Miró el reloj de pared. Sólo faltaban diez minutos. Se abrió la puerta de la oficina de su jefe y lo vio dirigirse a la salida. Se apresuró a guardar sus cosas, luego se lavó las manos y justo cuando las manecillas marcaban las seis de la tarde sonó el teléfono de su escritorio: era su jefe, le pedía que le llevara al estacionamiento un expediente que había olvidado en su oficina. Entró al despacho del Licenciado del Valle tomó el fólder, lo guardó en su portafolio y se encaminó al estacionamiento a buscarlo.
Una vez que hubo entregado los documentos vio su reloj: las seis y veinte. “Es tardísimo” pensó, mientras regresaba a su oficina por su saco y las llaves de su auto. “Ojala que no se le vaya a ofrecer otra cosa al licenciado, yo ya me voy”. El teléfono comenzó a sonar de nuevo, pero ésta vez, no lo contestó y tomando su portafolio salió presuroso de las oficinas de la empresa.
De camino a su casa se desanudo la corbata y la arrojó por la ventana. Aprovechando que el semáforo marcaba alto, se deshizo de los zapatos. Se bajó del automóvil y decidió caminar hacia la playa. Al aflojar su cinturón sintió como la presión disminuía, se relajó y aventó el saco, sus pies se hundieron en la arena, se despojó del pantalón y la camisa. Al quitarse los calcetines empezó a volar un poco. Cuando desde las alturas pudo ver el mar abierto, sus calzones aleteando se perdieron en el horizonte.
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