segunda versión, pulida, cepillada y peinada
Desde que llegó a la cárcel, donde pasaría los largos años de su condena, Mariano se dedicó a observar con minuciosidad los más pequeños detalles de los escasos objetos que lo acompañaban. A raíz de esta actividad un día descubrió, utilizando un banquito de madera (cuyo asiento de esterilla compuso con sus hábiles manos no bien se estableció en lo que sería largamente su hogar), que lo que él veía era sólo una parte del objeto y que parecía imposible envolverlo con la vista hasta captarlo por completo. Siempre existía un “lado de la sombra” que resultaba infranqueable. Se ayudó con el tacto; intentó ampliar la visión con un pequeño espejo que obtuvo clandestinamente, hasta que por fin comprendió que no
podría abarcar al banco en su totalidad a través de los sentidos.
“Lo imaginaré”, se dijo una noche a sí mismo. “Buscar” en él todos los detalles que necesite y se los robaré uno a uno. Entonces lo rodearé hasta que aparezca íntegro en mi mente”, y luego agregó con énfasis: “sé que cuando lo logre, algo sucederá. Lo sé, lo sé; lo siento aquí”, y se golpeaba el pecho con una extraña vehemencia, que no condecía con su habitual temperamento.
Tras largas y agotadoras sesiones, una tarde logró percibir al banco tal cual era. Simultáneamente, pensó en su función, y en ese preciso instante el banco se iluminó, para luego desaparecer en el aire.
Cuando abrió los ojos se quedó estupefacto. Había supuesto que algo ocurriría, pero no eso, precisamente “eso”. Las posibilidades que se abrían ante él parecían infinitas... Abstraído en sus cavilaciones, volvió a sorprenderse cuando de súbito el banco reapareció en su presidiaria realidad. Entusiasmado, se dedicó casi ininterrumpidamente a conocer uno por uno a todos los objetos que se encontraban en su celda. Logró que la mayoría cambiara de realidad (la cama y el colchón no le respondieron, debido tal vez a un exceso de tamaño). Nunca pudo descubrir la causa por la cual -ni desde dónde- reaparecían. Pero logró percatarse de que el tiempo que tardaban en regresar desde que abría los ojos, nunca fue menor del minuto y medio, aunque el máximo variaba extremadamente -un zapato lo sorprendió casi cuatro horas después, cuando ya lo daba por perdido.
Pero, al cabo de un tiempo, esa práctica perdió el interés inicial, pues no lograba superar un buen acto de prestidigitación -acto que por momentos podía dominar, pero que no alcanzaba a comprender en su intimidad-. Entonces, el encierro aparecía ante Mariano siniestro, abrumador, representado por esas cuatro paredes grises que parecían avanzar sobre el para aplastarlo con su constante y progresiva presión -presión que sólo en una de ellas se aliviaba-. Llegó, por lo tanto, el momento en que quedaron como referencia ineludible, los barrotes que bloqueaban la ventana. Ellos le confirmaban, cotidianamente, la imposibilidad de escapar, pues estaban allí para que no pudiera salir. Paradójicamente, sólo dejaban pasar la excesiva presión del encierro, alimentando, a su vez, la creciente ansiedad de Mariano.
Muchos intentos realizó para hacerlos desaparecer, pero fracasó una y otra vez. Al abrir los ojos, encontraba siempre a los barrotes en su rígida actitud. Parecían inconmovibles. Empotrados en la pared, pensó que fallaba en el cálculo exacto de sus dimensiones. “Pueden estar metidos tanto diez centímetros como dos metros”, pensaba con desesperación, “y es más fácil conseguir el indulto que acertar con las medidas... “
Casi agotado mentalmente, una noche tuvo el siguiente sueño: Había cumplido la condena y era libre. Caminaba hacia el pueblo, alejándose de media vida en prisión, cuando de pronto se sentía invadido por una indecible angustia. Se detuvo y, en ese momento, empezó a despertarse. Poseído por un estado de conciencia crepuscular, abrió los ojos hacia la penumbra de la celda.
Afuera, amanecía. Volvió al sueño y entonces, siguiendo un impulso incontenible, desvió su camino, dirigiéndose hacia la cárcel. Allí miró hacia el
primer piso, donde se destacaban los barrotes de su celda, que reflejaban con regular intermitencia a la intensa luz solar. Al verlos desde afuera, comprendió que también estaban para que no pudiera entrar.
Esta visión fue tan nítida como la anterior; se midieron ambas, para luego fundirse en una sola.
Despertó. Estaba empapado en sudor; sus músculos temblaban y algo golpeaba con violencia dentro de su pecho y en las sienes. La luz del sol ya se adivinaba a través de la ventana; a través de una ventana sin barrotes, cuyos muñones brillaban con una extraña fosforescencia. No esperó ni medio minuto a que lo sorprendiera otra realidad. Se trepó ágilmente al pequeño marco de piedra, saltó hacia la calle y escapó.
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