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Inicio / Cuenteros Locales / LaMillan / eL pATO aMARILLO . ..

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Dedicado a Jose Carlo,
Porque simplemente le
cae bien el pato amarillo.



En su encimera tan solo se encontraba un marco con una foto de un patito amarillo de plástico, de estos que los niños pequeños tratan de morder con su dentadura, tan joven e inmadura, que se hace curioso su parecido a la más vieja y gastada de las bocas.
No hay sonrisas, no hay gestos, ni abrazos. No hay novias, ni madres, ni marineros que sueñan con ser futbolistas.

Hay un pato.
Un pato amarillo.
Un pato amarillo que sonríe.
Quizás es lo único que le hace feliz.

Un día, de niño, mi madre me llevó a la bañera, yo no me tenía ni en pie, y ella tenía que estar siempre atada a mí. Me acuerdo que mi madre parecía cansada, siempre de aquí para allá, como todas las madres, como todas las madres a todas horas, supongo. A mi me gustaba el agua, chapoteaba de vez en cuando y a mi madre le hacía reír. Me encantaba hacerla feliz, y lo volvía a hacer. Ella tenía ese sentido del humor que a veces parece que está apagado por falta de batería. Pero cuando me veía en la bañera, le daba por sonreír. Le gustaba mucho bañarme, se refrescaba las manos, y me frotaba la tripa, la cabeza, los pies, y yo me reía. Y ella se reía también. Ese día mi madre me trajo un amigo, un pato, un pato amarillo de plástico que me sonreía siempre. No sé por qué desarrollé esa costumbre de sonreír a las sonrisas. Pero el pato me tenía alucinado. No podía parar de mirarlo, iluminaba mis ojos, mi boca sin dientes, mis manos torpes, era mi obsesión. Un día mi madre se empezó a preocupar, las cosas no duran para siempre, me quería proteger de un mal que podría llegar algún día, y me lo quitó.
Entonces dejé de chapotear y ella… ella dejó de sonreír.

Yo no podía vivir sin el pato, mis ojos se apagaron, decidí dejar de ver, de hablar, de reír, de tocar. Mi madre, claro, pensó que me había puesto enfermo, que algún virus de estos malos me había sentenciado. Fue un suplicio, no paró en los años siguientes, me llevaba a un médico, a otro, a otro, y nunca daban con la solución. Empezó a trabajar 14 horas diarias para poder llevarme a algún médico de estos que siempre viven tan lejos y es tan caro llegar a ellos. Y entonces un día, ella enfermó. Se estresó. Sus neuronas le dijeron que no podían más. Lloraba, gritaba, se tiraba del pelo, se arañaba, no podía vivir sabiendo que no podía hacer nada por su niño, no quería vivir sabiendo que sin los chapoteos del crío ella no volvería a sonreír.
Un día le fue a visitar un amigo de su ex marido que era artista, y le regaló un cuadro, un cuadro al que había titulado el cuadro de los patos tristes. Un cuadro tan melancólico que rozaba lo hermoso y lo horrible a la vez. –Toma, es para ti. Un día pensando en ti sólo me salían patos graznando de dolor en la cabeza, patos tristes, rotos de dolor, sin color, sin vida. Así te veo, Sara. Si necesitas algo, llámame. Cuídate mucho.

Cada vez que pasaba por el salón y veía el cuadro de los patos me hacía algo así en el estómago, me gritaba una bola de fuerza y me hacía llorar. Me hacía llorar de manera desconsolada. Mi madre, que hacía 16 años que no me oía decir nada, ni me veía gesticular un solo centímetro de mi cara, que hacía tanto tiempo que no la tocaba, al verme terriblemente vivo, terriblemente humano, terriblemente desesperado, llorando con ese dolor, con esa fuerza ante el cuadro de los patos tristes, se dio la vuelta. No supo como responder y me dejó ahí, llorando dolor durante días, durante meses.
Sara no sabía que hacer, era como si no se lo creyera. Llevaba metida en la cama todos esos meses, sin levantarse apenas, decaída, como un cuerpo sin vida que aún respira. Mientras, el artista se hacía cargo de la casa y del niño.

Otro día después de meses de llanto y desesperación, de depresión y rabia, el pato amarillo apareció encima de la mesita de noche de la madre. Sara se sentía observada, tenía ese mal estar de cuando te sabes observada por los demás. Se dio la vuelta. Y ahí lo vio, amarillo, de plástico, pero ya no sonreía, tenía la boca cerrada y de los ojos le salían lágrimas.

El pato.
El puto pato.

Le salió del alma, se rió a carcajadas. Se rió como nunca había reído, risas histéricas, risas con llanto, energéticas, risas felices, y el pato, al ver que volvía a hacer feliz a alguien volvió a sonreír. Sara se dio cuenta entonces, cogió la cámara y le hizo una foto. Momentos después cogió al pato, lo envolvió en un pañuelo, cogió un mechero y lo quemó. Lloró. Lloró como nunca había llorado antes, -lo siento mucho, algún día te lo recompensaré. Le dejó una nota a Emilio pidiéndole que si le hacía el favor de revelar la única foto de la cámara que estaba ahí al lado, que la enmarcara y se la regalara a Carlitos.

Mi madre se llevó el cuadro de los patos tristes, y me dejó la foto de mi pato amarillo, de mi querido pato amarillo encima de la encimera. Fue un milagro, con él volvió la vida, volvió mi alegría, mis ganas de hablar, de reír, de morder, de tocar.
Con él volví a Ser.

------------

De Sara ya nunca se supo nada más. Aunque hay una anciana en el barrio, la anciana loca de todos los barrios que te echa las cartas y te tira pimienta y sal al verte pasar, que a veces viene a contarme que un día la vio, entre harapos y ropas grandes, encogida, como si tuviera el peso de la culpabilidad aplastándola contra el suelo, con el pelo blanco y revuelto, en una granja abandonada, con botellas de alcohol gastadas amontonadas en el suelo y algo de vino encima de un tronco donde se sienta y llora, donde se sienta y no para de reír, hablando sola, pidiendo disculpas a veces, otras gritándole a nadie si no ha sido penitencia suficiente, moviendo las manos, de arriba abajo, resignada, como si estuviera condenada hasta el fin de sus días a darle de comer a un cuadro de una bandada de patos.

El pato amarillo, cuando la mira, llora un poco. No la quiere perdonar. Enseguida se repone, sabe que tiene que seguir dándole vida al niño, se borra las lágrimas y vuelve a sonreír.

Por eso la foto, mi única foto. Es lo único que me permite vivir.

Texto agregado el 08-05-2007, y leído por 499 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
2008-05-23 18:37:39 No hay que adelantar acontecimientos ¿verdad? ¡Excelente! maravillas
2007-11-15 20:00:23 Juro ke esto es de lo mejorcito ke he encontrado en esta página. KE BUENO! ME ENCANTA!! ME LO VOY A IMPRIMIR!!! TejeCuentos
2007-07-05 10:12:01 Joder como has hilado... a partir del pato... Saludos. nomecreona
2007-06-22 01:00:53 que pato tan pata, muuuuuuuuuy bueno, realmente ese pato me hizo leer hasta el final y querer mas. ofoperez
2007-06-14 18:36:10 joer!donde tenias este arte escondido!5* KUMBE
2007-05-25 22:57:36 lindo, Cuentame como le exprimes el alma a las cosas? gonzales
2007-05-23 07:18:50 Muy interesante y muy bien narrado, mis 5* y mis saludos morrison86
2007-05-22 20:44:41 Agilidad, ironía, imaginación y el puto pato que tantas formas puede tomar para ser lo único que nos salva de nosostros mismos... Jo! chingao pato, ya me puso a filosofar. Aristidemo
2007-05-22 03:35:42 Maravilloso Cuanto. Exelentemente logrado y te mantiene en la trama hasta el final. Comienzo a desear tener un pato amarillo. Yo nunca tuve uno. Saludos. Mis ***** el_sonriente< /a>
2007-05-22 02:47:38 Excelente. Un cuento para meditar, porque siempre tenemos a alguien conocido que encaja en algún personaje. zumm
2007-05-21 12:00:01 es un cuento maravilloso***** sinrumbo
2007-05-19 23:09:17 Dices que te gusta escribir...sin ánimo de lucro ? Pues vete cambiando el chip. Tal vez el PUTO PATO AMARILLO te haga ganar tu primer millón. Cuando lo ganes, ya sabes, me debes una copa por el presagio.+++++ crazymouse
2007-05-10 13:09:45 Ameno relato; pero desgarrador, triste en su espíritu de sacrificio..Muy bien..Sigue escribiendo cuentos...Adelante. churruka
2007-05-08 20:02:33 pinche pato jejeje me late un buen un abrazo amiga.***** Icnocuicatl
2007-05-08 19:50:32 El puto pato! Me dejaste pensando. Es un cuento muy bueno! Felicitaciones! Taconvino
 
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