vías que dividen al pueblo de Bovril en dos, cerca del club Juventud Unida, algunas casas más allá de lo del “Gordo” Pérez.
La vida de “Pelunchi” en ese tiempo no variaba mucho de la vida que llevaba cualquiera de los del pueblo, tuvieran el impreciso lugar de nacimiento que tuvieran: Trabajaba como “changarín” en lo de Julio Götte, todos los días a las cinco de la tarde, religiosamente, esperaba la llegada del tren en la estación de ferrocarril para ver quien se iba y quien llegaba mientras charlaba con cualquiera, se tomaba sus buenas ginebras en lo de los hermanos Ulmann y, cada tanto, se mandaba despacito para lo de la “Tresdientes” Martínez a descargar sus bríos carnales por unos pocos pesos o unos paquetes de fideos y yerba que solía pedir fiado en el almacén de don Antonio Dobler… “Sos un potro… Sos único, “Pelunchi”… No hay nadie que te emparde como padrillo”, le decía ella y guardaba los paquetes en el armario para después abrir las piernas y fumarse un “armado”, mientras Luisito resoplaba, sintiéndose el más macho de todos en el mundo.
Un domingo de tantos, no importa cual, se puso a charlar con alguien frente al negocio de Dallinger cuando iba a esperar el tren que llegaba desde Paraná, y esa charla le cambió enteramente la vida y el destino… Él, que siempre había estado orgulloso de pertenecer al signo de sagitario (aunque no supiera muy bien por qué), de ser un centauro (aunque apenas supiera que era un ser mitad hombre y mitad caballo, un “potro”) se enteró que había otro horóscopo al mismo tiempo del que leía y en el que creía habitualmente, y que en ese horóscopo, además, había otro bicho excepcional como él, pero que asimismo era capaz de volar y hasta de lanzar fuego por la boca y las narices: el dragón.
No pudo soportarlo… En su elemental imaginación lo supuso un rival poderoso, un adversario temible que podía quitarle el lugar entre los macizos muslos de la “Tresdientes”, que ya no lo creería tan único ni tan macho, y se propuso entonces matarlo. Y ya que estaba, hizo la promesa a la virgencita de Itatí de aprovechar la volada para aniquilar a todo ese universo de bichos extraños a los usos y buenas costumbres de los horóscopos tradicionales…
Durante dos meses estuvo encerrado, casi sin comer y durmiendo apenas, leyendo vorazmente libros de Ludovica Squirru y tramando los pasos que iba a seguir para acabar con los enemigos.
El exterminio, concebido concienzudamente, comenzó un lunes después de determinar bien dónde encontrar a los de la camarilla china que amenazaban su hombría y su exclusividad amatoria.
Primero mató a una rata que había en su rancho, que hasta ese momento ni lo había molestado, y a la que había llegado a dar de comer incluso las sobras de su comida con cierto cariño. Después se escabulló hasta lo del “Pelusa” Fernández y le mató una cabra con cría. Ese mismo día también mató (porque le quedaba de paso) al “Batuque”, el perro de Carlos Daud, el intendente, un cuzquito que siempre lo quería “garronear” cuando lo veía distraído. “Ya van tres”, se dijo y se fue a tomar unas ginebras y después a descansar merecidamente.
Dejó pasar un tiempo y, en un descuido de la mujer del “Gordo” Pérez, al amanecer y antes que cantara, le carneó el gallo, con el que se hizo una sopa bien espesa para el almuerzo, porque “Lo que sirve para algo no hay por qué desperdiciarlo, como hice con la cabra de Fernández”, pensó. A la tardecita se robó el conejo regalón de doña “Pety” Malvicino, se lo llevó a la “Tresdientes” y se hicieron un buen estofado para la cena. “Sos el mejor” le repetía ella mientras leía una revista y él jadeaba sobre su sólida anatomía. Esa noche se echó sus buenos cinco “polvos”, puesto que cinco eran los enemigos eliminados.
Pasó un mes sin que nadie supiera nada de “Pelunchi”… Cuando se lo volvió a ver por los lugares habituales, todo el mundo andaba comentando el extraño caso de la muerte del tigre del circo que había llegado a El Cimarrón. Él sólo se limitaba a levantar los hombros en señal de no saber nada, se sonreía y seguía su camino, renqueando: la herida del zarpazo le molestaba un poco. “Seis”, contaba para sus adentros.
Lo de la serpiente fue más fácil porque abundaban en la zona. Fue hasta el baldío de los Santinoni, buscó un poco entre los yuyos y al rato nomás hubo una culebra menos en este mundo.
Más complicado fue encontrar un búfalo, pero mirando una de las revistas de las que leía la “Tresdientes” cuando él se le sacudía encima, se enteró que en Colonia Elía, cerca de Concepción del Uruguay, había un coto de caza y que en ese coto había búfalos. Allá marchó, entonces, “Pelunchi” a cumplir con su cometido, y lo cumplió. “Van ocho”, pensó y se sonrió muy feliz el infeliz, mientras dejaba atrás, desangrándose, a su presa…
Hasta ahí la cosa, salvo por el zarpazo del tigre, venía más o menos llevadera. Lo más espinoso vino después, pero “Pelunchi” Tomé no era hombre de dejarse achicar así nomás.
Una noche (la última noche que se lo vio en Bovril y que se lo vio vivo), con la excusa de jugar a las cartas y tomarse unas ginebras, invitó a su rancho al “Caballo” Deharbe, al “Chancho” Bártoli y al “Mono” Tuyaré… Después de varias botellas, y cuando ya los invitados y él estaban bien borrachos, los mató a los tres. A Deharbe y a Tuyaré les reventó la cabeza a garrotazos limpios con un palo de ñandubay campana con el que quería hacerse un cabo para el hacha, y a Bártoli lo zurció de varias puñaladas… “Con estos tres ya son once, hermanito” le susurró a su caballo mientras ensillaba, después de aprontar sus cosas como para un viaje largo, "hasta la China, hasta el país del dragón"... Más tarde se fue a lo de su amada y la jineteó con una alegría tan contagiosa que la “Tresdientes” ni fumó ni leyó, como era su costumbre. Cuando terminaron, “Pelunchi” le contó todo, se despidió y después se fue para el monte, de donde ya no volvió a salir vivo: una mala estrella, evidentemente, alumbraba su camino…
Y ahora sí, el que quiera puede creer en la tragedia de tener antecedentes natales inciertos, o si no en la mala suerte de cualquier hombre común nomás.
Vamos al final de esta historia.
Ya en la espesura de la Selva del Montiel, con la policía pisoteándole los talones pero con una ventaja que le permitía algunas licencias, “Pelunchi” paró a tomar unos mates y se puso a ojear el libro de Ludovica Squirru que, casualmente, llevaba entre sus trastos… Fue directamente hasta el capítulo del dragón, su último y más temido antagonista y, leyendo más detenidamente (así, como no lo había hecho antes), notó que en los años señalados para los dragones estaba su mismo año de nacimiento… ¡Él era un dragón!...

La policía lo encontró colgado del cuello con su propio lazo en un quebracho grande y viejo…
Es que una promesa hecha a la virgencita de Itatí se cumple siempre si uno es un hombre de bien, tenga o no un enigmático lugar de nacimiento.

Texto agregado el 02-05-2007, y leído por 588 visitantes. (25 votos)


Lectores Opinan
2007-11-05 23:00:51 Pelunchi, un gran animal ..en un hermoso cuento ... con otros animales inocentes. Fue un gustazo leer este texto. 5* Máximo islero
2007-10-24 05:02:07 Por recomendacion de Ergoz, pase a leerte. Buena recomendacion. Saludos marjabra
2007-09-21 12:53:58 Extraordinario. Manejas las palabras con verdadera maestría. Muchas felicidades y cinco estrellas. jau
2007-09-12 05:53:01 cuando vas a contagiarme un poco de tu luz? sos brillante te quiero MAGAROSA
2007-09-01 16:34:25 Es primera vez que poso mis azules en tu obra y me ha cautivado, tienes pasta buena si señor, cultura sobresaliente, piano a piano iré nadando por tus tintas.... 5 Die_Dichterin
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