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Inicio / Cuenteros Locales / Aristidemo / Cuento incompleto para siempre

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Algo se me ha de ocurrir. Después de hora y media sentado frente a la pantalla en blanco, tres y medio cafés, siete cigarros y varios discos, esto es lo único que se me ocurre: “Algo se me ha de ocurrir”.
Llegó la lluvia y luego se fue. La lluvia espanta a la gente, la hace guardase en casa, cerrar ventanas. Yo tengo la ventana abierta y nadie cruza por la calle húmeda, tapizada con lunares líquidos, bajo un azul de pantalón recién lavado. Una nube se asoma entre la azotea de enfrente y los cables de teléfono, y hay una mosca que tiene largo rato quieta sobre el mosquitero, escuchando la música que pongo, siguiendo el ritmo con sus patitas delanteras. Tomo nuevamente el libro de Pessoa:

No sólo quien nos odia o envidia
nos limita y oprime;
quien nos ama no menos nos limita.
Los dioses me concedan que, desnudo
de afectos, de la fría libertad
de las cumbres yo goce…


El problema, mi querido tocayo, es que uno se encariña hasta del perro.

Pasa caminando mi vecina y mi tortícolis desaparece. Deberían prohibir a las menores de diecisiete estar tan buenas, promulgar una ley que diga: “Queda estrictamente prohibido a las menores de edad estar más sabrosas que sus mamás; a las mamás se les exige estar bien buenas y que las demás que hagan lo que quieran”.

No sé ni cómo se llama mi vecinita. ¿Y qué importa eso? Los nombres sólo sirven para saludar. Se me antoja que se llame Lucía.
¡Adiós Lucía!, que el cielo te guarde tan potable pa’ toda la vida.
¿Qué? ¿Me hablas a mí?
Yes.
No me llamo Lucía.
No importa, Lucía. Yo tampoco me llamo Gabriel.
Yo nunca dije que te llamaras Gabriel.
¿No?
No.
¿Entonces cómo me dijiste?
Ash, olvídalo.

Mi vecina Lucía hace un desplante con la cabeza, mueve cinematográficamente el cabello y vuelve a caminar para que su vecino Gabriel le vea el trasero.

Lo mejor será salir a caminar; cuando la musa anda cruda lo mejor es oxigenar el cerebro y no quedarse esperando a que un Alka Seltzer olímpico surta efecto. Así que borro lo de “Algo se me ha de ocurrir”, apago la máquina, estiro el cuerpo, reviso la cajetilla, me levanto, tomo otra vez el libro de Pessoa y mato con él a la mosca sobre el mosquitero.

Caminar es una actividad cada día más despreciada. Y más por donde vivo: aquí usan el carro hasta para ir a la tiendita de la esquina. Las banquetas mojadas, los pinos goteando, la tierra húmeda, el aire fresco y limpio, los tordos atentos a esos gusanos que han de brotar entre la hierba como espaguetis al mojo de cielo. ¡Qué simple es la vida! Y ahí anda uno rasguñando la noche con insomnios, anda uno patinando los días, dando vueltas alrededor de algo sin nombre, ciego y apurado por llegar a ninguna parte. ¿Y adónde hay que llegar? A la tumba, muchacho, ¿adónde más?
Mi esqueleto está de acuerdo, pero mi garganta propone una cervecita porque los ojos ya vieron que el bar de Toño está abierto y a sus órdenes, y los pies, volubles y ligeros, se encaminan hacia la puerta de cristal tras de la que me espera una oscura y sudorosa cerveza Victoria, un plato de cacahuates rancios, otro de palomitas aguadas y otro de cueritos verdes.

Quihúbole mi Toño, sirve lo mismo de todos los domingos.
Hoy es miércoles.
Lo mismo da.

En la tele, tras la barra, un partido de béisbol nacional.
¿Quién juega?, le pregunto a Toño.
Saraperos contra Diablos.
Está muy panzón ese pitcher, ¿no?
Ey, es el Bola Hernández.
¿Bueno?
Pues ya está viejo, ya perdió velocidad. Lo meten de relevo sólo si van ganando a gusto.
¿Cómo van?
27 – 0
Con razón.

El bar tiene a otros tres parroquianos que no saben que alguna vez se les llamó parroquianos a los pedos asiduos. Y no lo saben porque tienen cara de universitarios y es bien sabido que los universitarios no saben nada de nada. ¿Qué sé yo? Sé que no tengo ganas de ver un estúpido juego de béisbol.

Ponte algo de musiquita mi Toño, esto está muy apagado.
¿No te gusta el béis?
Pues, la mera verdad, no. No sé porqué siempre que veo un juego me imagino que son carteros retirados y aburridos.
No mames.
En serio; por más jóvenes que estén, me imagino a puros don Jaimitos vestidos en mallones.
Pues me vale verga; son los play-offs y yo le voy a los Saraperos.
¿A los Saraperos?, ¡pero si son los que van perdiendo veintisiete a… ¡No!, ¡veintinueve a cero!
Apenas van en la tercera, dice Toño como diciendo “Ya mero los alcanzamos”.
¡Y apenas van en la tercera! No jodas, Toño. Deja la tele prendida pero ponte algo de ruido musical.

Toño accede, malhumorado. Busca entre la pila de discos junto al stereo y luego me pregunta:
¿Ya escuchaste el nuevo de Shakira?
Mira Toño, si lo que quieres es que me vaya, déjame la segunda de cortesía y ai’ nos vemos.
¿Tampoco te gusta Shakira?

La pregunta tuvo resonancia entre los parroquianos. Todos pusieron atención a mi respuesta:
Nel.

Todos se me quedaron viendo con cara de incredulidad. Hasta el Bola Hernández me hizo un “no” condescendiente con la cabeza.

Toño quería que me fuera: puso el nuevo de Shakira y se arranó en su banquito a ver el juego.
Está bien, le dije. No importa, yo me adapto a todo.
Apenas hube acabado de decir esto que dije cuando vi entrar por la puerta a Lucía, mi vecina, y a un mozalbete con cara de niña. Me vio, la vi, se hizo la que no y yo me reí. Mi vecina y su acompañante se sentaron en una mesa esquinera a mis espaldas y lo primero que les escuché decir fue esto:
¡Es el nuevo de Shakira!, exclamó Lucía en un semi-éxtasis. ¿Ya lo tienes?
Claro, respondió el andrógino, lo pedí por Internet y me mandaron la edición especial con caja y póster autografiado.
Lo dijo como si estuviera hablando de sus pozos petroleros y yo no pude evitar voltear a verlo y confirmar el orgullo que le inflamaba el pecho. Lucía tenía cara de Wow; me miró y volvió a su histriónico movimiento de cabello.
Yo era, una vez más, el que “no-le-gusta-lo-que-a-todos-les-gusta”. Eso me pasa por salir de casa, pensé. Los lugares públicos sólo lo son para algunos. En vez de pagar veinte pesos por una cerveza, bien pude habérmelos gastado en tres, encerrarme en mi recámara, poner la música que se me antojara y ser feliz. Vi el esmalte sobre el que nadaban los cueritos, me tragué uno y le dije a Toño:
Dame otra.

Salí cuando la octava entrada tenía un marcador de 48 – 1 y el nuevo de Shakira había terminado para dar paso a los lamentos y mentadas de Toño contra el televisor. Me despedí de mi vecina.
Adiós Lucía.
Ella me vio, fastidiada, y dijo:
Adiós Gabriel.


Texto agregado el 03-05-2007, y leído por 366 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
2008-03-31 21:23:14 Este no lo habìa leìdo señor aristogato, y debo decir que encontrè una lectura decente. Muy buena. HugoPerea
2008-03-17 17:49:25 ***** justine
2008-03-07 04:30:18 Buenisimo viejo!!!!! catoble
2008-01-04 21:20:39 Y Lucia esta mas buena que Sharika? loudei
2007-06-13 20:45:37 super entretenido, mira que escribir mas de mil palabras con una historia sin pies ni cabeza, sin un autentico inicio ni fin, DEF. ORIGINAL *5 exsagitaria
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