Añoranza, eso era lo que sentía mientras miraba la calle sentado en su silla de ruedas. El tiempo no había sido generoso con el y había dejado en su cuerpo una triste huella. El viejo álbum de fotos le devolvía muchos sentimientos que creía ya olvidados y que iban aflorando poco a poco.
Ahora que prácticamente no tenia futuro y, que pasado y presente se confundían tristemente en su cabeza, se sorprendió al comprobar que era capaz de recordar los colores en esas fotos en blanco y negro, los olores también de todos aquellos lugares, e incluso las voces de muchas de aquellas personas con las que se había encontrado a lo largo de su vida.
Al voltear la página apareció una foto de ella; sintió como su corazón se encogía. Esa imagen que no había conseguido borrar de su mente en tantos años, seguía mirándole desafiante desde aquella foto sepia, y notó como sus manos temblaban al acariciar sus bordes y se preguntó que habría sido de su vida.
Siempre le quedaría la duda. Pudo haberse ido con ella aquella mañana de invierno, quizá aun estaba viva en algún lugar de este mundo, el cual, ya no consideraba como suyo, pues casi todos los de su generación habían ido desapareciendo y, al no tener familia, se sentía desubicado en una realidad en la que ya sólo era un mero espectador en la vida de los otros.
Añoranza, si esa es la palabra, añoranza de todos esos recuerdos, de la vida que pudo haber sido y no fue, por haber errado el camino.
Su mente sin embargo le ofrece una tregua y se apiada de su sufrimiento. El viejo tren retrasa su salida, y ella desciende suavemente por la escalera. El roce de su mano le devuelve por unos instantes nuevamente a la vida.
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