Solaz Ebriedad.
La mañana en la que fui declarado culpable y acusado a cuatro años de pena por atropellar a un transeúnte circulando en estado de ebriedad, estaba sentado en uno de los bancos de madera de teka de la audiencia; tenía los labios oprimidos, la expresión temblorosa, y mis ojos azules abiertos de par en par apenas parpadeaban mientras permanecían inmóviles sobre el rostro de la juez. Hubiera bastado con que uno solo de aquellos distinguidos magistrados se incorporara y me dedicara unos instantes de atención, para precisar que yo en realidad no escuchaba. Era cierto, ni siquiera estaba presente; me había ausentado. Para ser exactos lo que se había interrumpido era mi cerebro.
Era curioso, pensé, podía ver a Cristina como si la tuviera frente a mí.
¿Era hermosa? Más que eso. Veía su semblante de sonrisa desenvuelta resaltar sobre su piel de impulsiva andaluza. Su nariz fina y perfilada, su cabello oscuro con tonalidades rojizas, y aquellos ojos almibarados capaces de dosificar por igual odio y pasión, y que ciertas veces reflejaban un inexplicable destello de temor. Por ello, no era aconsejable adentrarse en sus canales sin correr la posibilidad de perderse en un laberinto de dudosa oscuridad y peligro.
Recordaba el día anterior a que todo sucediera, de eso hacían casi cuatro años. Aunque la distancia y el paso del tiempo apenas habían hecho mella en mi ánfora de vidrio, donde todo continuaba conservándose sublime.
Ese día hicimos nuestro tercer aniversario como pareja.
Dejé atrás mi trabajo; una firma de contabilidad donde todo funcionaba en base a sumar y restar y en la que yo sólo era un número con un sueldo que fluctuaba al impreciso ritmo de la bolsa.
Iba a su casa, a recogerla. En la carretera, como torrentes de agua translúcida, los destellos tibios del sol iluminaban mi semblante transpirado, en el cual se perfilaba una indecible sonrisa de satisfacción. A mi lado, dentro de un paquete verde, unos preciosos jeans, un juego de pulseras de bronce, y en mi bolsillo, en una cajita negra aterciopelada, mi sueño: El anillo de compromiso.
Vino a mí acelerada, con su adorable andar patizambo. Jadeaba de ansiedad y regocijo. Nos dirigimos al parque, caminamos poco y en seguida nos sentamos en un banco. Le entregué la bolsa con los regalos. Comenzó a ojearlos con detenimiento.
Los jeans le encantaron, no pudo resistirse. Sonriendo se escondió bajo unos aligustres y se cambió. Le quedaban perfectos; me sabía sus medidas de memoria.
Nos besábamos, pensaba en hacerle entrega del anillo, cuando una nube comenzó a cubrir el sol lentamente y en instantes una tímida llovizna se transformó en impetuosa tormenta.
Abrazados, cubriéndonos con la bolsa y los viejos pantalones, sin cesar de reír, escapamos al coche. Y cuando estuvimos dentro, empapados, permanecimos en silencio. El atardecer se diluía y ella... ella era una sombra dulce de ojos brillantes. ¿Quién era y de dónde venía? Sostuve siempre que se trataba de una diosa naciente que acudió para salvarme cuando estaba perdido en situación de luz roja en la ciudad. Y estaba allí, conmigo. Sus senos oscuros, de pezones rojizos y suaves como aglutinante; sus labios, rosados y carnosos; sus manos, ágiles almohadilladas de felino; y el cabello suave y resistente.
“Mírame, acaríciame, deséame. Unamos vidas y desamparos.”
Perdí la confianza en existir cuando mi mejor amigo murió en un terrible accidente. Ella me enseñó a respirar de nuevo en la agonía de la ciénaga. En cambio ahora, mi exterior seguía inmóvil, en apariencia establecido, fijado en el banco de la fría sala de audiencias. Mientras mi interior se agitaba y gemía en tanto contemplaba evolucionar aquel perfil sugestivo cuyos rasgos de espectro felino se despojaban de los jeans que le compré para permitir unirme a ella. Sus piernas largas, pulidas, extremas, nuestros vahídos excitados. El auto se convirtió en un generador de calor apasionado donde rompimos a sudar hasta finalizar...
A continuación fuimos al cine. Se proyectaba una película – no recuerdo su título – pero sí a su actor principal: Hugh Grant, el inglés de la eterna sonrisa.
Se abrazó a mí durante la proyección y no cesó de reír los absurdos gags humorísticos.
Cenamos en un restaurante del centro; el ambiente estaba cargado y tampoco me decidí por entregarle el anillo.
Sobre las dos de la madrugada la acompañé hasta el portal de su casa. Vivía en un barrio sombrío de Villaverde, la calle era estrecha y estaba mal alumbrada. Pero eso ya no duraría más, me dije a mí mismo.
Aparqué unos números más abajo, me disponía a entregarle el regalo pero me sorprendió con la noticia. Me dijo:
“Mañana me voy.”
Recuerdo que en principio lo tomé a broma y me reí. E incluso contesté algo así como: “Claro. Te irás a vivir a un barrio más chulo.” Pero ella se puso grave y señaló. “No. Me voy a vivir con una prima a Ontario, Canadá.”
Lo confieso, tras escuchar aquella frase me quedé sin palabras. O quienes giraban en mi mente como peonzas eran precisamente las palabras. No era capaz de explicármelo. De pronto, enfáticamente, se abrazó a mí y me dijo:
“Lo sé. Gracias por regalarme estos tres preciosos años.”
La miré sin voz. Aunque lo hubiera querido, en aquel momento mi garganta era incapaz de articular el más leve murmullo de desacuerdo. Ella prosiguió.
“Todo se acaba en algún momento. Es mejor así.”
Suspiro y añadió.
“Nuestras vidas deben continuar. Tú por tu camino y yo... por el mío...”
Recuerdo que llegué a balbucear un tímido: “Y qué hay de nosotros.”
Después de oír su respuesta mi corazón reventó mil veces como una vajilla defectuosa, y aún hoy sigue haciéndolo:
“¿Lo nuestro? No tiene sentido.”
Sonrió levemente y agregó.
“En realidad jamás lo tuvo. ¡Sólo era diversión!”
Como dicen los franceses, estaba “touche”. Ella me abrazó – ¿una vez más?– salió del automóvil y antes de irse definitivamente se acercó a la ventanilla. Mi mente, nublada, como un film calcinado, estaba sobrecargada de imágenes yuxtapuestas. Imaginé que en ese instante me iba a besar, que rectificaría lo dicho anteriormente con la encantadora sonrisa con la cual me había subyugado desde un primer instante. En cambio de su boca salió:
“Ah, y no llames, ni me sigas. Sería un error de tu parte. Espero que hayas comprendido la situación.”
Al cabo de un rato comprendí la situación: ¡Estaba roto! Entonces hice lo que jamás hubiera imaginado. Yo, una persona de apariencia sosegada, la llamé. Tomé el teléfono con ansiedad, las manos me temblaban al marcar, y le dije la verdad. Bueno, por primera vez le relaté una versión a mi gusto. Le conté que tenía un anillo de brillantes para ella por su cumpleaños, y que debido a la sorpresa, había olvidado entregárselo. Pero que quería dedicarle ese último detalle. Cuando en el fondo lo único que deseaba con desesperación era poder verla otra vez. Sólo una vez más... ¿La última? No, mi mente se oponía con nerviosismo a que fuese la última.
Es difícil precisar lo que puede pasar por el juicio de un alma despechada. Tal vez pierda el rumbo y el dominio de la situación. Sí, a veces no sabemos quién o qué clase de ser se esconde en nuestro interior hasta que abordamos momentos de semejante dimensión. Aunque tampoco haya mucho que hacer. Sucede como un relámpago que nos deslumbra y en el cual no hay cabida para una reacción; y, sin embargo, hemos de justificar cuales son nuestros verdaderos sentimientos. ¿Cual era mi disposición hacia ella? Es fácil de resumir. De pronto el más profundo, intenso e incognoscible amor, se había revertido en su más cruel antónimo: Odio.
Me detuve frente a la puerta. No tardó en salir del portal a trotecitos, con su adorable andar patizambo. Pensé en insultarla, rebajarla, largarle las insolencias más graves y duras que guardo en mi memoria. Incluso deduje que se merecía un par de guantazos. Pero cuando vi aquella fisonomía de arquetipo delicado desenvolverse con aquel estilo, oí su voz vibrar como el trino de un jilguero, contemplé una vez más su cintura oscilarse como la de un histrión, sus manos deslizarse con suavidad sobre la ventanilla del coche, a centímetros de las mías, no fui capaz de hacer nada. Excepto respirar sofocado y tratar de retener el momento para procurar que discurriera con la mayor pereza posible. Y así es como lo recuerdo: A cámara lenta, aunque digamos, de baja definición.
Le robé un beso. Un último beso. Y, de repente, no me resultó un ápice semejante a aquellos besos divinos, dignos de seres inmortales, que nos dábamos. Lo supuse, las cosas habían cambiado. En realidad era como si la inmensidad del universo hubiera dado un vuelco de noventa grados. Entonces, al percibir revolverse inquieta su maldita lengua de víbora en mi paladar, lo supe. Aquel era un beso de codicia. Y descubrí más cosas. Ocurrió como si de pronto y en breves instantes me retiraran una venda de los ojos, tapones de los oídos, algodones de las fosas nasales. Y todo el estrépito, mal olor, suciedad, asco, y fealdad grosera y oculta hasta entonces penetraran de súbito en mi interior. El sueño se convirtió en pesadilla. Le entregué el anillo, pisé a fondo el acelerador y ya no dejé de hacerlo durante toda la noche, cayendo cada vez más bajo. Descendiendo a los avernos de una ciudad que desconocía. Sé que hice de todo, y no creo que haya nada de lo que tenga que enorgullecerme aquella noche. Con todo, apenas recuerdo. Toqué fondo y me arrastré como un reptil…
No supe muy bien cómo ocurrió, pero que de madrugada – bebido como un tonel – con la maldad ardiendo como un tizón en mi interior, estaba allí de nuevo. Aguardaba a que ella saliera. Y naturalmente lo hizo. Comenzó a cruzar la avenida cargada de equipaje. Entré en escena y la arrollé.
El resto es chapuza – ¿pura casualidad? – o se lo debo a ella. Por fortuna los inspectores de la policía no saben ni descubrirán jamás nuestra relación. De tal forma nunca seré acusado de alevosía y premeditación y en cuatro años, o tal vez menos, estaré de nuevo en la calle. Ella misma se cuidó de ocultarlo. Ni siquiera figuraba mi número en su móvil. ¡Ni una palabra, escrito o mero recuerdo sobre mí en sus pertenencias! Cristina y su solitaria forma de afrontar la existencia. Alejada de su familia a la cual abandonó en su pueblo de Andalucía y borró de sus recuerdos. Mantuvo que lo nuestro era y debería de ser algo secreto. Lo cual convertía nuestra conexión en distinta y maravillosa, afirmó siempre. Mientras que yo, como un ingenuo, absorbí sus conceptos y la seguí en todos sus… ¿juegos? Porque ahora lo sé. Su proceder se basaba en recrearse y en vivir a costa del otro. Era un maldito juego en el que ese mismo amanecer descubrí, ebrio, pero consciente, tampoco existían los límites...
José Fernández del Vallado. Josef.
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