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Inicio / Cuenteros Locales / Shapplin / El carruaje del señor Keppler

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La tarde caía lenta como la llovizna que regaba los árboles deshojados y el grisáceo portón de la mansión de los Foston.

Un hombre con sombrero y cubierto por un gabán negro, salió de la casona, llevando un maletín. Era un doctor el que se alejaba de la mansión moviendo nerviosamente su boca y su largo bigote, pues, le había tocado dar una mala noticia.

Justo antes de caer la noche, la hija de los Foston, observó la calle a través de los cristales de su ventana, y llamó a su madre para mostrarle un carruaje tirado por caballos, que veía pasar.

Los cuatro caballos blancos, como sacados de un sueño, parecían no tocar el suelo. Se desplazaban con un trote fantástico y tenían la apariencia de seres sobrenaturales y celestiales que se abrían paso con una infinita libertad. Sin embargo, detrás iba un lúgubre carruaje cerrado, triste y oscuro, como una imagen tallada en ébano.

El cochero, arrebujado en un tapado negro, acomodaba de tanto en tanto su sombrero de copa.

—¡Oh, sí! Es el señor Keppler y sus caballos son hermosos —exclamó la señora Foston con sorpresa.

La hija observó a su madre y llena de emoción preguntó:

—¿Tú crees que el señor Keppler me dejaría pasear con él en su carruaje?

La señora Foston miró con tristeza a su hija y contestó:

—No creo que eso sea posible, él es un hombre muy importante en el pueblo y siempre anda ocupado en sus diligencias.

La madre cerró las cortinas, abrazó a su hija y la acompañó hasta la cama.

La escena habría de repetirse cada tarde a la hora de la puesta del sol. La niña se acercaba a su ventana, esperando que los caballos y el triste carruaje desfilasen frente a los portones de su casa. Esperaba especialmente a los caballos para poder acariciarlos a través de los cristales.

Al llegar hasta sus oídos el tenue sonido del galope de los caballos, la niña iniciaba su fantástico viaje.

Se veía a sí misma dentro del carruaje, cruzando bosques oscuros. Viajaba a través de caminos serpenteantes, bordeados de árboles secos, semejantes a monstruos de afiladas garras. En ocasiones, los caballos iban galopando a través de un valle perfumado, cubierto de flores silvestres, amarillas y violetas, desparramadas sobre el césped. Los paisajes cambiaban de tanto en tanto.

Una tarde, soñó que iba dentro del carruaje, bordeando una colina bañada por los últimos rayos dorados del sol. Subió hasta casi llegar a la cima, donde una mansión la esperaba con los portones abiertos, pero de pronto, el sonido del galopar de los caballos se perdió a lo lejos. La niña había dejado las huellas de sus manos en los cristales de la ventana de su cuarto. La noche había cubierto con su manto oscuro, todo el paisaje.

Pasaron varios días y los caballos no hicieron su habitual aparición. Y, la niña, se había sumergido en una indecible tristeza debido a su casi obsesionada pasión por los animales del carro.

Durante una tarde de invierno, los árboles se estremecieron bajo los fuertes vientos de una tormenta que rugía encima de los bosques y en los pasillos de la mansión de los Foston. Mientras tanto, los portones cerrados de la casona, gemían amenazando con abrirse, azotados por la fuerza del viento. En ese instante, como traído por las borrascas, se acercó el carruaje con el sonido seco de las herraduras chocando contra el empedrado de la callejuela, confundiéndose con el bramido de la tormenta.

La niña saltó de su cama, observó a través de los cristales y vio que el carruaje del señor Keppler se detenía frente a los portones de su casa. Los caballos blancos bufaban como máquinas de vapor.

El cochero arrebujado en su oscuro gabán volteó la cabeza hacia la mansión, sonrió ligeramente, tomó su sombrero y saludó a la niña con un ademán.

De pronto, una ráfaga de viento huracanado, abrió con fuerza los portones de la mansión y con la misma fuerza rompió los cristales de la ventana. La niña no se movió, no parpadeó. Se sintió más extasiada que asustada, y quedó mirando al cochero que desde el carruaje, la llamaba con una seña.

El viento se metía por la ventana arremolinando los cabellos de la niña que se sentía tentada a llegar hasta el carruaje.

No resistió y saltó por la ventana. Finalmente sus sueños diurnos se harían realidad.

La lluvia empezó a caer y rápidamente llenó de agua todo el lugar. Los pies descalzos de la pequeña se sumergían en el barro. A pesar de todo, corrió hasta la calle, donde el carruaje la esperaba con la puerta abierta. En su interior sólo había oscuridad. Finalmente subió, la puerta se cerró y el carruaje siguió su camino. Había entrado la noche.

La señora Foston encontró a su hija dormida al pie de la ventana. Las marcas de sus manos seguían dibujadas en los cristales. Afuera, la tormenta amainaba su fuerza.

La madre abrazó el frío cuerpo de su hija y recordó que el doctor lo había previsto. Luego, observó los cristales y pensó en los caballos y el carruaje que sólo su hija veía.

Entonces, cerró los ojos y recordó las muchas veces que había tenido que fingir que veía el carruaje.

Texto agregado el 28-05-2007, y leído por 55 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2007-10-16 14:18:03 Bravo, muy bonito TejeCuentos
2007-05-30 19:27:21 Excelente historia, muy bien relatada. galadrielle
2007-05-29 18:04:28 Hermoso!! que poesìa , que detalle tan hermoso!! todas mis estrellas ,un verdadero cuento lo lei entero!! dejas el sab0r de peliculas antiguas con carruajes y parajes bellos, dehjas sensaciones..bine felicitaciones y todas las estrellas yerma
2007-05-29 11:00:54 ***** chapoo
2007-05-29 10:14:58 O.K. plus ninive
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