De rato en cuando se le escapa entre sus dedos, no se puede sostener. El amor se aferra a sus manos y sus manos se cierran en puño para agarrarlo por los pelos, la solapa de la elegante camisa o para prenderse del desfondado bolsillo del pantalón.
De rato en cuando se le escapa la triste mirada que ya varios años lleva como marcada en la piel, se desvanece mostrando la verdadera fuerza que aún vive calentada a fuego lento para no gastarla en chamuchinas o cuestiones sin valor.
De rato en cuando se ve que camina en un laberinto sin salida, saludando a fulano, sutano, mengano y perengano; sin embargo, anda con el sabor dulce-amargo de amar sin convenserce de lo posible y tantear la suerte de lo nuevamente un tanto etereo, un tanto físico, un tanto dulce, un tanto de riesgo, un tanto feliz y mas de un tanto de soledad.
De rato en cuando se le escapa una carcajada de pura felicidad, eso es cuando el amor logra sostenerse y subir con no poca dificultad, nuevamente a sus manos y las manos lo agarran, acarician y abrazan, lo miran y lo cuidan, resbalando una lagrimita solitaria y peregrina que le dice lo bien que se siente tenerlo entre las manos.
De rato en cuando vive, de rato en cuando muere...
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