Lucía sostiene una vela en la mano, no hay luz en la casa y acaba de encenderla.
Caen los últimos rayos de sol por su ventana y camina sobre el suelo de madera de su habitación. Sobre la cama reza un enorme retrato, los pequeños ángeles blancos contrastan sobre un fondo negro.
La pared también es de madera, igual que el techo.
Una docena de gatos acompañan a Lucía. Están por todas partes; debajo de la cabeza, sobre ella, encima de la cómoda y en la pileta de agua que heredó de su madre.
Una palangana metálica a los pies de la cama y una toalla en el extremo.
Alguien, estrepitosamente y con gritos de alerta, llama a la puerta.
Lucía no entiende qué ocurre y llega lo más pronto que sus pesados y torpes pies le ayudan.
Es la vecina, entra y le quita las cerillas de la mano bajo una reprimenda sobre por qué deja el gas encendido. Ella no sabe ni entiende de peligros, es un milagro que aún siga con vida.
Antes de salir espanta a todos los gatos, dice que es antihigiénico y que así no se puede dormir.
Lucía acepta a regañadientes, en el fondo su vecina es casi como una familia, la única que aún le queda con vida. Se mete en la cama entre sábanas blancas, tan blancas como su memoria cuando quiere recordar.
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