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Inicio / Cuenteros Locales / Olvido_Aras / Fenomenos naturales poco ordinarios

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1. Arenas movedizas

Me resumo en una caricia de placer irritante cada vez que me acaricias las yemas del cuerpo, las puntas del alma, sonrosadas, rugosas, turgentes, tuyas. Resbalando sobre barrotes de piel, kilómetros de tela cruel e inútil que me dejan solo adivinar las formas de tu cuerpo en oscuridades públicas, en metáforas que solo son nuestras, bajo un cañón de luz, y otro de lluvia, una sonrisa. Una sonrisa, un éxtasis frugal y clandestino, un recuerdo de tu cara colgada sobre mi pecho, alimentándose de mi, nadando en mi. Se diluye el calor con esporas diminutas que pueblan mis sentidos, que escapan cada vez que evocamos un momento vivido, un suspiro, un gemido que te asalta desde el desván de la memoria, y esto no es poesía, solo rima exasperada en que me tomas por la espalda, una vez, de una vez por todas, con expresiones cinematográficas pero sin grandes aspavientos. Intuyo tu presencia, su recuerdo, la reconstruyo minuciosamente en los ratos muertos, en las penumbras regaladas en las que tus dedos no tienen el permiso para atravesar blindajes. Te resumes en un soplido, en vello erizado, en líneas tangentes que me liberan, en curvas que me subliman. Nunca me han dibujado mejor el fondo del alma. Nunca me habían arañado mejor las palabras de los ojos. Nunca el púrpura profundo de la carne había brillado con tal intensidad. Pero esto no es poesía, ni prosa hiperbólica, ni escritura mecánica, irreverente. Son el resumen de un canto ancestral, más antiguo que la carne misma, que exige que el placer sea aplacado con un sacrificio de sangre. Déjame ser tu altar, tu torrente de palabras enardecidas cuando no hay nada que decir porque nos rezuman los sentimientos por los poros. Déjame ser cincel, déjame ser la piedra sobre la que dibujar, y tú serás siempre el dibujante. Prometo no moverme. Prometo estar quieta y reducirme a un solo nervio, que aguardará expectante el golpe de gracia para la inmortalidad caliza. Prometo que seré solo labios, ojos cerrados y rasgos difusos por una cortina de humo intenso. Seré solo labios que pidan a gritos ser vaciados, labios que tracen el camino por el que te recorreré descalza, sin atajos, hundiéndome por fin, una vez, de una vez por todas, en tus arenas movedizas.






2. Calma chicha.

Esta mañana es sueño pesado y suavidad de besos por la proa tras el fragor de una batalla voraz. Hasta la saciedad, hasta esta calma leve y dulce de un despertar compartido. No puedo dejar de reinventar tus mil ángulos, de descubrir lugares nuevos y marcarlos a fuego, a dentelladas, de izar banderas de guerra para combates enloquecidos en el limbo entre tu cadera y tu sexo. Cartografías de la distancia, de mis dedos buscando debajo de tu ropa los bordes del deseo reducidos a una rosada punta diminuta, inabarcable. Tempestad toda la noche y ahora calma, la calma de sentir el vacío que has dejado en la trinchera de mi vientre, cañón ígneo y ávido de explosiones, ausencia de olas y confusión. No se dónde termina mi cuerpo cuando te tengo dentro. Ojalá pudieras saber lo intenso que es perder la noción de tus fronteras, el milagro femenino de ser contenedor de amor, de un amor tan intenso e infinito que se desborda en las orillas de mis labios con un gemido húmedo y salado. Soy como el mar, impredecible, y necesito un ancla en tierra firme- en carne firme pero que ceda ante mis envites hambrientos, una tierra generosa y agradecida que me deje beber de sus manantiales, nutrirme de ella como un naufrago sin rumbo que haya salvado la vida gracias a la tenacidad de su deseo de sobrevivir. Sobrevivir a las inmensas olas de tempestades pasadas para encontrar, por fin, en la calma chicha, tierra firme.



















3. Eclipse.

En el piel a piel, dejo de ser épica. En ese momento en el que pierdo toda la literatura, todo el misterio y me vuelvo transparente, puedes acercarte y dejar de tenerme miedo. Se que quemo aunque te diga lo contrario, se que quemo a mi pesar y lo que menos quiero es tiznar tus alas de desencanto. Pero hay un momento seguro, que dura solo un instante, el único minuto liberador en el que dejo de pensar, en el que estoy incapacitada para nada que no sea sentir intensamente cada centímetro, cada segundo de polvo de estrellas. Las ataduras del pensamiento discursivo, la cohesión, la coherencia, los miedos y las frustraciones se diluyen en acordes de música de las esferas, en anillos de saturno, y en cráteres lunares. Es un fenómeno luminoso y deslumbrante, que ha dejado ciegos a unos cuantos. Fantaseo a veces con la idea de salir fuera de mí para observar la transubstanciación nebular de la que soy víctima. Detener el tiempo un minuto para poder ver como la luna se cruza sobre mi cara, y nubla mis ojos, y lo deja todo a oscuras, y muero un poco. Ese minuto en el que se descorren las cortinas, en el que no puedo ni pensar porque soy solo cuerpo, es el que te concedo para llegar a donde piensas que no puedes, Ícaro, porque el sol que temes que sea, pudiera derretirte.


Texto agregado el 22-06-2007, y leído por 2780 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-04-05 09:57:17 Claro que es poesía, a pesar de que insistas en negarlo, y tal vez por ello debiera gustarme menos que otros de tus textos, pero ya no es que las imágenes tengan una fuerza obscena o que el ritmo tenga una cadencia que atrape. Es sincerho, honesto y lúcido. Me gusta especialmente el eclipse en el que dejas de ser épica. Tanta felicidad y plenitud suelen traer textos terribles, y el tuyo lo es, pero en otro sentido. Me ha gustado mucho, como siempre, y me alegro de seas tan feliz. LeoMendoza
 
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