El manto estrellado le anuncia de nuevo la noche y la pequeña de ojos azules se queda embelesada mirándolo por la ventana.
Es una soñadora, inquieta y pizpireta, escucha a su madre trasteando por la cocina mientras sus hermanos pequeños juegan correteando por la escalera.
Su padre sube a darle las buenas noches como cada dia.
- Mira papa, las estrellas!!! ven a mirarlas conmigo, hoy se ven muy bien...
El se acerca lentamente y se asoma con ella a la ventana. Cierra los ojos y respira hondo, como si quisiera quedarse con la esencia del momento, y que el tiempo se detuviera junto a ella. La arropa cariñosamente y le da un beso de buenas noches.
Tan sencillo como eso, un beso de buenas noches que se quedó prendido en su mejilla.
- Buenas noches papa...
El silencio de la noche la va envolviendo poco a poco, la calidez de su cuarto la invita a dejarse... mañana jugara en la plaza... cuidara de sus hermanos... ira a buscar agua a la fuente...
Se despierta sobresaltada, escucha gritos que vienen del piso inferior...
Mama???... Papa???
Salta de la cama descalza, el miedo se apodera de su cuerpo que lo tiene prácticamente paralizado. No entiende que pasa, oye los chillidos de su madre mientras va bajando la escalera, sus hermanos pequeños lloran detrás de la puerta.
Logra distinguir a su padre acorralado por varios hombres, no entiende lo que le dicen, pero lo tienen completamente inmovilizado, un grupo de cuatro revuelve los cajones, abren todos los armarios, sus botas retumban sobre los peldaños de la escalera, asi hasta revolver toda la casa.
Corre hacia su madre que llora sentada en una silla, las botas bajan desafiantes la escalera y entre gritos y empujones lo llevan hasta la puerta. El las busca con los ojos vidriosos, con la mirada cansada, no le dejan articular palabra y desaparece bajo el manto estrellado.
Ese fué el momento en que su niñez murió para siempre... ya no corretearia por las calles del pueblo cantando y brincando. Esa noche el horror de la guerra se coló en su casa matando su inocencia.
La pequeña lo esperó cada noche bajo el manto estrellado testigo de su tragedia. Quiso creer que el volveria, era demasiado niña para entender el sin sentido de una guerra, deseaba que el regresara a por ese beso prendido que dejó en su mejilla.
España, septiembre 1936.
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