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SIMULACRO DE LO ABSURDO
SIMULACRO DE LO ABSURDO
Un día cualquiera es un día como hoy; un lunes geométricamente igual a otros lunes, encajonado dentro de los muros de mi habitación. A las cinco en punto de la madrugada, mi viejo y fiel reloj despertador, me vomitó su intermitente alarma infernal en las orejas, hasta que el ruido se desbordó de éstas, como un río de agua fría entre las sábanas de mi cama. Esta vez, de nada me valió tratar de asestarle el acostumbrado puñetazo silenciador, pues, a sabiendas de mis arrebatados despertares pugilísticos, la noche anterior, había previsto salvaguardar su mecánica integridad, colocándolo lejos del alcance letal de mis manos.
Habiendo reconquistado la habitual callada atmósfera de mi alcoba, caminé cansino y remolón rumbo al baño, para darme un frío duchazo despabilador, y correr inmediatamente después a vestirme, con mi típico y almidonado traje de combate urbano. Media hora más tarde, me hallaba en la autopista conduciendo mi coche, sin otra cosa en la cabeza que los asuntos deleznables del trabajo.
No lo vi. Juro que no. No logro comprender cómo y de dónde se apareció; y, aunque llegué a pisar el pedal del freno, nada pudo evitar que siguiera arrastrándolo por un par de metros más, antes que el automóvil se detuviera del todo.
Despegué lentamente las manos del volante y, mientras abría la puerta del coche, rogaba porque se tratara tan solo del encuentro fatal, con algún infortunado ciervo de la reserva forestal cercana.
Palidecí como un albino. Las piernas se me entumecieron y el estómago se me pasmó cuando por fin pude verlo. Estaba hecho pedazos bajo las ruedas de mi coche, y no se trataba de ningún cuadrúpedo rumiante, sino del cuerpo exánime de un hombre. Su sangre se contrastaba sobre el gris uniformado del asfalto, con una reverberación macabra; desparramándose a borbotones, iracunda y virulenta en torno a mis zapatos, como pretendiendo cobijarse en nueva vida o queriendo manchar a su asesino.
Más adelante, en la autopista, un pequeño camión blanco se hallaba estacionado, a un lado de la vía. Sus dos puertas traseras estaban abiertas de par en par. Pronto, dos graciosos hombrecitos vestidos con traje y delantal de panadero, descendieron raudos del vehículo. Uno de ellos poseía un fino bigote rococó y usaba una ridícula gorra de chef. Éste, no se cansaba de vociferar humillantes insultos contra su mancebo acompañante, quien aparentemente había estado viajando en la parte posterior del camión de repartos.
Apesadumbrado y con el rostro estragado, el bigotudo panadero se acercó hasta mí, después de haberle echado un vistazo desconsolador, a los guardafangos de mi coche. Por un instante, se me quedó mirando fijamente de una forma amenazante, con esos achinados ojos azules y sollozos que lo definían. No pasó mucho rato, antes de que se quebrara; y resignado enterró su cara deprimida, en mi hombro, para ponerse a llorar, por la pérdida irreparable de su muñeco de chocolate y mazapán, relleno de un rico caramelo líquido rojo.
Texto de FENIXABSOLUTO agregado el 29-06-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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