Bach, el gato, camina sobre las cuerdas del clavicordio, pisa y sigue una partitura de lentos aleteos cardiovasculares, una pata y la otra que lentamente se levanta haciendo del resto de su cuerpo una especie de balanza estable, fiera elegante, con la antena vertical de su cola recibiendo las ondas provenientes de otro sol, del planeta de los gatos ancestrales, sabios y bípedos, desnudos siempre, que le ordenan escribir sonidos en el aire, armonías de mensajes cifrados, cartas de amor como melodías infinitas, ritmos de condenados al cadalso, para que vuelen y lleguen a las colas de otros gatos, habitantes de otra esfera, igualmente displicentes y afectados, rubicundos maulladores de la noche en que han preñado de uñas y colmillos a la Gran Gata Madre, insaciable paridora de sultanes y rajás, filósofos y magos, poetas y asesinos, todos grandes músicos, hipnotistas hipnotizados que caminan en acordes tan finos y ligeros, tan ligeros como uno de los pelos que dejan regados por la sala.
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