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Mi hermana María. La niña que murió al nacer


MI HERMANA MARÍA. LA NIÑA QUE MURIÓ AL NACER

Yo no había cumplido aún los cuatro años. Mis padres me habían llevado un par de días a casa de unos parientes y al regresar resultó que había nacido una hermanita: la niña, apelativo con que normalmente la familia nos hemos referido a ella hasta que el paso del tiempo y los años hizo que todos dejásemos no sólo de mencionarla sino también de recordarla.

Encontré todo cambiado. La habitación de mi madre parecía otro lugar. Era raro verla de continuo en la cama, o el hecho de que nunca faltaba una o varias vecinas a toda hora. Y lo más asombroso, la contemplación de mi hermanita reposando en su pequeño lecho. A lo largo de la cama, cerca de los pies, se encontraba la cuna de madera torneada llena de ropajes de un luminoso blanco con puntilla y bordados. Bajo su embozo se hallaba la niña, provista de un gorrito también blanco. Dijeron algo que no entendí bien: que había muerto, que había muerto al nacer… No creo que en aquellos momentos yo alcanzase a comprender el significado de tales palabras. Pero sí capté bien las hermosas e intensas sensaciones que en mi ánimo desencadenó la presencia, para mí enteramente viva, de mi pequeña hermana. Habré de añadir que estas vivencias, junto con las de paz y armonía, de diversos modos han acompañado a la marcha de cada uno de mis demás seres queridos.

La recuerdo bien en su cuna. Recuerdo perfectamente que estaba allí, aunque no retengo su cara. Sí la elevación de su cuerpo bajo la colcha. Intuí que estaría haciéndose a su nueva casa y a tantos acontecimientos. Su reciente llegada, su inminente partida, conocernos a todos, especialmente a mí, ya que la unión que se produjo entre ambas fue singular. Sí, desde luego era mucho trabajo, pero hacerse a mí no le costó nada. No nos costó lo más mínimo. Al contrario, estábamos felices juntas. Yo enseguida comprendí la situación y me coloqué a su lado todo el tiempo y me encantó hacerlo. Fue mucho más que una sintonía, fue un no despegarme de su lado. Tampoco es exacto. Nos acompañarnos mutuamente. Sí. De una forma completa e intensa. Éramos hermanas, era mi hermana pequeña. Estábamos juntas sin más.

No la dejaba sola ni un segundo. No quería. Éramos una siendo dos. Cada una a un extremo de un secreto canal que nos unía, tan invisible e inmaterial como denso y real. Era muy real, aunque no se podía tocar. Casi sí.

No recuerdo el tiempo que permanecí inmóvil al pié de su cuna en mutua compañía. La contemplaba fijamente, sin pestañear. Inmóvil, a la vez que entregada. No puedo precisar cómo eran su cara o su cuerpo, supongo que como los de cualquier recién nacido. Sólo recuerdo la anchura alargada del mismo bajo las ropas de su cuna, pero como que estoy viva, supe que nos hallábamos unidas y contentas. Algo impresionadas, pero en realidad muy felices. Ella en su pequeño lecho y yo al borde del mismo, contemplándola no sólo con los ojos, sino con todo el cuerpo y toda el alma a la vez, estando consciente de que ella me correspondía. Daba igual si me miraba a no. Las dos lo sabíamos, nos lo decíamos sin necesidad de palabras. Sin nada y con todo.

Una vecina había bajado a acompañar a mi madre y estaba sentada junto a la cabecera de mi madre, en una butaca forrada de terciopelo azul con brazos de madera. La mujer era bastante ruidosa por lo que yo me encontraba bastante molesta con su parloteo incesante. Me hallaba en línea con ella y frente a la cuna. Detrás de mí, a algo más que un metro, la pared y al otro lado de la cuna, al fondo, la ventana de doble hoja vertical. Yo seguía allí, embelesada con mi hermana. Ellas hablaban de cosas insulsas a las que no presté atención. No me entraba en la cabeza el poco respeto que mostraban hacia la niña, que además pronto se iría. Sentí que debían estar como yo, con reverencia y acompañándola en silencio. Con ella de verdad. Sobre todo me fastidiaba la pesada de la vecina, que no callaba. A mi madre apenas se la oía.

Así que permanecí inmóvil, fija en la niña, en mi hermanita, con mi pequeña cara encajada entre las barras torneadas de la cuna. Ellas seguían su parloteo. Yo, por otro, lado estaba encantada de que estuvieran a lo suyo y no se fijaran en mí. Pensé que si se daban cuenta de mi actitud, la encontrarían rara, desacostumbrada, ya que era mucho el tiempo que llevaba sin moverme y mirando a la niña. Temí que algo pasara, algo que sospechaba no me iba a gustar.

Como si me hubieran escuchado pensar, de pronto se callaron. Se hizo un silencio en su charla, continuó algo más pero perdiendo fuerza. Ya sentía sus miradas fijas en mí. Estaba claro. Ambas me miraban, yo estaba nerviosa, algo malo iba a pasar. Lo sabía.

Cada vez era mayor la incomodidad a la espera de algún comentario. De cualquier forma, nos habían interrumpido. Ahora me notaba rara mirando tan inmóvil y tan fija a mi hermanita. Ya no era algo nuestro y natural. Dejaron caer algunas palabras pero yo seguía percibiendo su mirada clavada en mí, en nosotras. Me sentí vigilada, estaba incómoda, que fastidio y que lástima…

De pronto se me ocurrió un plan salvador. En ese silencio tan pleno se lo conté a mi hermanita y las dos estuvimos de acuerdo. Me daría la vuelta para disimular y fingiría jugar con la casa de muñecas, pero sólo sería de mentira. En realidad seguiría con ella igual, igual, que si estuviera de frente. –En realidad- estaríamos de frente, conectadas del mismo modo. Del mismo. Con la única diferencia de que yo, aparentemente, le daría la espalda. Las dos lo acordamos sabiendo con exactitud que no cambiaría nada, nada. Por si acaso se lo prometí. La niña lo comprendió enseguida y estuvo muy de acuerdo. A ninguna de las dos nos cupo la menor duda de que sería así, como si los cuerpos fueran transparentes. Simplemente lo sabíamos. Yo le aseguré que seguiría estando con ella, que la acompañaba todo el tiempo, al igual que ella me acompañaba a mí.

Así que me di la vuelta y agaché frente a la casita de muñecas, en el suelo, junto a la pared y me puse a trastear despacio con los cacharritos, disimulando. Era una linda cesta de mimbre recio en forma de casa. Fachada, puertas y ventanas en blanco, con un tejado marrón que al levantarlo se abría. En su interior tenía pequeños muñecos y muebles. Era bonita de verdad. Pero en ese momento no sentía atracción por nada que no fuera mi hermana y la conexión con ella. Mi atención estaba por completo en ella, acompañándola como le había prometido. De frente como antes, aunque vuelta de espaldas. Efectivamente la unión continuaba tal y como habíamos imaginado. Seguíamos tan completamente ligadas como antes, comunicándonos por entero… Todo había vuelto a su sitio.

No sé si pasó mucho o poco tiempo, notaba nuevas pausas pero me hallaba confiada y absorta en aquél precioso canal de unión con mi hermana… Ligeramente percibía ser de nuevo observada, como si los ojos erráticos de las mujeres se posaran en mí de vez en vez, pero ahora no me importaba, seguíamos juntas como antes.

De pronto la vecina habló. Lo que dijo me enfurecí de golpe. De repente la odié con todas mis fuerzas, probablemente con la misma onda de intensidad ahora vuelta hacia ella con toda virulencia. Lo que dijo fue:

- ¡Hay que ver los niños! ¡Qué felices en su ignorancia! ¡No se enteran de nada!

Si me hubiese soltado un bofetón no me habría dolido tanto. Creo que enrojecí de ira. Pero permanecí inmóvil como si no fuera conmigo. No dije nada ni me moví un ápice, pero por dentro la insulté. Lo sé perfectamente. “Bruja mala, cochina marrana, idiota podrida, asquerosa, ¡vete de aquí, vete!” “¡Sólo estás ahí de parloteo y no te enteras de nada!... ¡La que no te enteras eres tu! Encima no le haces caso a la niña ¡como si no existiera! bruja, más que bruja ¿y dices que la que no le hace caso soy yo? ¡No sé lo que te haría, vete, te odio, te odio! Márchate. Te lo diré a gritos. Te gritaré. Vete bruja, déjanos en paz ¡Vete!

Pero no dije nada. Aún hoy me arrepiento. Ni pestañeé. Nada les hizo pensar que lo hubiera escuchado… Por eso siempre he sabido que los niños se enteran de mucho más de lo que los mayores pensamos, pero que casi nunca aparentan o aparentamos hacerlo. A veces sí que contestan de pronto con algo sorprendente y al caso, entonces es cuando nos quedamos con la boca abierta.

Bien sé que todo este juicio no se considera propio de una niña que aún no ha cumplido los 4 años. Estas escenas las conservé nítidamente en la memoria durante bastantes años, hasta casi la adolescencia, pensando muchas veces si habría sido una niña rara, anormal, una especie de persona mayor metida en un cuerpo de niña… No lo creo así ahora. Creo que sencillamente ocurre de este modo para todos, que toda la vida, desde un principio, somos personas con más o menos la misma consciencia, lo único es que nos faltan datos, vocabulario y aprendizaje que vamos adquiriendo con los años y la experiencia. Que ya de muy pequeños entendemos mucho más de lo que más tarde alcanzamos a vislumbrar y que tan sólo sucede que rara vez lo llegamos a retener en la memoria. Quizás únicamente lo recordemos si se producen situaciones notables como ésta, que hacen que se grabe de una manera especial.

Mi padre le puso un nombre. La bautizó. El nombre no lo recuerdo bien. Mi intuición me dice que le puso María ¡Ay, María! Tanto tiempo pensando que no tenía una hermana, echándolo de menos, añorándolo durante décadas, sin acordarme de ti... Ahora pienso que igual tú si que te has acordado de mí, que de algún modo has permanecido fiel a aquellas vivencias, que has estado a mi lado. Ahora me pregunto si en el fondo no habrá sido a ti a quién he estado añorando. Que aquél acontecimiento creó una huella indeleble en el fondo de mi corazón y ella fue la causa de tanta añoranza. Ahora vuelven con fuerza todos estos recuerdos después de tan largos años de olvido…

Creo que lo que permanece sobretodo es el sentimiento. Él es el verdadero revelador. El que nos reconduce por vías no siempre visibles. Ahora pienso, siento, que nunca hemos dejado de querernos. Que de algún modo hemos seguido juntas, unidas. Que lo seguimos estando. Ahora percibo aquí dentro que teniéndote a ti sigo teniendo una hermana. Que casi con toda seguridad te he tenido siempre aunque no lo haya sabido poner en pensamientos. Que por ello nadie pudo nunca llenar ese hueco, ni mis otros hermanos ni amigas ni nadie. Siempre te he añorado. Ahora presiento con fuerza que, conscientes o no, hemos seguido siempre conectadas, que este lazo no se ha interrumpido jamás, que aún continúa, que, no sé como, nos volveremos a encontrar y nos reconoceremos... Lo presiento. Presiento que simplemente será, que esto sigue.

Papá te bautizó. Él fue seminarista en su juventud, hasta que estalló la guerra y se alistó de requeté. Cerraron el seminario de Sigüenza donde él estaba y más tarde aterrizó en Galicia, conociendo allí a mi madre, donde se casaron. Allí nacimos todos.

Papá te bautizó, María. Lo recuerdo perfectamente. Dijo las mismas palabras que se pronuncian en los bautizos. Era fácil. Dijo:

- Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Te llamarás María. Recuerdo que aquello me sorprendió mucho y le dije, como si fuera una persona mayor:

- Papá, tú eres cura, tú no la puedes bautizar. Tiene que ser un cura -Me contestó que cuando no daba tiempo a que viniera el cura, el padre puede bautizar a sus hijos cuando mueren al nacer, como la hermanita, para que vayan al cielo, y que así, la niña iría al cielo. Me pareció bien. Que la niña fuera al cielo, me pareció muy bien. Aunque yo ya sabía que iría de todas maneras.

Hay más recuerdos. Recuerdo preguntarle a mi padre que cómo era que la niña había muertecita. Me respondió que era porque llovía y habíamos bajado el cristal de la ventana. Entonces la cigüeña se chocó contra el cristal y la niña se golpeó. (Pensé yo: en la cabeza). Por eso fue.

No me dio mucha pena. Creo que en realidad me pareció que todo era tal y como tenía que suceder.

Aún pasó algo más. Mediada la tarde, llegaron bastantes vecinas y amigas de mi madre. La habitación estaba casi llena. Algo perdida y pululando entre la gente, me encontraba yo. Puede que un tanto desbordada por los acontecimientos. Una señora que ahora pienso debió ser algo boba, de pronto se paró ante mí y me espetó lo siguiente:

- ¿Y cómo murió la niña? -A mí me pareció muy natural que me preguntara y pensé, me sé la respuesta, así que contenta de servir para algo, me dispuse a darle la información que conocía:

- Es que estaba la ventana bajada porque llovía y la cigüeña se chocó y la niña se dio en la cabeza… -Inexplicablemente, de repente en su rostro se dibujó una sonrisa burlona ¡Se estaba riendo de mí! En ese instante supe que mi padre me había mentido. La verdad es que tan sólo fue una de sus dos mentiras en toda mi vida... Y las dos por, a su modo, ayudarme. Pero en aquél momento no pude comprender por qué lo hizo y me sentí engañada, burlada.

Más tarde supe que a la niña la iban a llevar mi padre y mi hermano el mayor al cementerio. A tal fin alguien había traído una caja de zapados blanca y cuadrada, de fino cartón. Era más grande de lo normal. Dentro tenía un suave papel satinado. Aún así comprendí que no era lo adecuado. Que no la debían enterrar así. Visualicé la caja que quería para ella. Era de pasta fina y dura, de un material un tanto abultado en color miel clara, como los libritos de primera comunión. En alguna parte debía haberla visto... desconozco la razón por la que la visualizaba con nitidez. Sobre lo alto de la tapa y tendido, un crucifijo dorado… Y a mis hermanos y mi padre llevándola a hombros, serios y solemnes y sin embargo contentos.

No fue así. Yo lo intenté decir pero no me hicieron caso. De todos modos sé que allí, al lado de la Iglesia, en la parte de atrás según dijeron ellos, estuvo muy bien, entre las flores, cerca de las otras tumbas. No sé que clase de flores dijo mi padre que eran, de qué colores pero sé que era verdad lo que dijo, que en aquél sitio estaría muy bien y que de allí se iría derechita al cielo. Yo lo creí porque al decirlo su cara sonreía y se llenó de mucha luz. Eso fue todo.



Ángeles Yagüe Suárez.


Texto de Stelazul agregado el 10-05-2007.
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