Perdido en sus pensamientos, Alfred Lucchetti miraba y giraba su globo terráqueo. Tomando varios dardos, los arrojó a este. Era un hombre rico, que trabajaba demasiado. Pensaba que su vida le faltaba ilusión y alegría, no sabia por donde empezar, sentía un gran vacío, sólo quería desaparecer para descansar y dejar de pensar. Volvió arrojar ensimismado un dardo, y cayó en la cuenta que había atinado tres veces en el mismo sitio.
Examinó donde había acertado y anotó en una hoja las coordenadas. Tuvo el presentimiento que en aquel lugar, encontraría respuestas. A la mañana siguiente, encargó a su asesor sus asuntos económicos, empacó su equipaje, tomó un barco y cruzando el Atlántico se encaminó desconociendo el motivo de su búsqueda.
El hombre de elegancia desenfadada y a la vez refinada con un aire desenvuelto apoyado en la barandilla, observaba el mar. Hablaba español y sabía que no tendría problemas para encontrar aquel sitio. Cuando desembarcó, consiguió un mapa y ubicó el lugar. Era un pueblo muy pequeño, llamado El Encanto.
Al principio no lo pudo hallar porque muchos no conocían aquella aldea, pero como preguntando se llega a Roma, halló información. Un anciano que pedía limosna le dijo que se trataba de un aburrido pueblo entre las montañas. Su único acceso es una vieja carretera comarcal. Quizás en otra época fuera un lugar importante porque algunas de las casonas tenían escudos de armas encima del portón principal, y en otras se podía ver restos de inscripciones en castellano antiguo, sin embargo, Alfred no se dejó desanimar. Tomó un tren, hizo una travesía en una embarcación de remo muy estrecha, luego en un viejo camión, después en la parrilla de una bicicleta de montaña, y por último en un autobús de colores. Recorrió la región, esta tenía una montaña con forma de perfil de indio, eso le recordó al típico aborigen que enseñaban en las escuelas, con plumas en la cabeza, lleno de pintura en el rostro e imponente. Entonces confirmó su impresión de que aquel lugar tenía algo mágico.
Caminando por la aldea, pasó por una casa donde había un horno de barro que humeaba y una mujer con una escoba en la acera. Josefina, quien barría cada mañana a las siete en punto saludó al viajero. Este le preguntó por la montaña, Josefina le indicó el hogar de Ásael, el hombre joven con el don de la sabiduría, y quien conocía mejor la ruta.
En casa de Ásael, el turista exclamó su interés en subir a la montaña y ambos se marcharon montados en un asno. En el camino, Ásael le comentaba que lo que se experimenta al subir una montaña no es solamente la satisfacción de haber conquistado una cima, es, sobre todo, el haberse vencido a uno mismo, pasar por encima del dolor, del cansancio y saborear esa sensación de llegar, de fundirse con la montaña, con el viento, con el silencio, con la soledad.
Alfred confesó que su viaje tenía como fin encontrar respuestas a su vida y Ásael teniendo el don de la sabiduría podría otorgárselas. El joven dijo: -No hay respuestas mágicas en la vida, ni todo se resuelve preguntando a un supuesto ser que es el que mas sabe, especialmente cuando se trata de saber de nosotros mismos, lo importantes es enfocar la atención en lo que deseas. Si dejas que tus temores te obsesionen, éstos te abrumarán.
Ásael, manifestó al viajero, que en la montaña se encontraba el miedo, pero el miedo está siempre presente, es una cosa que se puede superar y en ello radica la vida, en enfrentarlo.
Continuará… |