EL HOMBRE BOMBA
- ¿A dónde vas?, le pregunté. No me dijo nada.
Cogió el pequeño Corán que estaba sobre el televisor y se lo guardó en el bolsillo derecho del pantalón, no sin antes besuquear la cubierta del libro y musitar unas breves plegarias. Acto seguido, recogió de debajo de la cama, esa maldita mochila roja, y se la colgó a la espalda.
- ¡No te vayas; volvamos a casa! Fue inútil; no me oyó. Abandonó raudo y reticente el tétrico apartamento donde ocultaba sus siniestros planes. Yo lo acompañé.
Caminaba silente, con sus ojos puestos en el gris de la acera; parecía muy concentrado, como si llevara la cuenta de los pasos que daba. Cruzamos varias calles repletas de gentes, hasta llegar a la avenida principal. Por fin se detuvo al llegar al paradero del autobús.
Sentado en la banqueta del paradero, esperó pacientemente el momento indicado. Dejó pasar cinco autobuses, pues, lo que pretendía era subirse al que contuviera mayor afluencia de pasajeros. El sexto fue el elegido.
El autobús abrió sus puertas invitándolo a pasar, y mientras subía por los tres peldaños de la escalerilla, intenté detenerlo, pero mis empeños resultaron en vano, pues, para ese instante, su férrea voluntad ya era más fuerte y firme que la mía. Por temor a levantar sospechas, pagó el servicio evitando intercambiar miradas, con el obeso chofer y luego, avanzó fríamente hacia el fondo del vehículo entre la indiferencia de los demás pasajeros.
Al final de la fila izquierda, un asiento disponible fue ocupado por el hombre de la mochila roja...
- Veo tu rostro reflejado en la ventanilla; es idéntico al mío y sin embargo, ahora hay un aire maléfico en él, ya no puedo ver nada de mí, en ti. Olvidemos todo; Alá no desea nuestra sangre.
- ¡Cállate! ¡Déjame ya en paz! No eres más que un cobarde. Si no fuera por mí, nuestros enemigos ya te habrían matado hace mucho tiempo atrás. Alá, nos exige la venganza y ¿Tú me pides compasión para nuestros enemigos...? ¡Me enfermas!, eres la parte de mí que aborrezco.
En tanto que ocurría aquella disputa interna, una mujer subía por la puerta trasera del autobús y se sentó al lado de él.
- ¡Mírala! ¡Mírala bien! Está embarazada. En su vientre ella lleva la semilla de la vida; mientras que tú, maldito miserable, tú cargas en esa mochila a la muerte.
- ¡Ya basta! ¡No quiero oírte más! Yo subí a este autobús para volarme en mil pedazos junto a mis enemigos y eso es lo que haré.
Lo volví a ver en el reflejo de la ventanilla y por un momento pensé en estrangularlo o darle una paliza para que entrara en razón. Me pregunto, ¿A dónde fue el hijo predilecto de mamá? ¿Dónde se fue aquel niño que llevaba a pastorear las cabras de papá? ¿Dónde quedó el joven panadero, el engreído de las muchachas de la aldea? ¿Cuándo fue que ésta parte de mí se perdió para siempre?
Súbitamente se puso en pie para luego, deslizarse impasible y resoluto hacia la cabina del conductor.
El miedo me invadió. Mis pies parecían arrastrar el peso de dos yunques; mi corazón convulsionado cual gallina acabada de degollar y mis manos... mis manos transpiraban como para reflotar naves. Él en cambio, no reflejaba ningún sentimiento en esos ojos vacíos, carentes de vida iguales a los ojos de los tiburones que nunca advierten nada, antes de atacar a sus presas.
Creyendo que iba a bajar, el rollizo conductor detuvo el autobús en la esquina de la calle predestinada. Se abrieron entonces, las puertas y éste, me indicó que ya podía descender del vehículo. "Hubiera deseado bajar; pero no pude hacerlo. Él y yo éramos y siempre fuimos un solo individuo". Durante el breve lapso de tiempo que el conductor aguardó a que me decidiera, una mano se apuró a buscar el Corán en el bolsillo derecho del pantalón; mientras que la otra soltó la barra del pasamanos para abrir la mochila y buscar el cargador que accionaba la bomba. Ahora, ya nada más faltaba pronunciar el grito de inmolación: "Allahu Akbar" (Alá es grande, recemos por él) y un segundo después, todo se acabaría...
En ese preciso momento, a una camioneta, que venía detrás, se le vaciaron los frenos. Su aterrado conductor, aferrándose con uñas y dientes al volante, hizo denodados esfuerzos por evitar los obstáculos y mantener el control de su desbocada carcocha, aunque finalmente, nada pudo evitar que colisionara contra la parte posterior del enorme autobús; que aún permanecía estacionado.
El encontronazo que tuvieron ambos vehículos no pasó de ser un pequeño susto para sus aturdidos ocupantes, quienes viajaban cómodos y seguros, en sus respectivos asientos; mas, para el todavía ignorado y frustrado terrorista, las cosas no pudieron quedarle peor, puesto que, al recibir de pie el sorpresivo choque, éste salió despedido por la puerta abierta, cayendo aparatosamente sobre la calzada.
"Caímos... caímos y fue lo mejor para todos. Sentí, cómo cada uno de mis huesos se engrampaban en la acera, y que la sangre corría por mi cara, rebalsando la copa rota de uno de mis ojos; cálida, espesa, en fuga. No importa -pensé- ¡Estaba vivo! Y él ya no podría hacer más daño a nadie".
Cuando se dieron cuenta de mi ausencia, el conductor junto a otros pasajeros, bajaron de inmediato a socorrerme.
"La mochila... ¿Dónde está la mochila?" Incluso ahora, en nuestra agonía, era lo único en lo que él pensaba. Entre todos me cargaron y me llevaron nuevamente al autobús. Una atmósfera irreal se levantó entorno a mí. Angustia, pena y sincera preocupación dibujada en las caras, de aquellos quienes serían mis víctimas. ¡Llevémosle pronto a un hospital! -les escuchaba exclamar, y en seguida, el conductor pisó el acelerador a fondo.
Si bien la mochila roja quedó perdida y olvidada, en algún rincón oscuro de la ciudad; rumbo al hospital y rodeado de sus enemigos, quienes se esmeraban por salvarle la vida, aquel fracasado hombre bomba estalló de ira en medio de tanto amor. |