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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Siempre en el mismo lugar.

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Está siempre en el mismo lugar, inalterable, en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca salió. Usa chaquetilla gris de lana recia, zapatillas de fieltro y piel de conejo, un par de polainas de lycra picadas, falda de tejido grueso y una bolsa de plástico conteniendo su vida. A sus espaldas, la puerta azul turquesa del Barclays Bank resalta onerosa; funcionarios trajeados entran, salen, hablan, echan cuentas, y ella prosigue invisible al locuaz proceso de conductas irrevocables que se maneja a su alrededor. Se arrellana ¿quizá a la expectativa de un nuevo y más confortable autobús de existencia? ¿Está exánime en vida? Se me ocurre, que como la vida es un innegable proceso de muerte, sólo hace que arrogarse unas horas de empeño…
No habla, dormita y parece aguardar, aunque nunca toma el bus. ¿Acecha? Tampoco dirige la palabra pide perdón reza suplica o se queja, y se fija en el bullicio que gira a su alrededor con el mismo desdén de quien vio desfilar una procesión hace décadas. Poco parece importarle haga frío calor llueva nieve hiele o sople un tifón. Bebe vino rancio, barato, y lo hace con dignidad. Ni siquiera es alcohólica de bulto, no habla sola y si masculla, jamás la verás hacerlo en alto. Al ser preguntada, con amabilidad de salón, responde frases de elegante disuasión. “Está bien. No necesito ayuda. No estoy sola. ¿Si tengo a donde ir? Ya estoy aquí. Este es mi sitio. Mi sitio. Mi sitio… Estoy segura. Sí. No se preocupe. No estoy loca. No. Segura. Segura, por completo.”
En general, la ciudad convive junto a ella, con la misma naturalidad que lo hace con ratas, cucarachas y ladrones; pero ella no tiene que ver. Su cabello cano, su forma de desenvolverse, anuncian dignidad y un pasado, como mínimo, juicioso.

Termino el trabajo de madrugada; es invierno. Vuelvo deprisa, las manos en los bolsillos, el viento desbasta mis labios y silba en mis entrañas, la calle está en silencio y las estrellas titilan de frío. Entonces oigo cantar y la descubro, es ella; mediante un clamor amortiguado, tenue y tierno, exquisito, abrazándose el pecho con sus brazos duros como rizomas, un par de mantas echadas sobre su abultada espalda de vieja, la botella a sus pies, mediada, y la cabeza ladeada, deja escapar notas que hablan sobre un lugar donde una vez hubo amor.
Paso a su lado, por un instante me detengo; pienso en llevármela, la noche es infame, cruel, todos los días pienso en lo mismo y ¿por qué no lo hago? ¿Por qué no sé reaccionar? ¿Soy insensible? Me comporto como la ciudad. ¿Formo parte ya del duro granito y metal de la ciudad? Sí, tal vez…
Está oscuro, algo brilla. Miro al cielo, a las marquesinas de los edificios, parecen retorcerse y agacharse hasta abrazarse entre sí; da la admirable impresión como si desearan resguardar la soledad y el silencio. Hace silencio, excepto la melodía. La miro. Alza la cabeza se vuelve y me contempla, nunca lo hizo antes. Revelo la procedencia del brillo, está en sus ojos. Resplandecen con incisa profundidad en la penumbra, un escalofrío arquea mi cuerpo. Una voz suave, delicada en exceso, me anima con inesperada placidez.
“Vete, regresa a casa. Tu mujer te espera.” Y añade más tensa.
“Lo sé. Sé lo que piensas. Todos lo creen. Pero yo estoy en la mía y No tienes nada que hacer aquí,” advierte. Y sonríe. ¿Sonríe? ¿Está ebria? Cómo sonreír sin tener hogar ni familia ni… ¡nada! Aunque a lo mejor eso es lo que yo establezco…
La miro con miedo, recelo a lo desconocido, lo sobrenatural me aterra, me sobrepasa. Bajo la cabeza, me giro y balbuceo.
“Adiós. Hasta mañana.”
A mis espaldas oigo un bondadoso “hasta siempre.”
Luego, la misma melodía me acompaña durante la noche. Y a la mañana siguiente continúa implantada en mi mente.
Y hoy, tras más de treinta años de aquello, está dentro de mí. Se encuentra siempre en el mismo lugar, “inalterable”, pero a la vez muy tenue tierna y exquisita, abrazada en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca tuvo necesidad de salir…


José Fernández del Vallado. Joséf. Junio 2007.



Texto agregado el 09-06-2007, y leído por 81 visitantes. (16 votos)


Lectores Opinan
2007-07-03 03:24:58 La descripción que haces de ella es muy buena. Sí, hay vagabundos en todos sitios. Comprobé que hasta en lugares de turismo, con tristeza. Los municipales ya los retiraban "para que el turista no tenga esa imágen de España". Tristes casos hay muchos, a la memoria me viene la cantante de "Las Grecas", vagabundeando, medio loca por las calles. Sí, en todos sitios existen***** nekane_25
2007-06-15 01:03:32 Conmovedor relato escito con pluma ligera y grácil. No por repetida la escena es menos impactante. El viandante duda de la felicidad de la mujer y ella de la de él. La búsqueda de la felicidad nos mete en cada situación... Me ha gustado mucho Josef.***** graju
2007-06-14 04:55:01 me gustó mucho. argumento común, pero exquisito estilo..5* punk13
2007-06-13 11:47:24 No es lo que dices, es cómo lo dices. Hay tantos amigos por estas páginas azules, están tan cansados mis ojos, que es imposible detenerse a leer en todas partes. Sin embargo, cuando vengo a tu sitio, nunca me defraudas y me digo: Merece la pena haber llegado. Por lo que respecta a tu cuento de arriba, simplemente digo que es tan exquisita la prosa, la narración es tan completa que sentí la necesidad de releerla. En la calle Toledo me quedé y claro, allí está. Hay gente que coge el autobús y no la ve. Tienen prisa, salen del banco corriendo, la mañana se acaba y aún hay que ir a otros bancos y a unos grandes almacenes. Hay que cerrar el contrato con el director comercial y cien cosas más. Y además, la buena señora, está diluída, forma parte del paisaje. Es como la farola de la esquina, forma parte del banco de la parada, es poco más que un adoquín. Por tanto no destaca. Es verdad que alguno la mira y le da los buenos días. Algo es; porque al menos, por un momento, puede hablar con alguien y articular un "hasta siempre." Yo a ti, admirado te saludo y te digo: Felicidades por la belleza de este texto y hasta luego. Noguera
2007-06-12 20:13:26 Desgarrador relato por amabas partes, la vida de quien nunca sale de la calle y de la pena de quien nada puede hacer por ella... dejas sentir como el frío se cuela tras cada palabra para internarse en ese lugar donde encontramos resquicios de misericordia... AzulMarina
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