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¡le juro que fue la luna¡

¡Le juro que fue la luna!

Fíjese usted bien en lo que dice, o mejor aún, en la forma en que lo dice.
¿Qué soy un cabrón muchacho metido en problemas?
Ni hablar, claro que lo acepto, pero entiéndame pues, que todo se fue dando sin que yo tuviera conciencia de ello; sin que pudiera tener ningún control.
¡Déjeme hablar sin amenazas¡ o qué, ¿no tengo derecho?
…primero deje que le cuente cómo se dieron las cosas, después, si usted así lo determina, chíngueme.
Pero no así nomás, sin que yo le exponga mis razones.

Puede decirse antes que nada, que se fueron presentando una serie de circunstancias.
Primero, ¡la luz de la luna!, una noche espléndidamente iluminada; usted mismo no me dejara mentir, en esos días, -perdón-, en esas noches, era tal el resplandor de la luna, que uno iba y venia por las calles del pueblo sin precisar siquiera de una linterna, y podía uno,-sin temor a equivocarse-, distinguir perfectamente bien una persona a 5 o 10 metros.
Sin ir más lejos, la platica día a día, era precisamente de lo intenso y brillante de la luz de la luna.
La segunda circunstancia era el calor sofocante en el pueblo, de allí que muchos paisanos aprovecharan para sacar sillas a la banqueta y bajo aquella claridad, también refrescarse.
Acuérdese bien que incluso usted era uno de esos, precisamente aquella noche usted se encontraba en la banqueta, platicando con los vecinos, y me acuerdo que al despedirme, Sebastián, su hijo, se quedo haciendo ronda con los otros muchachos. ¿Ya se esta usted acordando?
Bueno, entonces sigo.
Esa noche, en lugar de dar todo el rodeo, aprovechando la luz de la luna, corté camino, y me interné rumbo a mi casa, pasando por el solar de don Benito, -que pasa justamente detrás del suyo-, y allí, una circunstancia más, cómo iba yo a saber que en esos momentos a su mujer se le ocurriera bañarse.
Doña Clara, -clarita, como usted le dice- con todo respeto.
¿Cuantos años tengo de conocerlos? Sobre todo, de convivir con ella, y con su hijo Sebastián. Desde que íbamos al Kinder, chamaquillos de cuatro o cinco años, hasta ahora que ya tengo los dieciséis, ¡muchos años pues, Don!
Y nunca le falté el respeto. Jamás pasó por mi mente.

Doña Clara, le repito, salía justo cuando yo me asomé por su patio, y le juro que no sé porque, en vez de saludarla como siempre, pienso que no me ha visto y entonces me quedo parado como un poste más de su cerca, inmóvil y en silencio; ella camina directo a mí hasta llegar a la pileta de agua, al fondo del patio, y sin darme más tiempo, veo como empieza a sacarse la blusa, dejando totalmente al descubierto los pechos.
Le juro Don, que jamás me imagine cómo pudiera tenerlos, -era como mi madre pues-, y sin embargo permanecí quieto, observando la firmeza y la redondez de sus pechos, y su cintura tan estrecha. Se quitó después la falda, y casi al mismo tiempo, los calzones, y pude ver entonces, el cuerpo tan hermoso de su mujer, -con todo respeto, dicho sea de paso-.
Estába allí, como la más inmóvil de las estatuas, sólo mis ojos que iban de arriba para abajo, y de uno a otro lado.
Muchos años le digo, de verla casi a diario, de recibir de sus manos algún dulce, de pasarme las horas a su lado mientras corregía nuestras tareas. Tal ves le suene muy rayado, pero le repito, jamás me pasó por la mente faltarle al respeto.
¡La luna!, le digo que esa cabrona fue la culpable, la pinche luna, -por que el calor siempre es el mismo-, estoy…estamos, por que seguro usted también… muy acostumbrados al calor, pero, la luna…, no dicen pues por allí que hace que la mar se levante varios metros afuera, qué no iba hacer la condenada con mi pobre entrepierna.

Permanecí quieto y en silencio, mientras Clarita,-perdón otra vez-, su mujer, empezó a echarse agua en el cuerpo, tenia el cabello recogido con unas pinzas, -de esas que sirven precisamente para recogerse el pelo-, entonces el agua caía desde su nuca y rodaba por el cuello, -delgado y esbelto-, jugaba alegre con sus pechos y hacía luego una especie de circulo, un arco bajando por un pecho, y otro muy simétrico, bajando por el otro, y se unían más o menos por el ombligo y allí, los dos hilos de agua, -ya en uno solo-, se perdían en parte entre los pelos, -perdón, perdón-, es que no sé como decírselo sin ofender, bueno, me voy a saltar esto Don.
Luego la miraba por detrás, y la piel de la espalda me parecía de terciopelo, y entonces, por allí el agua ya no caía como en circulo, si no más bien como cascada, deslizándose hasta la cintura estrechita para luego reventar un poco al llegar a las nalgas, ¡OH! Ya no me amague

Cómo puedo defenderme si no le cuento los detalles…, al llegar a este punto le juro que no puedo dejarlo pasar.

Muchos años, Don, muchos, quizás eran los vestidos que habitualmente se pone, -pero se lo digo ahora si con toda franqueza: jamás me hubiera imaginado que su mujer tuviera ese par de nalgas y ese de par de tetas.
Usted mismo dice que soy un mocoso,-pendejo mocoso-, me lo gritó más de una vez delante de ella, -lo que más pena me dio-, pero yo nada más le digo: póngase usted en mi lugar.
Imagínese que jamás antes había visto una mujer así, -completamente desnuda y cayéndole el agua por todas partes de su cuerpo-, y luego, para acabarla de amolar, mirando como se empinaba para coger el agua de la pileta. Con decirle que desde aquella noche, y por más que lo intento, no puedo cerrar los ojos sin volver a imaginar aquel cuerpo. En esos momentos, mi corazón acelerado al cien por ciento, mi respiración galopando, mi cabeza repiqueteando en las sienes, y en la entrepierna, un intenso latido que golpeaba contra mis pantalones intentando explotar…, fue cuando Doña Clara, volteó a verme sonriendo.
Y la última circunstancia: que a usted se le ocurrió salir al patio en ese momento, justo cuando a solicitud de su mujer, le ponía jabón en la espalda…

Pero fue la luna Don, le juro que fue la pinche luna.


Texto de yajalon agregado el 06-03-2004.
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