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Inicio / Cuenteros Locales / roggeralzamora / Amor Pagano (fragmento)

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:298922]

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Cinco años que la conocía y de ellos, tres que no la veía. Bastó ese tiempo para que pasara de los sosos diecisiete a los temibles veinte. Ahora estaba hecha un monumento. Líneas de perfección en su silueta, los dientes blancos y relucientes, los ojos calientes como una lengua. Hecha una elegante dama, de costumbres refinadas. De estilo propio o ajeno, pero estilo al fin. Bastaba mirar sus pantorrillas para saber que lo que venía más arriba. Mas, los cinco años que habían transcurrido sólo en los campos de la amistad más saludable se tornaron en inquietud, después de aquella mañana en que la casquivana mujer de su amigo trajera por los suelos su planeada cita del viernes por la noche. Por supuesto había que reparar con el chino los estragos de la asonada. Y a puro vino tinto y seco.
Con las piernas flaqueándole aún en sus sueños, y los necios olores de aquella posesiva mujer que le había mordido en los más obscuros intersticios y le había dejado un satisfactorio dolor general, la irreductible sed lo despertó a las seis y media, con la cabeza estallándole. Y pese a que hubiera querido dormir por siglos, se tuvo que levantar para paliar la resaca.
Y allí mismo, en desventaja, decidió meterse en la ducha para estar presentable, aunque ojeroso, frente a la ex-niña, quien lo había retado a mirarla como mujer. Se alistó con un pantalón blanco y una camisa blanca con rayas verdes, para dar gusto al enorme sol que ya se avecinaba.
La encontró lavando su auto. No había perdido las costumbres de hacer por ella misma lo que otros podrían haberlo hecho, con absoluto placer. Era un Peugeot metálico muy bien cuidado. Ella estaba en shorts amarillos, con la piel tostada hasta la medida. Llevaba una vieja chaqueta color palo de rosa con estampados indescifrables y andaba preocupada en asir la esponja que excedía su mano y que se le escapaba con la espuma. También su casa había cambiado. Ya no era de una planta sino de tres. Imponente, de perfecta sinfonía entre el ladrillo y el cemento y los helechos que colgaban como verdes cabelleras. Cuánto había cambiado, desde aquellos tiempos en los que se amanecían sentados en la sala, hablando y hablando.
En esos tiempos su casa era sobria, de austero decorado. Ahora ya no. Las enormes ventanas habían sido armonizadas con enrejados probablemente toledanos y techo a dos aguas, con chimenea.
Se había detenido en la esquina de enfrente para mirarla y entrar en cuenta de lo que había pasado en tres años. El parque, donde llevaban a pasear a su perro, estaba magníficamente lleno de flores de colores, senderos animosos y bancas relucientes. Los ficus habían tomado edad para hacer sombra.

Por fin decidió acercarse sintiéndose estúpido con el traje demasiado formal que llevaba. Ya en el autobús se había sentido así. No era el momento para ponerse aquella ropa de vestir cuando el dolor le cincelaba el cerebro y el tufo a alcohol le salía por los poros. Pero ya estaba allí y para apurar el expediente dijo hola, desde lejos.
Su voz sonó hueca. Menos mal, pues ella no lo oyó.
Salía una melodía desde el interior del auto. El día estaba hecho una finura de relucientes tonos, por todas partes. Como todo domingo que se respete, la gente salía de sus camas rezongando e iba por el pan ataviados con desfachatez.
Ella seguía limpiando el interior del auto. En efecto, se le vieron los primeros rasgos de una decidida madurez. El impresionante contorno de su derriere, el escaso grosor de su cintura y las tostadas piernas que se ocultaban de tanto en tanto, conforme iba adentrándose en el auto.
Con el dolor perturbando la ensoñación él se aproximó definitivamente.
-¿Puedo ayudar acaso? dijo lo suficientemente claro para la distancia, pero sin tener la más mínima gana de ayudar.
Ella se revolvió y pronto estaba ya de pie, sonriendo.
Asimismo, tal y como lo había temido, se la quedó mirando, absorto e impresionado por lo que veía. Tenía el cabello recogido pero encajaba exactamente con su tostada belleza.
-Me dejaste plantada. Ni siquiera debería dirigirte la palabra, menos aceptar tu ayuda, dijo con el mejor de los gustos y mostrando absolutamente todos sus ángulos.
Se dieron un beso en las mejillas. Él la tomó por los hombros.
-Tienes razón, tendré que conocerte de nuevo. Ya no eres la niña de antes, pero no sé bien cómo puedo llegar a conocer algo tan exquisito.
-Tú has nacido con ese don –dijo ella sin dejarse intimidar- Si me sigues mirando así, sentiré que ya no tengo secretos.
Sonrió con la frescura de la mañana.
Para él en cambio, el dolor de cabeza se extendió por todo el cuerpo.
-Voy a casa de mi padre, dijo ella. ¿Me acompañas y aprovechamos para conversar?
-No esperes que diga que no- respondió dejándola recoger el aspirador.
Poco rato después estaban volando por la autopista. Ella, muy segura tras el volante, le siguió reprochando el plantón. Qué ganas de contarle la verdad, pero había que mentir. No era buena tarjeta contarle que se había dejado tomar por la ex mujer de su amigo, por más ex mujer que fuese. Así es que le dijo sólo la parte del reventón con su amigo, el chino. Ampliado y corregido.
Ella, que se había duchado, ahora estaba de falda amarilla de lino. Sus muslos bronceados sólo se insinuaban lo suficiente. Sus sandalias blancas jugaban con el freno, el embrague y el acelerador. Una blusa blanca, sencilla pero delicada dejaba ver debajo algo de color, que ella llevaba con soltura. En el ojal donde había recalado el primer botón, allí donde asomaba el busto, se lucía autosuficiente una medalla de oro.
Mientras hablaban de lo transcurrido en los últimos años, de tal y cual, del antiguo barrio común, de sus hermanas, de sus padres, de los amigos y de los estudios, él la observaba. Bendita velocidad, que no le permitía a ella descubrirlo.
Le pidió por favor que le alcanzara sus lentes de sol. Y cuando se los puso, no sabe él por qué ya no pudo mirarla detenidamente.
Llegaron hasta donde su padre.
Él no quiso bajar del auto, mírame las fachas.
Le tomó diez minutos salir otra vez. No había duda, era toda una mujer. Segura, distinguida, con un talante distinto al que tuvo apenas tres años atrás.
-¿Tomamos desayuno por acá cerca? preguntó.
-Me voy de cobranzas- respondió él sin ánimo de desayuno, sino de escabullirse ya.
La curiosidad se había vuelto temor.
-¿A dónde? Inquirió de inmediato.
-A Cañete, dijo él por decirlo nada más.
-Déjame recoger unos encargos y podemos irnos hasta allá en mi auto.
Eran dos horas. Ella lo sabía muy bien. Pero ese no era el problema. En realidad él nada tenía que cobrar allá.
-Iba a irme a la playa con Cecilia, dijo ella suelta de huesos, pero prefiero irme contigo. A ella la veré todos los días.
Los encargos se recogieron al filo de las nueve. Y de pronto el poderoso Peugeot tomó la Panamericana sur y fue escapándose de Lima. Tocaron su música. La de sus recuerdos, la de sus fiestas, la de su edad. Él criticó de buen humor algo de lo que no servía, pero no logró hacer mella.
Bajaron a desayunar chicharrones a la altura de Mala. Él deseó que no fuera cierto, pues cada cierto rato le venían náuseas y lo menos apropiado era comer. No hubo acuerdo. Ella pidió una gran porción de chicharrones de cerdo, con abundantes panes y café.
Él empezó por el café y no pudo desairar el enorme sánguche que ella le alcanzó, mirándolo a los ojos. Come por favor.
Frente a frente, él recién pudo ver el borde de su ropa de baño, cuando el breve escote se abrió. Ella lo descubrió y con una sonrisa redentora lo eximió de culpa.
Ya de regreso al auto él se las vio con el inevitable malestar que se venía. Y capeó el temporal sacando la cabeza por la ventana, para que la brisa lo oxigenara. Ella, mil veces feliz, reía sin fin, con los lentes retirados sobre el cabello. Estaba hermosa. No había lugar para arrepentirse, ni para preparar el pretexto de las cobranzas imaginarias. Estaba hermosa como el día.
Cinco años atrás era una niña que, es verdad, mostraba una previsible belleza, pero que no logró cruzarse en sus pensamientos ni menos alborotar sus hormonas. Sólo se dedicaban a compartir. Inocentemente.
Dos horas más tarde la travesía llegó a su final, cuando arribaron a Cañete. ¿Y ahora, a quién cobrar?
Le dijo que se estacionara en la calle principal, atestada de gente.
El sol quemaba como la vergüenza. Pero la vergüenza se tendría que disimular. Hizo como que fue decidido hacia un bazar. Hizo también como que entraba con autoridad. Y desapareció dejando la sensación de la certeza. Dentro ya, se dedicó a mirar sin ver. Y a escudriñar por entre los aparejos si por desventura a ella se le ocurría entrar también.
Nada. Calculó el tiempo en que se convierte en fallida una cobranza. Frunció el ceño cuidadosamente y con un malhumor exagerado hasta para sí, salió haciendo, finalmente, un mohín de disgusto y enseguida otro de resignación.
Ella casi transpiraba.
-Esto es una olla hirviente. Detesto el verano.
-No lo parece, estás completamente veraneada. Eso creo.
Ella se puso roja. ¿Qué fue eso? Pero él magistralmente salió airoso, con una invitación para almorzar.
-Está bien, pero ¿sólo ibas a hacer una cobranza?
Cierto, la mentira tiene patas cortas.
-Claro que no, pero la siguiente cobranza será luego del almuerzo. El tipo sólo se encuentra por las tardes.
Está más bella ahora que los calores se le han subido a la cara. Ya provoca faltarle el respeto. Ponerle las manos en esas marrones piernas que se interrumpen con la minifalda amarilla. Ella juega con la mirada hasta que un mechón negro se escapa y se interpone entre sus ojos.
Y es entonces que decide salir del sofoco y abrir la puerta.

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Texto agregado el 29-06-2007, y leído por 60 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2007-09-08 17:41:06 ¡Ja! La niña se las trae. Me gustó tu historia, y coincido con los demás en que amerita continuarla. Un saludo. galadrielle
2007-07-27 07:25:42 Oh necesito la continuación.... Está muy bueno, y bien logrados los personajes. Saludos y mis estrellas banales ^^ Seifer
2007-07-24 13:20:46 Excelente historia.****** lagunita
2007-07-20 03:33:10 Muy buena historia, debes continuarla. Esa niña te lleva de las narices y me gustaría saber como sales a flote.***** tequendama
2007-06-30 05:45:28 Es buena la historia, narrada a manera de no querer dejar la lectura, muy interesante, me encantó eso de que ... "Está más bella ahora que los calores se le han subido a la cara. Ya provoca faltarle el respeto. Un placer leerte***** gfdsa_elisa
2007-06-30 01:35:59 Ay...la inocencia del pseudo-cobrador! Cuando ella subió al auto ya sabia que la segunda cobranza la elegiría ella. Hasta ruborizándose, para aflojar las ropas a tiempo y que el cobrador no desista y tome la carretera rápida para la vuelta***** monica-escritora-erotica
2007-06-30 01:10:51 Mi querido señor, me atrapó su amor pagano y me dejó con ganas de más. Muiy bien redactado y de excelenre cadencia, los personajes claros y perfectamente queridbles, muy bueno. Cariños y paz. RB roseblack
 
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