Saquemos conclusiones rápidas de los hechos lentos: Sara es Raúl y Roberto es un perro; el perro ha salido temprano de su madriguera para laborar bajo las órdenes del astronauta bigotón con nombre de ley; Bill se llama y nada que ver con Buffalo, nada que decir ante el juzgado primero de lo civil al aclarar la situación esta de un Raúl encontrado muerto en su bolsillo izquierdo por una putita quinceañera que intentaba robarlo después de un follaje brutal en cualquier motel a las afueras de la ciudad; digo que ayer se presentó a trabajar como todos los días y se sirvió su café y se lamió las comisuras y puso atención a los pajaritos que cruzaban de vez en cuando tras de su ventana; digo que Sara, de noche, Sara no era lo mismo de día, porque entonces el pantalón y su esposa y los niños que están creciendo cada día más parecidos a su padre, tan guapos y caballerosos, con tanto futuro en su presente, ¿serán astronautas como él? No, que va; el Paquito quiere ser gastroenterólogo y el Migue ya anda haciéndose un nombre en lo del jaialai; porque desde niños naves espaciales en el cuarto y en la cama y en la ropa y en los platos, siempre ese aroma a atmósfera lunar a desierto marciano a páramo venusino a colonia estelar cuando su padre llegaba con souvenirs flotantes o radiactivos; y el perro que huele a kilómetros el aroma a bragas sudorosas, caminando a cuatro patas frente a carnicerías de rótulos rojos, parecido quizás a la putita que ayer noche le ha dado un buen trozo de pizza con jamón, acariciándole la cabeza costrosa y rota. Cuchi, cuchi, perrito, cuchi, cuchi. Porque a esas horas la multitud es una sola persona encerrada en el tugurio de Sancho, sudando ron, hablando cerveza, pensando güisqui, eructando poemas, bailando y inhalando un poco de caspa de Satanás, un tantito de.
Ah, qué mamada.
Disculpa, lector.
|