Me invento una Laura para regresar de cualquier bar, le pongo el vestido que le quitaré luego, le despinto los labios pintados con besos ebrios.
Conduzco un auto imaginario a velocidad del pensamiento, entre calles de película italiana neo realista, fellinesca.
La noche tiene estrellas de cine relumbrando en su grandeza. Le digo a Laura cosas como quien prende un fuego, como quien lo azuza.
Ustedes creían que era yo quien estaba escribiendo esto, no me digan que no.
Llegamos al portal de una casona de perfiles romanos, entramos en ella y un aroma a naranjo en flor nos golpea con su tango.
Recreo el inexistente pasillo por el que mis manos son sus pies y sus labios son mi sexo. La escucho a Laura hablando como gato, maullando groserías.
Entonces el amor abre las piernas y cierra los ojos.
Nos casamos y tenemos siete hijos imposibles, rubios y negros. Hago que una playa caribeña moje nuestros noventa dedos inferiores cada fin de año, con piel de coco.
Hay un beso, camisones, sandalias, platos rojos, café caliente, pornografía, cenas eternas, cepillos que envejecen, puertas roncas, olores impertinentes.
Quiero que todo acabe y Laura se suicida. Construyo el puente por el que se tira mirando al cielo, en busca de autor.
Los siete hijos, las siete nueras y sus cuarenta y nueve vástagos tomaron un avión explosivo del que ya nunca bajaron.
Yo te aseguro, lector, que nada tuve qué ver en eso.
Entonces paro, me paro, me dirijo al baño, orino, me veo al espejo, cierro la ventana, me rasco una nalga, llego nuevamente al cuarto, reviso lo anterior y apago la computadora. |