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Inicio / Cuenteros Locales / daywaskya / Un día y otro día.

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UN DÍA Y OTRO DÍA.






Ella lavaba un paño en una palangana que había conocido tiempos mejores. Lo exprimía y restregaba con la rabia de lo cotidiano, con los nudillos adoloridos por el roce incesante contra la tela en sus esfuerzos por limpiarlo. Las manos le ardían por el uso del cloro y el jabón. De pronto escuchó el abrir y cerrar de la puerta que daba a la calle, más allá de la penumbra y del final de la sala. Se detuvo, por instinto, o por costumbre, temiendo que cualquier movimiento que hiciese pudiese romper el equilibrio de su atención recién despierta. Era su marido. Sonrió sin sonreír, con una mueca de cansancio que retrataba el acumular de aquella repetición que no tenía fin. Un instante después, apoyando el vivir en lo decididamente sin escape, miró hacia el filo negro de las agujas que resaltaban sobre el blanco redondel del fondo del reloj: las nueve menos cuarto de la noche. Y esperó. Por un momento reinaron en el estrecho ambiente de la cocina el calor de la hornilla, los olores del aceite usado varias veces que estaba en un sartén y el burbujear del agua que hervía entre las ropas que blanqueaba por enésima vez. En aquella actitud, en su casi inmovilidad, se sintió aferrada a la humedad de las manos y al hastío interno que se había atropellado hasta lo más hondo de sus entrañas. Aquella reiterada situación, como una caída, invariablemente la empujaba para llevarla a la conciencia de la depresión y la fragilidad en que vivía. Todo lo dañino se acumulaba sin cesar. Se conocía y recordaba acorralada desde siempre, con sus emociones dislocadas y aquel penar abrasivo del cual no había podido apartarse. Y no sabía hasta cuando tendría que soportar ese vivir sin respuestas ni salidas que la consumía de carnes y de tiempo entre las paredes de la casa. Y en ese acontecer sin voluntades que no tenía fin, y sin saber porqué, invariablemente terminaba pensando en lo mismo: en su lamentable soledad y en el pelo marchito y lacio que le caía por las sienes con las primeras canas. Y añoraba su anterior cabellera, inmersa en el pasado de sus renuncias, que había sido brillante y vigorosa. Volvió a sonreir con amargura y el mismo gesto de fastidio mientras se pasaba los dedos entre el cabello. Pero regresó a su momento. Parada allí, con un peso adolorido sobre los hombros, podía sentir la intensidad de sus inspiraciones y la presión de los alientos contenidos que se escapaban sudando entre sus senos deslucidos y la blusa pegada a la piel. Sí, allí estaban, igual que siempre, desde un pasado que parecía una eternidad inútil que se amontonaba en el desagrado y en el convivir sin razón y sin alivios. Y sabía, sin posibilidad de equivocarse, que podía detallar de antemano todo lo que sucedería a continuación. Conocía hasta lo imposible la rutina del encadenar de acciones y sonidos que pronto llegarían a la cocina por el camino del oscuro pasillo. Mantuvo su atención mientras escuchaba los pasos del cansancio desplazándose por la pequeña sala, un golpe de metales sobre el vidrio de la mesita cuando las llaves caían sobre ella, el ruido del periódico al ser tirado sobre el sofá, y, después, otros pasos, ahora más lentos, y la poltrona que gemía bajo el peso del cuerpo sin músculos ni formas. Escuchó cuando los zapatos se deslizaron largamente, en piernas sueltas y estirón vencido, con sonidos de arenilla triturada bajo las suelas y los tacones. Pronto se los quitaría para dejarlos en medio de la sala. Luego, una sorda expiración llegó hasta ella, honda y golpeante, como una manifestación también de cansancio y de fastidio. Y sintió que aquellas maneras groseras, y todo lo que la rodeaba, le eran más que fatigosas y molestas. Después, escuchó su nombre, como siempre también, a secas, sin un rastro de emociones, como un arañazo, acompañado por la petición del café acostumbrado y precediendo al chasquido de un fósforo. No contestó. Imaginó la posterior bocanada de humo regada por el espacio y la cara llena de satisfacción y deleite. Un segundo después, le llegó el penetrante olor a tabaco. Entreabrió los labios en un intento que se apagó en el silencio de su impotencia, como ahogándose, para terminar con la boca apretada en un gesto que ya ni siquiera era de desagrado, ni de obstinación, ni de abandono. Era la mueca de la agonía sin exigencias. Como si no fuese capaz de otra cosa que seguir soportando, mantuvo su mutismo encerrada en aquella quietud expectante que no sabía hacia donde escapar y que cada día se hacía más baldía y dolorosa. En su cara, donde aún quedaban restos de una hermosura resquebrajada, brillante de fatiga y de calor, deslizó un último intento de sonrisa, mustia y dura, resignada, para sentir y reafirmar con ese gesto el resumen del tiempo consumido en la constancia de su propia y terrible monotonía. Estaba tan cansada que se sentía abandonada de fuerzas y deseos. Y escuchó de nuevo la voz del hombre, en tres tonos distintos y cada vez más ásperos, pretendiendo con exigencia los pedidos de la letanía diaria. Su nombre le llegó en repetición, avanzando entre puertas y paredes, llenando la casa, para golpearla en el pecho y en el alma entera. Era una penetración cruel y dolorosa, implacable, que aniquilaba todas las posibilidades al llegarle hasta la médula de los huesos. El hombre reclamaba el pedido del café. Tampoco contestó. Una vez más se hundió en el hueco del desgano, convencida de su desamparo. No podía más. En un instante, tras un mudo suspiro que terminó tumbándole definitivamente los hombros y la cabeza en renuncia y rendición, su mirada se fue cerrando hasta alcanzar sólo un hilo de visión, una ranura de cristal. Luego, con el mayor desaliento, s pasó el dorso de la mano por la frente y los pómulos sudados. Con los ojos ardiendo se quedó un instante mirando hacia la nada. Después, borró de su rostro el resto de aquel llanto mudo, se irguió, y respiró con fuerza para escapar de la emoción que la quebraba. Envuelta en la costumbre levantó la mirada y dirigió las manos hacia el pote de café que estaba sobre una tablilla en la pared. Percibió que la pintura de esa pared estaba como ella, sin vida y deslucida. Echó el polvo dentro de la cafetera y apretó la tapa con nervio y con rabia. Habían pasado treinta años. El olor del aceite requemado, los vapores del agua hirviendo y la agonía de estar siempre allí, la asquearon y revolvieron en el dolor de su rutina y en el vacío de su vida. La asquearon hasta lo imposible. Aquella resignación suya era la síntesis de lo infecundo y la negación diaria de una verdadera razón de vivir. Afuera, entre vientos húmedos que rompían el silencio de la oscuridad, seguía amenazando la borrasca que durante horas se había colmado de calor y nubes grises que no terminaban por desencadenarse. Otra lluvia. Otro tabaco. Otro café. Otro estar allí. Y otra noche para compartir la misma cama careciendo de otra cosa que compartir. Y el mismo hastío de no tener nada de qué hablar. Y, como siempre, al final, en suma inagotable, otro día más. Y mañana, lo mismo. Y después, igual. Era agotador. Creyó por un momento que algún día se ahogaría de verdad sin alcanzar la libertad de la respiración en las profundidades de su pecho. Sí, algún día se ahogaría. De verdad.

Texto agregado el 07-05-2007, y leído por 15 visitantes. (0 votos)


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