Lenta, desesperantemente lenta, transcurría la noche, afuera la lluvia se dejaba sentir sin piedad sobre la ciudad oscura y solitaria, adentro había una tormenta aún mayor que tampoco tenía piedad. Amalia sólo suspiró enfadada, sabía que Norberto no la dejaría dormir a gusto una sola noche del resto de su vida, siempre había algún ruido a mitad de la madrugada, o prendía frenéticamente la luz de la habitación. Podía parecer muy simple, casi absurdo para cualquiera, pero para Amalia era un sufrimiento constante, sabía que toda su vida tendría que soportar los ruidos en la cama de abajo, y aún así, nunca dejaría de dormir en esa litera. Después de casi siete años soportando los ruidos y las luces y los golpes al colchón, había terminado acostumbrándose un poco (hasta donde fuera posible acostumbrarse) a todo, a no poder dormir. Sabía, que en el fondo, su hermano la quería aunque fuera un poco.
Algunas noches lograba dormir, pero sus sueños sólo eran reflejos de lo que pasaba en sus insomnios; en ese terreno onírico se sentía completamente indefensa y temía por su vida, sabía que ahí sí era posible que el monstruo que habitaba debajo de la cama saltara sobre ella en mitad de la noche a atacarla y despedazarla, sabía que no habría nada que ella pudiera hacer para defenderse, a pesar de ser menor, él era hombre y siempre son un poco más fuertes que las niñas. En esas noches era preferible que algún ruido del monstruo la despertara y la trajera de vuelta al mundo en el que, al menos, le constaba que su hermano no iba a saltar de la cama de abajo para despedazarla. Mamá siempre le decía que eran puras figuraciones suyas, pero ella nunca estaría en su lugar, nunca sentiría el terror en las madrugadas.
A sus dieciséis años, Amalia aún le temía al monstruo debajo de la cama, pero era muy diferente, éste monstruo era una persona, era su hermano, quien siempre estaría ahí, en la cama de abajo, rondándola, acechando. Podrían pasar años y él nunca la perdonaría, y mientras él no perdonara, ella no podría dejar de temer el esperado ataque nocturno: los ruidos y las luces sólo eran un anuncio, un recordatorio de que su venganza estaba próxima.
Ella no había tenido la culpa, era sólo una niña en aquel entonces, pero eso no lo comprendía él, no podía hacer otra cosa más que culparla de todo y torturarla en las noches, esperando el momento de vengarse de ella sin saber que su venganza ya había comenzado a marchar desde el momento en que comenzó a molestar su sueño. Él no se daba cuenta de cómo la afectaba pasar las noches en vela, temiendo al monstruo, sabiendo que nunca la dejaría vivir tranquila, que todo el resto de su vida quedaría congelado en aquella lejana noche de marzo. Si tan sólo supiera que fue Papá el único culpable.
Lenta, desesperantemente lenta, transcurría la noche. Amalia no podía dormir, abajo su hermano, el monstruo debajo de la cama se estaba vengando. Él nunca supo que fue Papá quien no armó la litera como debía ser, que no colocó los tornillos. Para él, Amalia será siempre la culpable y por eso no se alejará de ella nunca, su venganza durará para siempre. No se da cuenta que ella sólo era una niña y no tuvo, en ningún momento, la culpa del accidente, no tuvo la culpa de que la litera se derrumbara sobre él aquella noche.
Amalia suspiró, un poco por los recuerdos que la atormentaban pese a su inocencia, un poco porque sabía que no tendría fin nunca, mientras existiera la noche, el monstruo debajo de la cama la haría pagar por una culpa que no era suya. Por un asesinato que no cometió. En fin, esa noche sería igual de larga que todas las anteriores, mejor que se acostumbrara...
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