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TV.


Ella estaba convencida de que en aquel pueblo la gente se aburría más que en cualquier otro de la isla entera. La monotonía era carcelaria. Sentía que el tiempo se aletargaba y filtraba en sus entrañas con la impertinencia más desesperante, agobiándola, revolviéndole el estómago y la vida entera. Y añadido a las altas temperaturas que no daban un minuto de sosiego, esa sensación de vacío en sus adentros era la causa de muchas de sus debilidades y fatigas. Vivía convencida de que si no fuera por la costumbre de enfrentarse a la escasez de cada día, lo mejor sería borrarse, aniquilarse, desaparecer de una vez por todas.
-Qué horror, pensaba - Y se decía: - No hay nada que hacer. Esto es una maldición que no termina.
Todos los días pasaba horas en el portal de la casa, sentada en una mecedora o recostada a la varanda de metal, sudando la canícula y viendo pasar a las personas de siempre. Podía ver las vibraciones de la radiación y el calor en el aire. Y podía recordarse en esa escena junto a los demás como en un sopor, todos sudorosos y cansados, con la eterna tristeza dentro de la misma ropa de a diario. La gente desfilaba frente a la casa caminando por la calle o montados en bicicleta, con sus necesidades, con sus desilusiones, con sus caras de resignación. A las diez y media pasaba el hombre que empujaba el carretón sin carga alguna, barbudo, con el sombrero de campo hundido hasta las cejas. Estar en el portal, limpiar la casa y escuchar la música en la radio era lo único que hacía durante el día para presuntamente distraerse. Prácticamente el radio lo apagaba al final de la noche. Lo sentía como un amigo. Saludaba a los viandantes y hablaba con ellos para intercambiar quejas y comentarios sobre los últimos rumores. Cada cual traía un chisme diferente. No había otra cosa. Pero en un final, quizá con un dejo de resignación, sabía que estaba equivocada de plano en cuanto a la magnitud del aburrimiento de su pueblo: en todas partes ocurría lo mismo. Las expresiones de la gente que veía adonde fuese se lo decían en el desagrado y el hastío que callaban en un tragar de nudo y de tristeza que más que con las palabras imposibles se gritaba con los ojos. Y se rió de su torpeza al mantenerse a diario en aquel pensar reiterativo. Lo sabía demasiado bien. Cuando visitaba el vecino pueblo donde vivía su hermano con aquella diabetes mal atendida a cuestas, también sucedía igual. El mismo fastidio. Lo que ocurría era que ella se descargaba en aquel pueblo porque lo aborrecía a más no poder. Lo odiaba porque había nacido en él y en él se había quedado de pendeja, reprochándose, respirando ahogada su furia. Y sabía que el pueblo y ella iban envejeciendo y deteriorándose juntos, como fundidos en una misma condena. Pero más que eso, muy por encima de todo, y muchas veces se reía al admitirlo porque quizá nadie lo entendería, permanecer allí sin nada que hacer era el mayor de los castigos. Y ella, con sus más que abandonados cuarenta años, estaba en peor estado que cuanto la rodeaba. Así se sentía, vieja, desaliñada y fea, sin deseos siquiera de arreglarse, cuadrada y lineal desde los hombros hasta los huesos de las perdidas caderas, con la ropa que parecía colgarle más que vestirla. Y se había quedado en el país por sus hijos, y por su esposo que hastiado también y pensando en ellos y en sus padres nunca quiso irse. Inútilmente, porque el varón se había escapado en una balsa y la niña estaba con sus diecisiete años en una misión Internacionalista en África.
-Quién sabe cómo regresará de allá, se decía.
Y amargamente añadía:
- Posiblemente venga con una barriga levantada por cualquier extraño personaje, o con alguna enfermedad de esas raras con que la gente llega de esas misiones.
Pero, como siempre hacía al estar en ese camino de quejas y reproches hacia sí misma, desistió de estos pensamientos para sonreír con amargura y comprensión. Sabía demasiado bien que tampoco se trataba de esas aceptadas tragedias por muy dolorosas que fuesen. No, no era el pueblo, ni el abandono total, ni los que se fueron o los que se quedaron, ni la pérdida de los hijos, ni la necesidad siempre presente, era ella que estaba hasta el tope de tanto fastidio. Y el tedio, además de lento y pesado, era sucio, porque no podía comprar jabón ni ningún otro artículo de limpieza. Claro, o escaseaban o ella no tenía dólares. Y para colmo, el fastidio y toda esa suciedad se conjugaba con el hambre porque no conseguía lo suficiente para alimentarse decentemente, ni ella ni su marido, que trabajaba como un buey. Su marido, siempre en silencio, aguantando, con aquella mirada que más que un mirar era un dolor. A ella el asma la estaba matando y tampoco conseguía el salbutamol tantas veces prometido que la aliviaba en sus crisis. El asma no la dejaba trabajar. Pero con estar soberanamente aburrida, eternamente encerrada en la casa, era suficiente. Lo demás, a esas alturas, con marido y todo, casi sobraba. Y el Gobierno decía que pronto terminaría la crisis. Según sabía, tenían cuarenta años diciendo lo mismo. Y la gente aguantaba, quejándose sin levantar la voz, siempre con cuidado, sobre todo renegando por la falta de alimentos y de artículos de aseo. Pero ella no, para ella lo peor era estar confinada en el limbo del fastidio. Y la película que habían anunciado para el esperado jueves de cine en la televisión ya la había visto cinco veces y en dos oportunidades la habían cortado a mitad de camino para pasar las noticias más desagradables del Mundo y la bazofia de propaganda del Gobierno. Y cambiar de canal era inútil, las dos emisoras que salían al aire transmitían la mayor parte del tiempo la misma programación. En ocasiones, cuando cortaban la película para pasar el maldito noticiero, se quedaba esperando, sumida en sus pensamientos, sentada frente al televisor sin escuchar lo que decían. Oía la voz del locutor del enorme bigote y voz más que engolada como si estuviese en un sueño, pero nada más. No se interesaba en descifrar lo que decía. Meciéndose en el sillón, con los ojos cerrados para pasar ese tiempo de espera, se imaginaba esa misma película con otra continuación y otro final, como resultado de los cambios que ella inventaba para alterar la trama. Se la imaginaba desarrollándose en otro país, con el hombre libre en lugar de casado, o con la mujer lesbiana, o con el policía suicidándose, o con el bueno de la película muerto y el malo triunfador, o como si todos fuesen fantasmas que deambulaban a placer entre ciudades increíbles. Imaginársela totalmente absurda era lo que más la satisfacía. Esas ensoñaciones de descomponer el tiempo y algunas escenas y personajes importantes de las películas interrumpidas la ensimismaban en un recorrido hacia un mundo soñado y totalmente diferente a su realidad. Era quizá lo que más disfrutaba de aquellas transmisiiones. A veces pensaba que hasta podría hacer una película con todos los argumentos que había fantaseado en esas largas horas. Pero que va, se despertaba, y se reía de sí misma con los ojos aún cerrados. No, qué va, ella no podía hacer nada, ni podría hacerlo jamás, porque ella era una nada también. Y de estos pensamientos emergía a su aburrimiento con la inútil pantalla repitiendo la misma cantaleta. Ni un solo cambio. Y no sabía si resignarse o enfurecerse. Ya se veía a la mañana siguiente, sudando en el portal, como siempre, despidiendo a su esposo, quedándose recostada a la baranda, esperando sin saber qué, viendo pasar a la gente. La monotonía seguiría siendo igual a la de todos los días. Sí, no sabía cómo lo soportaba y seguramente un día cualquiera se suicidaría de verdad para no amargarse más ni sudar tanto entre aquella necesidad y abandono. Sí, se suicidaría. Se ahorcaría en el baño, como hizo el negro viejo que desde siempre vivió en la esquina de la cuadra y que nunca dejó de saludarla con un gesto de su mano, o bebería veneno de ratón, o saldría a la calle dando gritos y vociferando contra la Revolución para ver si la acababan de matar de una vez. El paredón, eso era lo que ella necesitaba, sí, el paredón. Pero no, se rió de nuevo de su ridícula imaginación. Se rió imitando a la locura porque no quería volverse loca. Y terminando de reír pensó que quizás con una televisión distinta la vida valdría la pena vivirla, al menos por tres o cuatro horas al día. Estaba convencida de que una buena y entretenida programación de televisión para pasar la tarde resultaba imprescindible en cualquier tiempo y bajo cualquier sistema, aún en aquel pueblo maligno y olvidado. No entendía cómo era posible que los que mandaban en el país no se dieran cuenta de algo tan sencillo. Una agradable televisión sería un gran alivio para el espíritu de todos. Pero no, no era así. Lo importante era alimentar la soberbia del Gobierno. Y mientras iba hacia la cocina con su paso ligero para tomarse un vaso de agua y una nimiedad de café, repetía con crudeza:
- ¡Mi madre, hasta cuándo será este fastidio! Después, ya tomándose su café, revisando la pobreza de su vestido desde el pecho hasta los zapatos, lo repitió en voz alta, esta vez con simpatía:
-¡Hasta cuándo, coño, hasta cuándo!
Y al ritmo de un viejo bolero, entre otras risas, ahora caminando hacia el patio, moviendo la olvidada cintura con pretensiones de bailarina y con los brazos levantados dando giros alrededor del pelo reseco y alborotado, tarareaba:
- La… larí… lará… La… larí… lará… Hasta cuándo… mi amor… hasta cuándo…
Y después, levantando la mirada hacia una figura imposible, gritó, furiosa: - Coñoooo! Qué maldición!!






Texto agregado el 08-05-2007, y leído por 48 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2007-06-11 02:05:18 Muy bien narrado. Me gusto mucho. Un abrazo. Marcelo marjabra
2007-05-18 22:00:16 hasta cuando??? esa es la pregunta diaria. hasta cuando? _CUBANITO
2007-05-09 18:08:18 "Se rió imitando ala locura porque no quería volverse loca". un texto bien logrado en donde más de un reflejo nos toca a los habitantes de países de realidades dobles (triples, cuádruples...). La solución, la TV, viene a ser punto final de una lógica asfixiada por el tedio... no para salvarla sino para hecer del tedio algo doble, triple, cuádruple... Aristidemo
2007-05-08 18:03:46 Exelente. No tan solo por la habilidad con la que está narrada la historia, también por el contenido, por la intención del cuento. La historia de una mujer comun corriente refleja que este cuento fué pensado y encierra un mensaje. Felicitaciones, un gran cuento. casetti
 
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