Aun la conservo entre las hojas amarillentas de un viejo libro de poemas, acaricio suavemente sus antaño aterciopelados pétalos, que ahora andan tan desperdigados como los trozos de mi corazón mortalmente herido.
La Rosa ya solo es un recuerdo del amor que un día nos unió, ahora yace seca entre esas páginas, rígida como su corazón, incapaz de inmutarse entre palabras escritas que ahora me parecen huecas y ridículas.
La recuerdo tal y como llego a mis manos un duro día de invierno. El me esperaba en la puerta y escondía en su espalda la que iba a ser durante muchos años mi confidente en las largas noches de espera, en innumerables noches de terror.
Le pregunte por qué él dejo de amarme, bueno… amarme como yo quería, en que momento la pasión se volvió enfermiza, marchitando todo lo que tocaba, llorando y suplicando cada vez que sus espinas se iban clavando en noches llenas de disputas, palizas y reproches.
Cuando el sol aparece tenuemente y un fuerte portazo anuncia un nuevo día, mi autoestima se desvanece mientras mis ojos hinchados frente al espejo, son incapaces de mirar de frente la vida.
Tengo miedo, siento vergüenza, soy una muñeca rota. Mi vida es una cárcel y mi condena la cumplo cada atardecer. Mi verdugo tiene las llaves de mi casa, lleva la foto de mis hijos en su cartera y se acuesta conmigo cada madrugada. |