Te ha salido un ojo en la nuca y con él me ves de una manera tan triste, tan triste... llena de derrota.
Te preparo el té y pregunto si te encuentras bien. Te quiero, digo, y no soporto que tu ojo ese continúe a un milímetro del llanto, temblando, como de caricatura japonesa, como Remy, como Candy, como Sailor Moon y Pokemón. Te doy un masaje, amaso tus pies, tus piernas, tu espalda. Bailo sin moverme, encima de ti. Te cuento al oído las cosas que fumo cuando te vas y no miento cuando juro que yo soy aquel que por ti bajaría la luna a patadas. Te escribo un poema con tinta china en la entrepierna. ¿Has visto salir a las aves de entre las ramas? Son negros espermas de árboles enamorados. Nubes abiertas los reciben licenciosas y el rojo horizonte escupe un centavo desgastado.
Tu ojo maldito parpadea con la dermis de un anfibio. ¿Por qué finges cuando estás dormida? Yo quisiera salir contigo, morderte la nariz y meterte un dedo en el ombligo. Yo quisiera que comieras un poco más, sonrieras un poco más, bailaras un poco más y murieras un poco menos. Ese ojo y su tristeza me tienen con un Alka Seltzer en el cerebro. Respiro espuma, una espuma amarilla y apestosa, cada vez que vuelvo a descubrirlo junto a mí, en la cama, a las tres de la mañana.
Mis amigos dicen que te mate; que lo tuyo es monstruoso. Ya no me saludan por temor a contagiarse. Los comprendo: mi boca desdentada y la calvicie repentina me hacen ver como prófugo de velorio. Sé que emano un vaho mezcla de fango y leche agria; que mi piel parece rasgarse a cada paso; que los gatos y los perros huyen despavoridos al verme doblar la acera; y que los niños no juegan cuando me agarran a pedradas.
Me aconsejan clavarte siete clavos en la frente, ocho dagas en la boca, trece gallos en el pubis, doscientos cigarrillos encendidos en el ojo. Hazlo Manuel, dicen, hazlo por tu bien. Mira que te mira de una forma tan triste, tan triste... llena de derrota.
Ellos no saben, no pueden, no alcanzan. Te quiero tanto, amor mío. Cada micra de Universo en expansión contiene un sueño con tu forma. Cada siglo en el futuro guarda tu vestido y su calor. Bendito sea el día en que tu padre llegó borracho y ganoso a la alcoba de tu madre excitada; benditas sean las puñetas con las que tiró mundos enteros al escusado y así llegó a la semilla en que dormías; benditos sean Jesucristo, Buda y Mahoma, hombres que alguna vez apresuraron sus pasos a una puerta femenina.
Tu ojo en la nuca permanece impávido. Yo quisiera poder sacar de mis bolsillos un paraíso de amapolas, el ungüento de las reinas poseídas, los veleros en los que la huída sería lenta y silenciosa. Cierras los ojos de tu cara, me sigues con ese otro que todo sabe y nada suelta; con ese estúpido verdugo arrepentido.
Mis amigos dicen que te corte en pedacitos, separándote los huesos, machacándote sin piedad. Ellos no entienden, no saben, no alcanzan a este virus mío que con tanto amor has recibido.
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