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Desde que te sueño
el sol es como un pez dorado aleteando contra un universo
que lucha salvajemente por mantenernos a oscuras.


Pierre Castro


La primera vez que te vi te llamabas Adriana. Eras más alta que yo y llevabas puesto lo que mi madre ha nombrado siempre con la palabra cardigan, a pesar de que a mí no ha dejado de parecerme en todo este tiempo un saquito de hilo celeste, ignorando la posibilidad de que otro haya sido el color, pues el ejercicio de la memoria suele adulterar algunos detalles con los que uno se mortifica. Quiero decir que tal vez el celeste haya empezado a gustarme más bien luego, en mi adolescencia, aunque el recuerdo se encapriche en mostrarle al reverso de mis ojos, lugar de mi anatomía donde innumerables veces renace y se trastoca el pasado, que así era el saquito de aquel mediodía de junio, como si en tales imágenes pudiera yo sospechar una pasada e intuida perfección, anterior incluso al sexo y al intelecto.
Yo hablaba poco por aquel entonces. Hablé menos después del aroma a jazmines con agua del primer saludo, que ejercitaste desprovisto de pudores: así se besa la inocencia de un mocoso al que no se le sospechan las ideas donde se mecen el brillo de un cuchillo, el cable de una plancha, el silencio como un trépano horadando el cráneo en la soledad del cuarto nocturno. Mi primo te había llevado al cumpleaños de tía Marta y con voz de juglar, como si se tratara de un gran anuncio, dijo que eras su novia, que estudiabas ingeniería como él, que sólo lo pretendía, y que tu padre tenía una coupé Taunus automática que le había comprado a un tullido; sé ahora, o me lo digo en el capricho de una ilusión análoga, que tenías cerca de dieciocho años y rulos que te llegaban a la cintura, ojos pardos al roce de la tarde cayendo por detrás de la plaza Rocha, desde el balcón abierto, y una sensibilidad especial para jugar conmigo al dominó, aquel de plástico naranja con motivos de los pitufos que regalaba Pepsi.
No te gustaban los duraznos con crema. Te hice sonreír cuando los quité de mi torta. Y ya última, jugaste al decirme adiós, señor, fue un gusto conocerlo, en una despedida lúdica que, ahora sé, no prometía el regreso.
Volví a verte una noche de invierno del noventa y seis en el 511, yendo para la costa. Era mi último año del colegio secundario y nos juntábamos seguido con los compañeros: la nostalgia anticipada con la que veíamos el fin del ciclo nos hacía incurrir en un pueril aunque divertido estrépito amistoso.
Yo había subido en el vivero.
Vos lo hiciste pasando el Molino Concepción, antes de la vía, enfundada en una camperota que te hacía lucir como una muñeca roja de paño a la que arrastraban con dulzura de la mano. Tu padre, o eso me dictó mi mente juvenil aún sofocada de los estereotipos que el ejercicio de la docencia ayudó a desterrar por todo norte y fin. Tu nariz era colorada, por el frío. Como la de un payaso borracho que tambaleándose llega hasta los asientos del fondo y se estira toda-toda-toda así-a-lo-largo porque no hay nadie y se ríe de desentrañar el gusto salado de las prohibiciones. Un mal escritor diría eso. Un mal escritor.
Tuve que quitarte los ojos de encima. Tu padre, que te señalaba estrellas desde el hueco que con un dedo habían vaciado juntos en la ventanilla para mirar el cielo, olfateó con recelo mi obsesión. Lo odié, naturalmente. Eras de él todavía cuando te llamó para bajar en plaza San Martín.
¿Te llamabas Lucía?
El tercer encuentro no demoró tanto. El bordado azul de tu guardapolvo decía Daniela cuando te agachaste para frotarme con alcohol un brazo, año y medio después y mayo once. No he dejado de recordar la fecha con espanto.
Tu boca, de extraña curvatura irregular al momento de pronunciar las “u”, preguntaba y recomendaba las preguntas y recomendaciones de las enfermeras, cómo fue la noche, descansá, va pasando el mareo, la confusión, todos los que están afuera son amigos tuyos, es mucha gente para querer a una sola persona, tomá líquido, estate atento por si te dan ganas de ir al baño, no piense mucho, señor, mire que es, usted, eh.
Aquella vez me pareció que sabías. Que Daniela sabía. Porque me miraba de soslayo, conteniendo la sonrisa que lo mismo se le escapaba por entre los ojos cuando se daba una vez al día, porque a la tarde era aquella vieja más suave y atenta del relevo pero que no, la ceremonia de entrar, pedir permiso para quedarse sola con el paciente, pedirle al paciente el brazo que el paciente estira con amabilidad y la enfermera toma con mecánico sentido del profesionalismo, sujeta, envuelve, presiona, pincha, descomprime, moja, frota. Gracias.
Me hubiera gustado que te llamases Victoria, como la vez de Playa Grande, en el bar, cruzando el Golf por detrás del cementerio donde una amiga rubia te llamó a los gritos porque los chicos venían desde la esquina y había que ajustar el armazón antes de que llegaran, sin tiempo para mirar la sombra que un ángel, custodio de la pax de los muertos, escupía lánguida a contraluz de los reflectores. Estabas de blue jean y camisa a rayas, con el pelo suelto y sorpresa en los ojos. Parecías un pájaro a punto de romperse en una madrugada de cal.
No supe que el tiempo te perdería a partir de entonces y por mucho. O que te saldrías de él. Fuiste reemplazada por olvidos o confusiones. Fuiste otras, en varias. Un escritor agregaría que en ninguna. Pero no yo. A mí me alcanzaron varias. Lo supe en la ciudad de las diagonales cuando vi a tu compañero alzar la mano, cruzando la plaza central, catedral de fondo y rostros aguados de martes por la tarde. Yo ya me iba, después de haberte buscado y creyendo ya el desencuentro. Quería un locutorio para intentar explicarte la ausencia, conciliar mi enojo con la frustración de espera y tabaco. Fue una casualidad extraña. A veces imagino que no te encontrás con él aquella tarde al pie de la escalinata de la catedral, (mientras también esperabas y tabaco), y entonces no te animás a levantar vos la mano y probarme desde el otro lado de la calle como sí lo hizo él, porque le habías hecho una somera descripción mía según lo que te dictó tu imaginación desde el fondo del tiempo, cuando en Moquehuá eras cazadora de lagartos en la estación desierta del tren, mientras yo me calcinaba al sol en un patio de baldosas rojas. El tipo no dudó: era yo o era yo, nada se perdía con levantar la mano para intentar suerte justo cuando yo me daba la vuelta para hacer lo propio, por última vez.
Me dijiste al fin lo que esperé aquella tarde en la que una Melina de nueve años juntaba caracoles de la playa, antes de volver con sus tíos de las vacaciones: “sos vos”.
Por último, todas las que fuiste se me desparramaron por delante, frente a la universidad. Llevabas el ceño fruncido y cara de saber algo vedado a la memoria de los hombres, que no es otra cosa que el arreglo con su porvenir. Tendrías veinticuatro años y se me antojó bautizarte Andrea. Llevabas otro blue jean, un saco rosa viejo y un bolso de lana que no había visto en el mágico desorden de tu casa, además de una maqueta que representaba la cuadrícula de una pálida, estéril porción de ciudad. Me pregunté qué se te había dado por estudiar arquitectura, pero no me importó. Llevabas el pelo suelto y tus rulos negros-negros muy negros gritaban más que nunca: era imposible no darse vuelta para ver qué era todo ese batifondo, querer franquear los cuatro o cinco pasos que me separaban de vos, hablarte. ¿Pero qué iba a decirte? Haber empezado diciendo que no sabía cómo empezar me pareció, más que una obviedad, una redundancia que ni siquiera conlleva el decoro de una circularidad simpática.
Tiempo más tarde, corregía yo exámenes en el café de esa esquina por la que te vi aparecer la vez primera: estabas con amigos; no duraste mucho delante de mis ojos y mi pensamiento te rearmó para sí reiteradas veces. Como es de esperar, me inquieté.
No sé si la casualidad ejercitó alguna coincidencia más por aquellos días, o acaso la impresión de las dos primeras me aconseje esa falsa memoria. Como sea, algo me llamó la atención en ambas oportunidades: acaso no falte a la verdad decir que fue cierta forma tuya de deslizarte por las cosas, de encajar en lo añorado.
Ya luego, meses, durante la última toma de la Facultad lo comprobé no sin cierta tristeza, pues no supe (como no lo sé aún) la manera de acercarme y decirte “hola”. Porque, ¿qué otra cosa que no sea un “hola” puedo pretender? Te vi entonces fumar, comer sánguches de milanesa, vestir el saco rosa claro y jeans gastados, usar el pelo suelto y sin los protocolos excedidos de la artificialidad. Me gustó verte en cada uno de esos detalles, molestándome la idea de que finalmente la reiteración te hubiese arrutinado hasta el punto de la hipnosis.
Hice incontables amagues por acercarme: cruce de esquinas, compartir veredas y paradas de colectivo fingiendo intereses ajenos, anotarme en tu misma carrera, buscarte con la mirada, hablar en voz alta cuando pasabas.
Costaba concretar el encuentro.
Sin embargo, una tarde se dio el instante. Llevaba tres cuadras siguiéndote bajo una llovizna densa cuando un mal paso te hizo perder el equilibrio y caíste en mitad de la vereda. El corazón se me subió a la garganta y creí que por fin había llegado el tiempo de finalizar el juego. Ya casi, me dije mientras me acercaba con paso apurado sin dejar de pensar en la cara que pondrías, en lo próximo que estaba de recuperar a aquellas otras que no había tenido nunca. Y fue ese último pensamiento el que me hizo frenar, asaltado por la duda, porque, pensá en esto como si estuvieses en mi lugar, qué iba a pasar si no eras, si después de todo aquellas otras que sí eras tenían razón y yo, una vez más, estaba pegajoso de falencias. La verdad me desgarró el pulmón derecho, me trepó hasta el cuello, se quedó allí hasta ahogarme: te perdería para siempre. Te irías diluyendo, ya desde aquella acompasada tarde y la lluvia y los charcos robando pedazos de cielo invertido.
Entonces, entre la realidad y yo, elegí yo, el que dice que no sabe nada, que no sabe porqué cada día sabe menos cosas.
(Y te esquivé).




Texto agregado el 09-05-2007, y leído por 515 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2008-01-11 01:19:03 DiegoRomero: cuando publiques estos sietecuentosymelina, avisá, sí? Tus admiradores esperan ansiosos. queni ckpelotudotenes
2007-12-29 18:27:30 Un gran cuento, DiegoRomero. Ha sido un placer. justine
2007-12-24 22:16:53 Un gusto haber dado con ud. Un bello cuento. Felicidades! laffinour
2007-10-19 09:28:09 ¡La Pucha! ¡No haberlo leído antes! OrlandoTeran< /a>
2007-09-10 06:18:40 creo que será por siempre de mis cuentos favoritos en ésta página azul. taxi
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