Llegaste un día en tu corcel negro, vos, con tu alma en pedazos e incompleta. Con el cuerpo entero y el corazón desahuciado por el humo asqueroso de la hierba seca y maloliente de los celos.
Y fuiste vos aquel príncipe de cuentos el que besó a la princesa aquella noche; de testigo un girasol por cuatrocientos y un agua transparente alcoholizada y sin futuro.
Éramos vos y yo galopando en el rincón de galerías de canciones, apoyados en un muro de sueños, de deseos y en el soporte de un bastón.
Y de los cigarrillos pisoteados en el suelo se levantaron prejuicios calcinados y convertidos en cenizas.
Pero vos no te diste cuenta que desde esa vez, no solo apagaste la colilla y arrojaste por el puente ese bastón: esa vez la enfermedad se convertía por fin en esperanza pero la llama del amor se te extinguió.
Los limones te amargaron los recuerdos, y el dulce sabor de tus besos se convirtió en ron…y son y ton, y en llanto descontrolado, que conllevó a escaséz progresiva de cordura y elocuencia.
…Al príncipe de hadas que soñó, ella no volverá a ver jamás, galopando se fue en su corcel negro, a recoger entre la niebla el tiempo que dejo por el camino.
Es muy tarde ya.
La princesa y sus mejillas rosadas, tristes y hundidas en el abandono, murieron por el hechizo y deshojaron lentamente los cartuchos tan blancos y tan puros como lo fue una vez el amor que en esta historia se relata.
Pero según toda leyenda y moraleja: cada cuento, cada espacio, y cada historia, tiene un fin.
Así que……
FIN
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