...nomás déjame tu pluma, es lo menos que puedes hacer por mí. Ya estuvo bueno de tanto silencio, de tanto botón sin apretar. Figurémonos dentro de veinte años; visualicemos los próximos cinco días; pongámonos en el lugar del minuto que está por comenzar. No-se-puede, baby. No voy a caer en el jueguito ese del preocúpate de todo, envejeciendo prematuramente, no puedo no quiero no se me antoja) el boggie boggie, el síquetetrais, muévelo mami, chúpate ésta, mámalo (Porque te llevas hasta la camisa que uso para dormir, te llevas mis rodillas y el sistema de riego de mi paladar. No sé porqué comparo este momento con un laurel. Un laurel de tronco blanco, rugoso, joven, con sus ramas extendidas sobre el espejo líquido de un pequeño lago visitado por vacas y campesinos. Un laurel sudando de verano) pepéname el chóstomo, deglute glande, mami, ábrete de patas, en pinoles, ladra cabrona (Algo tendré que hacer para seguir cruzando la puerta de cualquier sitio con la dignidad de un rajá. Me conozco y sé qué es lo que sé hacer bien: comer, dormir y conversar. En ese orden. Yo nunca supe qué era lo tuyo. De tantas horas sólo me queda una selección de parpadeos y bocanadas, una cáscara de mango y tres calcetines sin par. Creo que te conozco sólo ahora que te marchas, como si de repente me diera cuenta de tu estatura, de los colores de tu piel, de la ligereza con que te mueves) chorréate, emascúlame con las uñas, ranfla, rumia, rabo lleno de caca (Puedes decir cualquier cosa; puedes contarles de todas las ridículas manías que me conforman. Tú sabes que la vida consiste en el infinito juego de perder –en el gustoso, infame, lúdico, estúpido, regocijante juego de perder-, y a mí ya no me asusta ser uno más). (Desesperadamente se filtró la somnolencia en nuestros gestos, hasta hacernos sonámbulos de mesa, colchón y tertulia. Al caño se fue el anillito que te di la primera mañana de nuestros días; rodó por la garganta que tantas cucarachas nos regaló) muge maldita vaca malparida, empápame el palo, bátelas, frótalo, ya no aprietas, aguada, recogida, hija de puta (Sólo déjame la pluma, sabes que siempre me gustó. Se desliza por las hojas con autonomía; prescinde de mi intelecto; se desliza. Siempre he lidiado con las plumas: o son duras o son idiotas o fingen discreción. Y la que ahora te pido sabe bien a dónde se dirige, tiembla desesperada por marcar sus huellas encima del cuaderno, orina tinta como incontinente bebedor. La necesito más que a la mano que la sostiene, más que al tabaco, más que a la hora de salida. Llévate mis dientes si quieres, es todo lo que pido) puta de quinta, puta, puta, puta (Adiós. Gracias. Adiós... |