Tardes de lluvia, esas tardes oscuras y grises, amargas y tristes, esas tardes que se pasan a la luz de la lumbre, sentado en ese sillón viejo y desgastado pero que tanto te gusta, viendo como resbalan las puras y cristalinas gotas de agua por los cristales de las ventanas, oyendo el monótono sonido de la lluvia en el suelo de la calle. Te aburres, no hay nada que hacer, deseas que el día esté soleado pero a la vez piensas que es mejor así, que es mejor pasar la tarde recogido en tu casa, aislándote del mundo, donde nadie puede molestarte, es el mejor momento para reflexionar, para pensar en lo que te rodea, en tus seres queridos, en tu trabajo, en la persona a la que amas. Pero empiezas a notar que el ambiente en tu acogedora casa empieza a no ser agradable, fuera empieza a oscurecer y la chimenea parece que pierde fuerza, parece que va a morir y tu acogedora casa empieza a no serlo tanto, adquiere poco a poco un aspecto tenebroso y lúgubre. Entonces te levantas de tu sillón en el que estabas tan a gusto y te asomas por la ventana toda llena de gotas de agua y ves que la noche se deja caer, aunque en esta oscura y lluviosa noche las estrellas no se dejarán contemplar y la luna no nos protegerá. Entonces te acuerdas de que en tu habitación te espera una reconfortable cama y decides hacerle compañía durante varias horas. Te acuestas y todavía sientes la lluvia en los cristales pero cada vez menos y te duermes y sueñas que estás en el campo disfrutando de una soleada tarde de mayo. |