La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Taconvino - 'Calor (Epílogo)'
Calor (Epílogo)
Esa noche era otra de esas noches. No me importó. Obviamente encontré al mastodonte en el mismo bar, esta vez rodeado de amigos casi tan grandes y desagradables como él. Lo esperé durante varias horas, esta vez acompañado sólo por una cajetilla de cigarrillos. Finalmente, él y sus amigos salieron del bar. Uno a uno fueron llegando a sus hogares. El mastodonte entró en el tercer lugar, quedando todavía unos siete animales más que siguieron su camino. Edificio antiguo, sin conserje, poca luz. Perfecto. Esperamos el ascensor juntos. Lo vi marcar el piso nueve. No me moví. Me dirigió una mirada desconfiada, pero nada más. Por dentro crecía más y más el sentimiento, el odio, la rabia, la impotencia. El ascensor marcaba el número cuatro cuando descargué el primer golpe en su cabeza. Cayó inconsciente de inmediato. Guardé el trozo de metal nuevamente en mi chaqueta y esperé a que se abriera la puerta del ascensor. Tomé las llaves de su mano y lo arrastré fuera del ascensor. Probé la llave en tres puertas antes de que una de ellas cediera. Era un departamento pequeño, de dos dormitorios. Revisé, aún sabiendo que no había nadie. Quité el colchón de la cama de dos plazas de una de las piezas y lo apoyé contra la ventana. Al mastodonte a duras penas lo amarré al catre con cables de diferentes artefactos eléctricos. En su boca introduje unos calcetines que habían tirados en el suelo y la sellé con cinta adhesiva. Me senté en el suelo apoyando mi espalda contra la pared y esperé.
Desperté primero que él. Siempre despierto primero que ellos. Esta vez era diferente. Lo miré con desprecio, con odio. Oriné en su rostro para que despertara de una buena vez. Era necesario empezar.
Esa noche, la policía encontró el cuerpo del mastodonte. Cada hueso de su cuerpo roto. Las uñas de sus manos y pies perfectamente apiladas sobre el velador, junto a una de sus orejas y parte de su nariz. Su pene y sus testículos colgaban grotescamente de un clavo pegado a la pared, sobre la cabecera de la cama. Le faltaban dos dedos de su mano derecha, los que nunca encontraron. Una antigua radio cassete repetía constantemente las que probablemente fueron las últimas palabras del difunto, dado que su lengua reposaba en el velador dentro de un vaso con agua teñida de rojo: "¡Yo la violé!" repetía la grabación, una y otra vez, con distintos grados de desesperación en la voz. Al levantar el cadáver, los forenses se dieron cuenta de que parte de una escoba asomaba por el ano del hombre. La otra parte estaba dentro de su cuerpo. Increíblemente, esa fue la causa de la muerte. La escoba atravesó los intestinos y se incrustó en la caja toráxica entre los pulmones y el corazón, sin causar daño a ninguno de estos dos órganos. Si embargo, la presión que el madero ejercía sobre el músculo cardíaco causó que este, lentamente, se detuviera. Para alcanzar ese grado de precisión, el asesino probablemente se tomó alrededor de una hora para introducir cuidadosamente la escoba en el ano del hombre. Todo era muy divertido. Nadie se dedicó mucho a investigar la muerte. Hicieron un par de preguntas, nos interrogaron a los tres, pero ninguna intención tenían de encontrar al culpable. Así terminó la parte mala de nuestra historia y comenzó nuestra vida en familia.
Texto de Taconvino agregado el 03-05-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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