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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Sin entender el Porqué

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“El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende.”
Blaise Pascal (1623-1662) Científico, filósofo y escritor francés.


La mansión era antigua. Llegué a ese lugar en 1994, después de escapar de milagro de las masacres de Ruanda. Mi nombre es Paul Kibawana, como es lógico soy de etnia tutsi, y tampoco me encuentro orgulloso de que mis antepasados capturaran a los príncipes hutus, les cortaran los genitales, y los expusieran colgados en los tambores reales.
En cuanto a lo de la masacre… No se trató de un gesto de orgullo, ni siquiera existió vanidad, no hubo en ello un mero atisbo de sentimientos; fue básico, atroz y salvaje. Como lo que sólo los hombres sabemos concretar. Lo hemos hecho ya muchas, excesivas veces; y siempre, a lo largo de milenios, nos repetimos en nuestro exagerado gesto de idiotez.

Escapé de milagro pero ¿a qué precio? En principio nos refugiamos en el hogar de unos parientes hutus, y cuando aquéllos, inducidos por el miedo a las continuas amenazas, denunciaron la identidad de mis cinco hermanas, día tras día comenzaron a ser violadas. Y yo… no supe qué hacer. Cuando finalmente, desquiciadas tras tener que soportar aquellas denigrantes visitas de los hutus del barrio optaron por quitarse la vida, me comporté con cobardía. Pude haber hecho algo. Para empezar debí haber muerto junto a ellas. No fue así. En cambio, el miedo, un pánico indecible me ató de piernas y manos y me mantuvo embotado. No encuentro razón por la que mis parientes me ocultaran con vida, excepto sus ansias por hacerse con el caudal que almacenaba en una cuenta en Europa. Pude mantenerlos seducidos, mientras gemía a sus pies la indigna promesa: Cuando todo acabara, si yo seguía con vida, mi dinero sería suyo. Así cometí la barbaridad que atormenta y destruye mi conciencia. ¿Por qué no incluí a mis hermanas en el trato? ¿O lo hice? A veces lo pienso; tal vez llegué a proponerlo. Aunque creo recordar me amenazaron con que no era posible. Seguro, así debió ser. Eran sólo mujeres y sus vidas no superaban el precio que alcanza una terca vaquilla. Callé como un muerto. Aunque ¿alguien tuvo una vez que elegir entre su vida y la de otros? Yo elegí: Mi vida a cambio de las de mis hermanas. Sí, me siento mediocre, rastrero… Allá donde voy cargo con el despojo que acarreo por conciencia. Jamás obtendré el perdón, lo sé. Estoy condenado y me aterra el hecho de pensar en lo que los dioses oscuros de la muerte harán conmigo en la otra vida.

Logré huir del escondite. Un sacerdote español que visitaba a mis parientes me vio y a sus espaldas, me arropó. Cambió mi carné por uno de etnia hutu y pude cruzar la frontera. Antes de eso me vi forzado a presenciar espectáculos degradantes, de proporciones dantescas. En los controles de carretera vi a hombres descuartizar sin reparos a los bebés, mientras sus padres, lloraban de angustia y terror y pagaban para que les pegaran un tiro en vez de ser ejecutados con machete. Pagar por cómo morir... Yo también tuve esa elección…

La mansión era antigua y la habitación estaba en el sótano. Sus muros de inalterable empedrado segregaban humedades; el suelo, de artesonado centenario rechinaba con la fuerza de mil goznes herrumbrosos; el camastro era propio de monarcas del siglo XV. Y yo, un tutsi adinerado, perteneciente a una etnia que a lo largo de siglos, merced a su enaltecimiento y a la cooperación de naciones coloniales por mantener tal estatus clasista, me encontraba allí, anegado en la basura de mi conciencia.

Tolerar mi propia sombra se había vuelto insoportable. A la tercera semana de estancia eso comenzó a hacerse presente. Eran sonidos… Surgían del otro extremo de la habitación, aunque quizá nacieran en mi cerebro. Se dejaban sentir de formas distintas. A veces era como si se produjera un desprendimiento en masa de una inmensa arboleda. La estancia entera comenzaba a crujir y chirriar de forma aguda e inaguantable. Otras, una tromba de agua me arrastraba consigo. Sin embargo, un matiz, una gradación comenzó a dominar y a transformarse en suplicio: Los machetazos. Los tajos resonaban con una cadencia sorda, apagada y cartilaginosa. Como cuando penetras las articulaciones de víctimas que tardan horas en morir envueltas en una legión de moscas a cuarenta grados centígrados. Yo nunca lo hice o quizá... ¡Un momento! ¿Cómo sabes que..? Imagina, supón. ¿Y si acaso, al ver tu carné hutu, te obligaron a participar? La cosa es que no recuerdo con claridad. ¿Estuve ahí?
Había hombres a quienes al separarles las extremidades, proseguían como robots sin alma regurgitando palabras, frases inconexas, bañadas en crujientes riadas de sangre; mirándote con ojos de súplica y pavor… Era el infierno. ¡No, jamás! No participé…

Después de cuatro días, una noche, sentí aquella sensación de peso, de ahogo sobre mí. Abrí los ojos de golpe. Estaba aferrado a la cama bajo un peso que se sobreponía a mi fuerza. Agité los brazos, trataba de atraparlo, de hacer presing sobre eso. Pero la fuerza era en todo momento superior, asfixiante; me ahogaba...
De pronto me sentí liberado y pude moverme. Me incorporé. Trasteando contra los muebles alcancé el interruptor y encendí la luz. Me encontraba bañado en sudor. Apenas pude dar dos pasos y me dejé caer sobre el sofá. ¿Qué había ocurrido?

Tenia que trabajar para vivir, pero un negro extraviado en lo más profundo de Europa no tiene muchas posibilidades. Todos te miran con recelo. ¿Acaso piensan que eres vil por ser oscuro como la noche? ¿Que tu corazón es débil y está podrido? ¿Que alguien te robó el alma y la pureza? Conmigo lo hicieron; pero no por ser negro, por ser tan blanco e ingenuo de espíritu como la nieve más pura. Por eso me enterraron bajo paladas de carbón. Cubrieron mi orgullo de ser negro tutsi, hutu, twa… las tres etnias de mi nación, mediante una capa de inmundicia que jamás podré despegar de mi piel.

Me coloqué de albañil. Un doctorado en medicina de albañil. ¡Y qué importaba! Si apenas era cadáver...

Comencé a temer a las noches y a eso. Por ello, antes de volver a la residencia me ocultaba en bares, pubs, discotecas y bebía. Regresaba borracho, me dejaba caer sobre la cama y desfallecía; al despertar al día siguiente todo estaba nuevo y en blanco; había pasado. Era sencillo. ¡No sentía! Así era todo mucho mejor…

El revuelo en mi estancia iba in crescendo. Compré un machete con la intención de deshacerme de eso. ¿Por qué un machete? No sé… En el fondo descubrí me gustaban los machetes, igual que a los japoneses les agradan las katanas. Es como su arma nacional. La de Ruanda era ahora, el machete. Y, además, sabía manejarlo. Sí, lo utilizaba con destreza. En el fondo, estoy seguro, no es un arma tan dolorosa como dicen. Me hubiera gustado partir cocos con el. Resulta parecido a cuando fracturas una cabeza... ¡Aguarda! ¿Cómo podía yo saber eso? Era una intuición que cada vez estaba más cercana a mi corazón, podía sentirlo. Durante días subsiguientes me formulé la misma cuestión una y mil veces: ¿Participaste en la masacre? Y a su vez las preguntas se multiplicaron por sí solas de forma inquietante. ¿Qué fue del padre Gregorio? ¿En qué momento os separasteis? ¿Por qué estás en Europa? ¿Por qué necesitas trabajar? ¿No tenías una cuenta sustanciosa en un banco de Suiza? ¡Bah! Todo eran suposiciones, concretaba. Yo era un tutsi, y mi carné lo demostraba. ¿El qué? ¿Dónde estaba mi carné? ¡Imbécil! Se lo diste al padre Gregorio, claro. Claro eso, ja…

Aquella noche no fue igual a las demás. Aquella vez los machetazos gemían, sollozaban siempre idénticos mensajes: “¡Asesino. Fuiste tú. Lo sé!”
Daba vueltas, giros en la cama, parecía una peonza desbocada; me cubría los oídos, pero la voz traspasaba los ámbitos. Estaba ahí, clara, presente.
No encendí la luz, no quería que huyera. Deseaba atraparla y vencerla. Cuando el suelo y los cimientos comenzaron a agitarse pensé que se había desencadenado un terremoto. No era tal, sino eso... De pronto supe cómo descubrirlo. Tomé el machete y a oscuras me dejé llevar por la intensidad de los chasquidos.

Alcancé un extremo de la pared palpé y su superficie pareció agitarse. ¿Estaba viva? Comencé a hacer mi trabajo. Descargué un machetazo y para mi sorpresa se insertó en una ranura de la pared mediante un rumor a carne y articulaciones desmembradas. Encendí una lámpara, era suficiente. No deseaba más luz, o la cosa podría escapárseme de las manos. Veía con claridad la ranura. Proseguí golpeando. Con cada percusión el sonido a carne y articulaciones se redoblaba en intensidad. Aceleré, comencé a sudar pero sonreía, por fin estaba seguro. Mi brazo parecía un látigo ejecutor y cada uno de sus trazos era ya sublime sentencia de muerte.
Vi al padre Gregorio en su capilla. ¡Protegía a aquellos malditos! ¿Por qué lo hizo? Jamás lo entendí. Era un demonio blanco, y como tal recibió su merecido. Cortar carne nunca fue difícil. Resultaba ser un trabajo delicado y sutil. ¿Y ellas? ¿Mis cinco hermanas? De pronto estaba todo claro. ¡Jamás tuve hermanas! Pero es cierto, me habría gustado que así fuera. En cambio sí primas tutsis. Engreidas y afeminadas primas tutsis. Fue un placer simular que las ocultaba para a continuación violarlas y asesinarlas.
El machete golpeaba; la argamasa blanda de la ranura se agitaba. ¡Estaba viva! Terminó por ceder. La piedra se desprendió y cayó al suelo. Entonces se abrió un boquete y lo vi. Era el esqueleto de una mujer. Estaba sujeto al muro mediante gruesas argollas herrumbrosas. Había sido emparedada.

No se movió.Cómo iba a hacerlo. Había muerto hacía siglos. Comencé a proferir una hosca risotada, cuando un rumor hizo crujir los goznes de los armarios, de las puertas, y del suelo de la estancia. Y de repente eso estaba dentro de mí ¡En mi cerebro! ¿Cómo se había introducido?

Oí decir alto y claro:

Asesino. Lo sé. ¡Tú asesinaste!

Giré sobre mis talones, me tapé los oídos, pero eso ya estaba dentro y continuaba increpando.

Asesino. Lo sé. ¡Tú asesinaste! ¡Asesinaste!

Paul Kibawana no deseó oír más. Estaba angustiado, lo que en realidad le turbaba era el miedo. El temor a descubrir qué significaba ser un asesino. No lo entendía. Él nunca se había considerado como tal. Si hizo lo que hizo fue llevado por el único y fervoroso deseo de que su patria quedara limpia de aquellas almas impuras... Fue ¡por su bien!
Miró su machete. Las palabras bailaban en su interior y como un intrincado puzzle de letras lo taladraban. Ya no saldrían más... excepto de una manera. Le dio la vuelta al filo, y tomando impulso con ambas manos, con toda firmeza, se lo hundió entre ceja y ceja. Un alarido atroz surgió de su garganta. Trastabillando alcanzó su camastro y se dejó caer sobre él. Y supo una cosa; se había equivocado. Aquel artilugio de muerte no era delicado ni preciso, sino un arma brutal y temible...


José Fernández del Vallado. Josef. 2 Mayo. 2007.

Texto agregado el 04-06-2007, y leído por 111 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
2007-06-10 03:09:27 Has empezado tu trabajo con una frase de Pascal, y si me permites, aporto mi propias palabras,( en francés), que resumen, a mi modesto entender, el pensamiento de Pascal: Il faut avoir l'esprit de géometrie et l'esprit de finesse, car la géometrie c'est la raison, et la finesse c'est l'âme. Si tu as la raison, tu ne peut pas sentir et, si tu as seulement l'esprit de finesse tu tombre dans la médiocrité. Mis cinco estrellas. maravillas
2007-06-09 01:17:49 Ufffff me has dejado sin palabras dos mi palabras que se agotawn a velolciad in creible, excelente maestro, un ab razo sendero
2007-06-08 17:56:34 Describes con maestría la confusión mental y espiritual de alguien que vivió las masacres en Rwanda, es un relato muy bien logrado, te felicito. krasna
2007-06-08 05:09:13 Es dificil encontrar magia, estilo de altura y calidad exquisita en escritos tan duros. Usted lo logra. Es un privilegio leerlo, maestro. gabriela_mistral
2007-06-07 18:55:15 Tienes el don para enlazar realidad y ficción. Siempre preocupado por lo que acontece a tu alrededor. Felicitaciones, siempre es un placer leerte. gamalielvega< /a>
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