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Inicio / Cuenteros Locales / Claraluz / Diario de una cámara

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Víctor es un joven fotógrafo embarcado en la aventura más intensa de su vida. Su metro ochenta de altura y su poblada cabellera negra sintonizan con el aire bohemio de su profesión y con el alma inquieta y espíritu inconformista con los que nació.
Desde niño siempre le gustó ver la vida a través de sus propios ojos, experimentar en primera persona todo lo que acontecía. Por eso no extrañó a nadie que un día quisiera hacerse fotógrafo, ni que otro día cambiase el objetivo de unas modelos por cruzar un camino de solidaridad.
“Vivimos en un mundo sacudido por la miseria y la violencia”. Esa es la frase con la que comienza su “diario de guerra”, hoy nos quiere transmitir las impresiones sacadas de tres lugares muy distintos.

Cuando visita un viejo barrio de Latinoamérica, su conciencia se siente abordada y sacudida. Mientras realiza su trabajo se cruza en el camino con un señor que le mira con desconfianza.
- Buenos días- saluda Víctor- ¿Cuánto hace que vive aquí?- pregunta a un señor de mediana edad-
- Toda mi vida- responde él-
- ¿Tiene familia?
- Esposa y cuatro hijos. Esa es nuestra casa- dice mientras señala una diminuta chabola-
Víctor no se asombra, ha visto que todas las casas del lugar son así, están abandonadas de toda civilización. No cree ni que tengan luz corriente.
- Yo soy fotógrafo, no se extrañe de que tome tantas fotos ¿Cómo se gana usted la vida?
- Ahora estoy en el paro, no hay mucho trabajo por aquí-
- ¿Tienen ayuda del Gobierno?
- ¡Qué dice! Ellos no quieren ni mirar para estas calles.
La pobreza se respira en el ambiente. Unas calles sucias y llenas de basura, bolsas apiladas y niños descalzos que juegan sobre ellas.
Él no deja de tomar fotos

Cuando aterriza en un pequeño pueblo de Asia, es consciente de que se trata de un lugar de pobreza extrema donde predomina el tráfico entre personas y donde la miseria recobra intensidad.
- Disculpe, señora ¿Usted vive aquí?- pregunta a una señora entre tantas que ve en la calle-
- Si, toda mi familia es de aquí. Aquel es mi padre- dice señalando a un señor de mediana edad que va cruzando la calle totalmente encorvado y con dos cubos en sus manos. Es muy delgado, tiene toda la espalda deformada, no puede erguirse y unos coches le tocan el claxon.
- No hay muchos coches por aquí.
- Así es, la gente va a pie a todos lados.
El grito de un niño interrumpe nuestra conversación. Le saluda a lo lejos con la mano.
- Ese de ahí es mi hijo, dice con orgullo. Disculpe, me está llamando.
- Muy bien, vaya. Y gracias por todo.
El fotógrafo mira para él y plasma la escena. El niño no tendrá más de ocho años y trabaja en una fábrica de hierro. El objetivo alcanza a fotografiar el momento en el que con el hierro caliente está forjando una sartén, mientras que otro niño a su lado trabaja con el cartón y unas sogas que corta con una peligrosa cuchilla.
El sonido de un acordeón lleva a Víctor hasta otra calle, allí encuentra una niña.
- Hola- le dice él.
- Hola- responde ella con timidez- ¿Puede dejar algo de dinero en mi saca?
- ¿Qué edad tienes?
- Nueve años- responde la niña-
Es rubia tiene la cara sucia y está mal vestida y peinada.
- ¿Y qué haces con ese acordeón?- le pregunta Víctor-
- La gente que puede me deja unas monedas en la saca. Yo no sé tocarlo- dice en un arranque de sinceridad bastante obvio- pero se abrir y cerrarlo y con ello hago este sonido.
Él le echa todas las monedas que tiene en el bolsillo sin dejar de fotografiarla.

En la siguiente página de su diario aparece un nuevo destino; África, donde la violencia y emigración masiva se han convertido en una plaga.
Aterriza su cámara en un pueblo violento donde muchos han emigrado, aunque ya no encuentran un lugar seguro. Están siempre en guerra.
Los niños desde muy pequeños juegan en las calles con armas hechas de madera, como auténticos profesionales.
En el barrio ha llegado la exterminación del SIDA y muchos ciudadanos mueren a consecuencia de la enfermedad.
Los niños recorren a pie las calles como si en este pueblo en guerra sólo pudieran jugar a matar.
Víctor se para a fotografiar a unos pocos que llevan armas de verdad. Dispara sus fotos mientras ellos en posición dirigen sus armas hacia él. No tendrán más de cinco o seis años.

Lo mejor de su “diario” son las fotografías, sin duda. Sabe plasmar como nadie el alma de las personas, sabe ver más allá de su objetivo y calar hondo. No deja escapar ningún detalle y exalta la verdadera historia. Conocedor de que una imagen vale más que mil palabras, no escatima en cantidad.
Sabe que sólo es un resumen, tres pequeñas representaciones de un mundo sacudido por la miseria y violencia. Es la punta del iceberg pero lo suficientemente importante para ver que hay gente en medio de la desesperación más absoluta que no pierde la templanza ni la generosidad. Y ello es todo un ejemplo de lucha y compromiso para los que tenemos la suerte de ver el lado afortunado de esta historia.


P.D: Este cuento es un homenaje y guiño de ojo para Hernán Zin, por su iniciativa, profesionalidad y buen hacer.

Texto agregado el 30-06-2007, y leído por 85 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2007-08-24 04:17:29 muy bello homenaje , como hombres hormigas que q andan dandole a la vida hombrenuevo
2007-07-19 20:26:07 Siempre he considerado un buen texto a aquellos que hacen llegar imagenes que nunca he vivido mientras los leo. A mi la literatura me emciona por eso. Felicidades... tu logras transmitir a los demas esas sensaciones. Al chico del buen hacer mi homenaje tambien. mundoaparte
2007-07-04 18:41:19 Has plasmado con palabras imágenes perfectas. La fotografía, es capaz de congelar la realidad que sólo unos cuantos son capaces de ver. Mis 5*s anyglo
2007-07-04 08:11:43 Buen relato de una triste realidad. 5* astigitana
2007-07-04 03:37:39 Tristeza vestida de esperanza, sin dudas, es lo que brota de tu pluma. Admiro tu sensibilidad. peco
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