Temporada de Muertos / José Julio Llanas
“Los muertos también tienen su temporada”, eso decía tu tía Herculana Zetina.
- Es como todo mijito, como cualquier negocio. Pero desgraciadamente aquí no funciona mucho la publicidad. No puedes montar anuncios en la televisión con un slogan así: “¡Muera con nosotros. Muera mejor!”, o por ejemplo, “Funerales Zetina: la paz eterna de mejor calidad”. Los meses de más demanda son en enero y febrero: el tiempo de frío, por eso, el resto del año tenemos que ir de cacería. Un negocio de comida no tiene temporadas, siempre hay clientes mijo, pero la ventaja de trabajar un negocio de servicios funerales, es que con una sola muerte ganas muchos billetes y el cliente no te molestará cuando lo estás preparando para el féretro. ¡Ay mijo! Los muertos son tan tiernos.
Lo que no sabía tu tía es que en publicidad todo se vale. Todo esto recuerdas mientras permaneces ahí de pie, sobre esa enorme barda, observando el horizonte de ese pueblucho que te ocasiona una cierta náusea al ver sus “deplorables calles llenas de patéticas viviendas habitadas por sus paupérrimos pueblerinos que cargan sobre sus hombros sus muertes latentes” (la frase de tu tía). Por un lado, eso fue lo que te detuvo cuando quisiste salir para residir en la ciudad. Lo pensaste bien. En la ciudad hubieras ido a probar suerte y te decían que allá lo que reinaba era la competencia. Aquí no tenías que competir con nadie. Cuando Herculana te invitó para que le ayudaras con el negocio de manera más seria, la funeraria estaba ya bien establecida. La muerte de su esposo la puso en una situación difícil, ella sola no podría seguir al frente. Pero lo que a todas luces te convenció de manera definitiva, fue cuando una noche, tú tía no aguantó más la atracción que le provocabas, te sedujo y te hizo el amor sobre aquella mujer muerta que juntos estaban embalsamando. Ver el cadáver desnudo ocasionaba en ti una excitación morbosa que te transformaba en una bestia sexual que desconocías.
Y ahora, de pie sobre la barda de la represa, miras el cielo esbozado sobre el agua, las nubes que titubean su reflejo, el sol y su mojada luz que te golpea el rostro y lo recuerdas una vez más. Era en la cama cuando juntos planeaban estrategias para aumentar la utilidad de la funeraria. Y cada estrategia les redituaba el doble de lo que habían calculado. Lo difícil era contabilizar el dinero, pues al momento del conteo, la señora Zetina empezaba a intercalarlo con besos cada vez más apasionados y terminaba desvistiéndote y montándose sobre ti.
Una de las estrategias consistió en acudir a las oficinas de la clínica geriátrica recién inaugurada por el alcalde. Ahí ofrecieron los servicios funerales al encargado del lugar, prometiéndole una comisión por cada muertito que les mandara. Muy buena estrategia pues después de aquello, curiosamente aumentó en el nosocomio el índice de mortalidad, el trabajo repuntó, las ganancias se fueron por las nubes y dicho sea de paso, el encargado de la clínica pudo por fin construir su casita y comprar su auto último modelo, entre otros beneficios.
La idea del segundo plan era lanzar una campaña publicitaria agresiva y “locochona” con la frase: “Lleve dos servicios funerales por el precio de uno”. ¡Cómo pegó!. Muchos clientes buscaban al segundo muertito para aprovechar la promoción. Tu tía y tú no se daban abasto para atender la demanda de servicios. Comenzaron a contratar personal y abrieron una sucursal al norte del pueblo. Pero lo que no te gustaba de la señora Zetina, era su desmesurado afán por controlarlo todo. Tenía con lupa sus ojos puestos sobre todas las entradas y salidas de dinero, tu tiempo y el de los empleados, las llamadas telefónicas, las entrevistas de negocios, mas sin embargo, no veías una justa compensación económica de tu trabajo que implicaba demasiadas responsabilidades. Y de pronto se te ocurrió pensar en ti. En tu futuro. Y en encontrar la forma de llevar a tu bolsillo un extra que en verdad reflejara la paga a tu enorme labor dentro de la funeraria. Así que ni tardo ni perezoso entre el ir y venir de tanto billete, algunos se te quedaban pegados en las manos y conseguías notas y facturas para justificar su desaparición.
Sigues ahí, de pie con la mirada perdida. Respiras hondo como para liberarte de los últimos resquicios de la sombra de Herculana. Ahora que te has quedado como dueño absoluto del negocio, crees que es necesario llevar a cabo un programa de crecimiento de verdad contundente para de ahí volar a la ciudad a seguir expandiendo la empresa. Has oído que en la gran ciudad ha aumentado la delincuencia, la inseguridad, las ejecuciones, la muerte. Campo fértil para la inversión de capital.
Cuando la tercera estrategia ya estaba sobre la marcha y los billetes fluyeron a las cuentas bancarias como nunca antes lo habían hecho, Herculana comenzó a sospechar algún desvío de recursos de parte tuya, sin embargo no encontró forma de comprobarlo. A partir de ahí, la desconfianza fue la barrera que los alejaba cada día más. Entonces tener sexo alguna noche sobre algún difuntito era ya una inercia fría que no llevaba a ningún placer y en un intento por innovar, le propusiste a la señora realizar la fantasía que desde hace mucho tiempo anhelabas y comenzaron a incluir al cadáver en turno dentro de sus actos sexuales, sin importarte si era de hombre o de mujer. Al final, como un patrón de conducta ya establecido, terminaban en discusiones y enojos al sacar a flote el tema del dinero.
Tienes una sensación ambivalente: Por un lado sientes alivio al no tener más sobre ti el yugo de tu tía, pero por el otro la culpa te pesa por momentos como una montaña asfixiante, te hace vacilar.
De pie sobre lo más alto de la represa, tienes una vista panóramica de Taráncuaro. El pueblo asqueroso que ha sido para ti “la gallina de los huevos de oro”. “Mi gallinita”, así decías al referirte a Taráncuaro. Levantas los brazos, orgulloso, pues Funeraria Zetina, gracias a ti se convirtió en una empresa sólida. Sana. Y muy viva. Y llegaste hasta el punto de que al ir por la calle, la gente te señalaba con admiración y respeto diciendo: “Ahí va don Francisco Beltrán, el director de la Funeraria”. Frente a ti pasan las imágenes de todos los hospitales visitados, incluyendo el de los dos poblados aledaños. Los rostros de los administradores que ganaron su comisión por mandarles muertos. El recuerdo se detiene con la imagen de aquel funcionario de gobierno, el secretario de Salud. Lo difícil que fue convencerlo para sustituir por placebos las vacunas que eran enviadas a los centros de salud. Y cómo al final cedió ante los atractivos números de la tercera estrategia.
Ríes. Suspiras y das un sorbo al cigarro. Después de fajarte, te abrochas el cinturón. Hace unos momentos la discusión había estado muy pesada, y muy ofensiva. No podías entender cómo es que la mujer, tu tía, a la que le habías hecho el favor de hacerla feliz al darle sexo en los últimos días de su vida, podía ser contigo tan malagradecida? No lo puedes entender. Tomas aquellos recipientes. Echas un vistazo al agua pura por última vez. Abres aquellos contenedores y uno por uno, dejas caer lentamente el líquido sobre la presa. Si te viera hoy la señora Zetina ante el primer paso en la puesta en marcha del plan número cuatro, de seguro se sentiría muy contenta, pero no te puede ver porque ahora mismo se sumerge boca abajo, desnucada, dentro del agua enrojecida, sin más servicios funerales que haberla hecho tuya por última vez.
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