Mi tío Charly mató cinco hippies en 1968. Lo platica cada navidad cuando se pone ebrio, como si nunca lo hubiese contado, como si nadie supiéramos (de memoria) la historia aquella de cuando los encontró dormidos en una combi a las orillas de una carretera de Guerrero, cerca de Acapulco, y de cómo se le ocurrió llenar una botella de coca cola familiar, de las de antes, de las de puro vidrio, una de esas llena de gasolina, y de cómo hizo la mecha con un trozo del vestido de la muchacha (una güerita, dice mi tío) que lo acompañaba, dormida en el asiento trasero del Plymouth, y de cómo le prendió fuego a la molotov con el encendedor del auto (soplándole, soplándole) para luego aventarla dentro de la combi con sus cinco mugrosos dormiditos de tan marihuanos, creo que gringos, o europeos, o no sé, no los vi bien, y de cómo los vio bien hasta que comenzaron a levantarse con el cuerpo cubierto en llamas, gritando y chirriando la piel al mismo tiempo y que mejor se fue de ahí hacia la casa de la güerita, que resulta ser la madre de mi primo Tomás, es decir mi tía, aunque no la conozca, ni a ella ni a Tomás.
Los mató y nadie dijo nada. No salió nada en los periódicos, ni dijeron nada en el radio, nada salió en la tele, los diplomáticos de todo el mundo permanecían callados y nadie pareció reclamar los cuerpos. Todo en paz.
Mi tío Charly lo platica feliz de la vida, se detiene en los detalles y hace los mismo chistes de siempre al referirse a sus víctimas. Ya nadie le hace caso al pobre. Ya está viejito.
Lo curioso es que cinco de los diecisiete hijos de mi tío son rocanroleros y tienen un grupo muy conocido por acá. Se hacen llamar Los Rivotriles y ahorita andan en plena fase espiritual.
Hace unos días salieron en un programa hablando del reencuentro del ser con la naturaleza y de sus conocimientos propedéuticos de filosofía oriental. Creo que no van a vender muchos discos este año. Yo los tengo todos (cuatro) nomás porque me los regalan. Pero ni los escucho. A mi me gusta más la Sonora Santanera
A ellos mi tío ni los nombra. Cuando alguien le pregunta ¿Dónde andan los rivotriles?, él finge no saber de qué demonios le hablan. También finge demencia cuando le preguntan por Esteban, su hija. Es decir, por mi prima Estela que desde hace algunos años se hace llamar Esteban, quien, tratamiento hormonal mediante, luce una abundante barba negra y habla con modulaciones de tenor.
Yo la, perdón, yo lo trato con frecuencia porque es uno de los clientes asiduos al restaurante. Suele llegar con mujeres guapísimas y es muy espléndido. Las chicas se lo pasan de maravilla con él y no paran de reír toda la velada.
Mi tío Charly sufre por la contradicción de sus sentimientos hacia él: por un lado, Estela es la hija abominada, el monstruo que no existe, y por el otro, Esteban es el único de sus hijos que salió igual de mujeriego, parrandero y simpático que él...
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