Has pagado para verme, con una condición, como todos los que asisten: que te haga reír.
El coche que se destartala, el estampido que sobresalta, los bofetones que me propinan, mis zapatos enormes, el ridículo sombrero, y esta cara pintada de blanco, con la mueca oculta bajo una boca roja de comisuras alzadas.
Te ríes, te ríes, oigo tu risa desde aquí, no se me escapa.
Asombrará al público mi idoneidad para trepar la escala de cuerdas. Todos adivinarán, en esa disparatada escalada en la que pierdo zapatos y pantalones, que la ridícula figura con calzoncillos de lunares rojos posee idoneidad para el trapecio.
Después, como todos los días, la pirueta y el balanceo, soltarse de las manos del trapecista, en una décima de segundo fingir el descuido, el ¡¡¡ohhh!!! angustioso y el ¡¡¡ahhhh!!! tranquilizado cuando las manos se unan.
La diferencia es que hoy la red no estará, y yo lo sé.
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