REPUBLIQUETA.
La foto de Feliciano Morales estaba en todos los cuarteles de policía. Era el guerrillero de izquierda más odiado y buscado del país. Las fuerzas de seguridad del gobierno de facto habían detenido a familiares y amigos del feroz terrorista, en procura de su paradero. Algunos fueron torturados; otros, muertos.
Por fin lo apresaron y confinaron en una cárcel.
Un tiempo después, la terrible dictadura cayó: la revolución había tomado el poder. Feliciano Morales fue puesto en libertad.
Se alejó de la política, se trasladó a París y vivió durante años -nadie explicó con que medios-, en un hotel de lujo.
Sus compañeros y seguidores accedieron al poder, persiguieron a los antiguos represores y reivindicaron las ideas revolucionarias.
Un día Feliciano Morales murió, pacíficamente, allá en Francia, víctima de alguna enfermedad crónica.
El gobierno instaurado repatrió sus restos, le prodigó funerales de Jefe de Estado y fue reverenciado como prócer nacional.
Su foto, la misma foto de siempre, enaltece hoy el Salón de Actos del Cuartel General de Policía, edificio que también lleva su nombre. |