EXTRAÑOS PORTENTOS
Caralampia Soto era una chica insignificante que pasaba inadvertida en cualquier lugar. Su figura desgarbada y los gruesos lentes que usaba siempre funcionaban muy bien como repelente de hombres.
Se desempeñaba muy eficientemente como secretaria de un abogado, pero la prontitud y exactitud con que realizaba su trabajo no le producía a ella ni la más mínima satisfacción.
Una tarde en que se hallaba desocupada, se le ocurrió escribir su nombre en la barra de google y para su sorpresa, se encontró no con una sino con dos Caralampias Soto. Una de ellas vivía en Barcelona, y era reconocida pintora en el ámbito artístico europeo, La otra era neurocirujana pediatríca y ejercía en New York. Ambas eran menores de cuarenta años y al buscar en “imágenes” halló fotos de las dos. La pintora era rubia, bella y con gesto un tanto altanero. La doctora tenía mirada amable y cabellos obscuros.
De inmediato Caralampia corrió a inscribirse en las clases de pintura que la Municipalidad de su ciudad ofrecía los sábados por la tarde. Por breves momentos consideró la idea de estudiar medicina pero pensó, con gran lucidez, que probablemente el cuero no daba para tanto.
Como le pareció absurdo presentarse a las clases de pintura con su indumentaria usual de oficina, procedió a comprarse, previa investigación sobre Caralampìa la de Barcelona y sus costumbres, ropa similar a la que aquella lucía, más acorde, pensó, con su nueva condición de artista.
Luego imprimió una de las fotografías de la pintora y se la llevó a un peluquero, quien tras considerable esfuerzo la volvió rubia.
Después de un tiempo de tomar las clases de pintura, los maestros de la joven la animaron a participar en una exposición colectiva donde solo los más dotados mostrarían su obra. Los cuadros de Caralampia eran, en su totalidad, paisajes de Barcelona, acuarelas de callejuelas y avenidas majestuosas con la arquitectura peculiar de aquella hermosa ciudad. La prensa local cubrió el evento y Caralampia recibió críticas muy favorables.
Y ocurrió que un día, Caralampia la de Barcelona, en una tarde de tedio, escribió su propio nombre en la barra de google y se topó con la neurocirujana pediátrica y con esta otra Caralampia, en el otro lado del mundo, rubia igual que ella, pintora igual que ella, y que además plasmaba en sus cuadros las calles de SU ciudad. “¡Vaya coincidencia!” se dijo a sí misma y pensó que el universo es un lugar misterioso y lleno de extraños portentos.
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