Joaquín nunca destacó por su altura ni elegancia, su aspecto delgado y encorvado le proporcionaban un aire huraño, que unido a su carácter sensible y extremadamente solitario, daba fuerza a esa primera impresión errónea en todos los sentidos.
Es cierto que vivía en lo alto de una montaña, en una vieja y solitaria casa, con la única compañía de sus dos perros pero era feliz encontrándose con su buscada soledad. La chimenea le calentaba y había convertido las oscuras paredes de piedra en su diminuta fortaleza. Fuera, las tejas se habían enmohecido por la humedad reinante en la zona.
Desde joven, Joaquín había trabajado en el mar como pescador y ahora, con una caña lo único que pretendía pescar era tiempo para dedicarse al campo y sus labores de la tierra, cosa que siempre le gustó. Sus días transcurrían entre una agradable monotonía de tareas y animales. Era un hombre tosco de viejas y arraigadas costumbres.
Una mañana, especialmente húmeda, se adentró en el bosque en compañía de sus perros. No se percató que al bordear el río se había alejado más de lo debido y quiso dar marcha atrás. Fue entonces cuando algo le detuvo, brillaba a lo lejos.
“Será una botella abandonada” - pensó mientras se acercaba-
Pero al llegar se sorprendió porque no se trataba de una botella sino de una caja y no era vidrio sino metal color bronce.
Tenía mucha tierra, se notaba que las recientes lluvias la habían dejado al descubierto, pero sólo un poco, por lo que tuvo que terminar de desenterrarla.
No pesaba mucho y tenía un candado. Miró a su derecha e izquierda en un gesto instintivo y no vio a nadie. Entonces concluyó que no tenía dueño y se la llevó a casa. Frente a la chimeneada la observó con detenimiento. No era muy grande y estaba ribeteada con flores y mariposas de colores gris perla, marrón miel y azul cielo.
Utilizó unas tenazas y consiguió abrirla. Lo primero que descubrió fue un collar con un minúsculo zapato de tacón, plateado y bien trabajado. Tuvo que apartar un par de hojas secas y tropezó con una serie de fotografías, en algunas varios grupos de jóvenes reían al paso de un tranvía, en otra una señora bien vestida y peinada posaba en un estudio para un resultado de impoluta combinación blanco y negro. En varias se podían ver a niños y niñas jugar divertidos entre los árboles.
“Diría que se trata de este mismo bosque pero hace muchísimo tiempo” pensó Joaquín en voz alta.
Aquella caja y su contenido fue todo un descubrimiento para él, le llenó de manera especial y comenzaba a sentir cosas que habían estado ocultas en él durante mucho tiempo. Por momentos se sintió más feliz que nunca. Los colores le daban fuerza, las fotografías le transmitían paz identificándose con su soledad y sentimiento.
Ahora que había descubierto el escondite y su contenido se preguntó qué debía hacer. No había ninguna seña personal para dar con las personas que aparecían en la fotografías, ni en la caja, ni tan siquiera en la carta que más tarde comprobó se trataba de un poema. Aquello no era suyo… pero tampoco tenía dueño.
Durante días lo dejó en casa, le costaba apartarse de ella, al abrirla rememoraba la historia que creía olvidada e inventaba mil y una aventuras.
“¿Por qué habrán dejado la caja allí?”
Últimamente esa pregunta le estaba dando vueltas en su cabeza, pretendía que todo tuviera un por qué y un para qué o para quién. Creyó que ya había disfrutado mucho de ella y se quedó con todo el bien que le había hecho. Una tarde la cogió y se la subió a su espalda, que entonces parecía más curva que nunca. Cerró el candado y la enterró.
De esa manera quería dar la posibilidad de que otra persona con su caña de la vida la pescase y al hallar el escondite tuviera la oportunidad de sacarle algún beneficio. En esta ocasión añadió una carta con sus señas, esperaba vivir tiempo suficiente para compartir ese cúmulo de sensaciones y volver a revivirlas.
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