Siempre me distinguí de los demás por mi fortaleza y grandeza. El verde de mis raíces lo adquirí con el tiempo.
Hasta mí se acercaban miles de personas buscando cobijo. Fui el amigo que sabe escuchar y guardar un secreto, también el paño de lágrimas para la desesperación del que se sentía desorientado y falto de calor.
Pero no todo fue nostalgia y ensoñación, también fui destello de luz para las risas compartidas y cómplices, las aventuras y primeros encuentros entre seres que se declaraban hechos el uno para el otro.
La tierra es generosa conmigo, bella, rica y húmeda. Siempre me lo ha dado todo sin pedir nada a cambio, me hizo fortalecer expandiendo mi ser y allanando el camino.
Ahora que hago memoria viene una imagen a mi retina, era una tarde de domingo cuando me regalaron el mejor de los abrazos, en una curiosa imagen que muchos fotografiaron. Unos niños extendían sus brazos en cruz uniendo sus manos, abrazando mi tronco. Conté un total de veinte manos, ponían sus pies de puntillas como queriendo llegar más lejos o quizá más alto. Me esforcé para cobijar bajo mi sombra a todos ellos.
Hoy tengo una sensación nueva y que desconocía, es triste y amarga porque quisiera hablar y escribir pero no puedo. Me gustaría ser perenne y cambiar el curso de la vida, sin embargo los nuevos proyectos se imponen; han cercado el camino y pretenden talar el sendero que me rodea.
Recorre mi tronco una muerte fría y violenta. El destino es caprichoso y no me deja hacer testamento para que con mi madera no hagan leña del árbol caído.
Aceptaré mi tala, no hay remedio, y lo haré con dignidad pero sólo pongo una condición. Que de mi madera hagan muchos violines con nombre propio, para que viajen por todo el mundo y con sus delicados modales me regalen algunos aplausos. De esa manera sentiría que las cuerdas me acarician y las notas me hablan llenando de vida mi espacio hueco.
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