segunda oportunidad
Nuñez había llegado a una edad en la que nada debe postergarse. Era viudo desde casi treinta años atrás, luego de tres lustros de estéril (sin hijos) matrimonio. Desde entonces vivía solo, estaba solo, era solo. Y no era feliz. Con su permanente meditabundía y cabizbajeza -que poco favorecía la relación con sus congéneres-, afirmaba día a día la vigencia del aislamiento que lo rodeaba como una rígida corteza. Aislamiento que, por momentos, hasta le impedía respirar con normalidad. Entonces, suspiraba ruidosamente, boqueaba como un pez fuera del agua, abría las ventanas, se quitaba la corbata desprendiendo al mismo tiempo la camisa, y absorbía el aire con voracidad -aire que nunca calmaba esa sed casi
insaciable-. Finalmente se derrumbaba en el viejo sillón de cuero con la cabeza hundida entre los hombros, las manos rodeándola para impedirle estallar, el mentón apretado contra el pecho con esas mandíbulas que triturarían al mundo entre sus dientes (si éstos no fueran tan frágiles y el planeta tuviera la consistencia de un huevo duro), y los pies allá abajo, flacos y nudosos, descalzos contra el piso de parquet, afirmados como dos ventosas, porque a través de lamadera él quería recibir todo el aliento necesario para seguir viviendo.
Entretanto, las horas transcurrían iguales, en días que eran uno solo. Hasta los recuerdos, aquellos que lo emocionaran y entretuvieran tiempo atrás, se convirtieron en una sucesión de imágenes extrañas, casi grotescas. Persistía entonces, cubriendo sus necesidades orgánicas y entreteniéndose de vez en cuando con la página humorística o la crónica policial de los diarios, mientras la muerte rondaba, agazapaba, simulando indiferencia, esperando un descuido -como sería el hecho de entusiasmarse por algo y volver a sentirse vivo- para atraparlo.
Un día, sentado en un sillón de la compañía de seguros, cuando esperaba que lo llamaran por el altoparlante para pagar la cuota del seguro de su automóvil, decidió, por azar o por aburrimiento, prestarle atención al sector encargado de los siniestros. Entonces, sintió la puntada en el estómago, las cosquillas que le corrían por la espina dorsal hasta las piernas, el corazón que latía más rápido, coloreándole las mejillas y el dorso de su abundante nariz -ya prematuramente enrojecidas por las arañitas, producto de su inveterada costumbre del litro y pico diarios-, mientras sus sienes pulsaban al unísono, produciéndole “el todo” una suerte de agitación narcoléptica, mucho más agradable que el conocido sopor postalcohólico. Y Núñez sucumbió a ese extraño y sutil llamado. Se alejó de la compañía de seguros con paso lento pero firme, ensimismado en sus pensa-sentimientos. Por primera vez no dudaba de esa corriente dual, milagrosamente íntegra, ni le importaban las consecuencias que la nueva forma de ser le acarrearía.
Llegó a su departamento al anochecer. Preparó su habitual baño caliente silbando una conocida melodía. Hacía mucho tiempo que no salía de sus labios algo que tuviera relación con notas musicales. Sin asombrarse, se metió en la bañadera y continuó con otra canción, y después con otra, moviendo la cabeza. Con la cuarta ya dirigía la orquesta con ambas manos. Salió del baño reconfortado. Se vistió con lentitud, transformando la rutina de tapar su flaca desnudez, en un acto de elegante y masculina coquetería. Eligió ropas oscuras; los zapatos con suela de goma, el sobretodo negro y unos guantes de cabritilla para rematar la nocturna indumentaria. Buscó las herramientas necesarias y las guardó en un bolsillo
del sobretodo. Después de un buen vaso de vino tinto, se preparó una cena frugal.
Hacia la medianoche salió del departamento y bajó en el ascensor como de costumbre. Saludó al portero quien, para no variar, leía con ojos soñolientos una novelita de vaqueros. Dobló hacia la derecha y caminó dos cuadras mirando atentamente hacia los costados. Ya no era un viejo cabizbajo y meditabundo que arrastraba los zapatos por la vereda contemplando las inmundicias de los vecinos humanos y caninos. Era nuevamente un hombre, algo más que maduro por cierto, pero un hombre al fin.
Llegó junto a su automóvil y se detuvo. Un estremecimiento ascendente lo recorrió desde las piernas cuando extrajo las pinzas del bolsillo. Se acercó a la puerta delantera derecha, se apoyó en ella y golpeó con fuerza al ventilete, que inmediatamente se astilló en infinitas partículas. El ruido lo asombró sin llegar a asustarlo, pero observó con ansiedad los extremos de la calle. Nadie a la vista. Entonces, con leves y repetidos golpes hizo saltar los vidrios hacia adentro, hasta producir un hueco en la ventanilla. Guardó las pinzas, metió la mano derecha entre los vidrios que restaban y quitó el seguro de la puerta. La emoción, que trepaba desde el vientre hasta el pecho, tiró hacia arriba para brotar con inusitado calor en el cuello y en las sienes. Respiraba el aire helado con dificultad. Sin perder tiempo, abrió la puerta y entró al automóvil con insólita rapidez. Se corrió hasta el asiento del volante, mientras extraía el manojo de llaves del bolsillo. Con gestos seguros y precisos hizo el contacto, dio arranque, colocó el cambio y salió.
Tomó por una avenida para alejarse del centro. A los veinte minutos, se desvió por una calle lateral, lo suficientemente oscura para sus planes. El vecindario parecía tranquilo. Enfiló el automóvil hacia el tronco de un árbol cercano al cordón de la vereda y lo estrelló contra él. El impacto lo asombró por segunda vez en la noche. Apagó las luces, quitó el contacto del motor y esperó, apoyando la frente sobre el volante. La emoción lo dominaba por completo, hasta el punto de que una cálida humedad se desprendió hacia las piernas, para llegar a los tobillos a una desagradablemente baja temperatura. Afuera no había señales de vida; el viento zumbaba y sacudía con intermitente violencia las copas de los árboles. Poco a
poco se tranquilizó. Abrió la puerta con dificultad y salió del automóvil. El aire helado lo enfrió desde la entrepierna y terminó de despabilarse. Se alejó rápidamente hacia la avenida, donde tomó un colectivo casi vacío que regresaba al centro. Sentado en un asiento individual, escondía con el sobretodo la mancha de humedad del pantalón, mientras intentaba dormitar, arrullado por el monótono rugido del diesel que todo lo ocupaba.
Al día siguiente denunció el robo en la vecina comisaría. Ya habían encontrado su automóvil y acudió a un depósito para reconocerlo. Cumplido ese trámite, transportó el vehículo hasta la compañía de seguros con una grúa. Al llegar, se dirigió al sitio ya conocido, pidió un número y se dispuso a esperar su turno. A los pocos minutos, oyó que lo llamaba un más que aburrido empleado.
Sonriendo, Núñez caminó hasta el escritorio, corrió una silla y se sentó. Encendió un cigarrillo para disimular el temblor de las manos, pues odiaba
que lo confundieran con un viejo parkinsoniano. Tras tomarle los datos personales, el empleado orientó el interrogatorio hacia el robo y posterior accidente de su automóvil. Entonces, Núñez comenzó a relatar lo que consideraba su interpretación de los hechos. Mientras hablaba, se restregaba las manos, ya empapadas de sudor. Un temblor irreprimible de los labios hacía indescifrable su disertación y el empleado hacía vanos esfuerzos orejiles para seguirlo, mientras tecleaba furiosamente la máquina de escribir y lo observaba de cuando en cuando con los ojos muy abiertos. La transpiración perlaba la frente de Núñez, para caer luego por su nariz, mojarle la boca, el mentón y llegar a goteo rápido hasta la camisa. Hizo un inútil ademán de contenerla con la corbata, mientras continuaba inconteniblemente con el relato.
Al terminar, Núñez se relajó por completo. Deslizó las piernas por debajo del escritorio, tiró la cabeza para atrás y sus brazos colgaron a los costados de la silla, cuando una mancha de humedad se deslizaba por sus piernas hasta el suelo.
El empleado abrió mucho más los ojos y salió corriendo hacia las oficinas interiores. Al grito de “un médico, un médico”, se abrió paso entre la muchedumbre de asegurados. De pronto, apareció un hombre que, identificándose como facultativo en el arte de curar, se ofreció con una voz clara, tranquila y algo autoritaria. Imperturbable, aproximó una oreja al costado de Núñez, le abrió un ojo con dedos expertos para observar la pupila, le colocó un cenicero de vidrio entre la boca y la nariz, y luego se levantó con lentitud, diríase que con el cansancio de muchos siglos, para enfrentar con la mirada al empleado y a la compañía en pleno que lo rodeaba a escasa distancia. Con suave tono de voz, diagnosticó el fallecimiento de Núñez, probablemente debido a una falla cardiaca, por demás natural a su edad. Ofreció sus servicios para llenar el certificado de defunción y, tras recomendar el pedido de una ambulancia, se retiró.
De pronto, Núñez se dio cuenta de que no sentía su propio cuerpo como peso, recostado contra la silla. La falta de gravedad no le incomodó. Al contrario, ya que esa sensación de sutil ligereza liberaba sus pensa-sentimientos. Imperturbable, a través de sus leves impresiones sensoriales, comprobó que sus pies desaparecían. No se volvían invisibles; se quedaba sin pies. Mejor dicho, sus pies no habían existido nunca. Sin asombrarse, continuó percibiendo el placer que el acto de disolverse en la liviandad más absoluta le deparaba. Las piernas se le borraron desde los tobillos. Cuando la nada se apoderaba de los muslos, el éxtasis de la inminente desintegración le recorría sus contornos desde el vientre hasta la cabeza,
creando un impreciso límite con la nada.
Cuando perdió la cintura en esa marea ascendente de inexistencia, sus manos dejaron de prolongar los brazos, que ya se disolvían hacia los inapreciables bordes de los hombros.
Era sólo un busto cuando sus ojos brillaron con singular intensidad: Habían percibido la proximidad de la nada absoluta. Sintió algo parecido al deseo de cerrar los párpados, pero ya toda su cara desaparecía. Y el cuello era un recuerdo en el instante que, con un súbito fulgor, su cabeza se disolvió como la minúscula brasita que desciende por la mecha de una vela recién apagada.
Ni el empleado de la compañía de seguros, ni el médico, repararon en la serena y extática sonrisa que dibujaban los labios del muerto. Nadie percibió la beatitud con que Núñez desapareció a través de su carnal envoltura.
La pálida belleza de su rostro, ya sin arrugas, fue el único indicio que quedó como prueba de esa particular y exquisita disolución. Pero nadie llegó a darse cuenta de ello. Nadie.
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