El locutorio de la av. Brandsen se encuentra vacío, mejor dicho, todo el barrio de Ituzaingo se encuentra vacío. A las dos de la tarde uno debería pensar que es algo normal y le pido la mejor PC al empleado y me acomodo como puedo, en una silla con el tapizado roto, para bajar mis e-mail. Hace una semana, o más, que no vengo por aquí y se deben haber acumulado unos cuantos mensajes en mi casilla.
La mujer pide una cabina y se ubica a mi espalda, dentro del habitáculo. Las cabinas tienen una separación de, alrededor de, un metro con respecto a las PC que están enfrente, por lo tanto las conversaciones que tienen los usuarios del teléfono se filtran sin remedio. Ellos también se entretienen mirando nuestras pantallas, al menos me consuelo pensando que no pueden ver nuestros rostros. Pero la angustia que transmite la voz de la mujer me obliga a prestarle atención a su conversación.
-Ustedes tienen que hacer algo.
-Está bien, reconozco todo lo que quiera, pero no me pueden abandonar en mi casa y con mi marido así, algunas veces ni me reconoce.
-Está loco, y por momentos me quiere matar. Me golpea cuando me acerco para darle de comer. Dice que yo soy la responsable de su estado.
-Ustedes tienen que entender que tengo dos hijos pequeños. Ellos son los perjudicados.
-Sí, le extirparon un tumor del cerebro del tamaño de una naranja.
-Pesaba ciento veinte kilogramos y ahora pesa cincuenta; yo no sé qué hacer ¿Ustedes quieren verme muerta?.
-Traten de entenderme... ¡No! no quiero sacármelo de encima ¡Por favor!
-¿El DNI?
-Sí, anote por favor 12.345.653.
Escuchar el número me sobresalta, es el de mi DNI. Espero que la mujer se decida a salir y la enfrento, para pedirle explicaciones.
-Mi amor ¿Cómo llegaste hasta acá? No podés estar levantado, vamos devuelta a casa.
Mi reflejo en sus ojos me devolvió los huesos y la tristeza de la tarde, impregnada en los rastros de palabras que perduran en mi mente, se lleva el poco aire que me queda.
© Juan Romero
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