Considero que la comunicación es un factor influyente y determinante en la difícil tarea que puede resultar la tolerancia entre los seres humanos. Tal reflexión la he aprendido de la cotidianidad, de simples y hasta de incomodas experiencias vividas, las cuales, miradas hoy en retrospectiva, han sido favorables, ya que me han capacitado para entender y aceptar a otras personas, tal y como son.
No existen formulas mágicas para ser aceptado o para aceptar al prójimo; no obstante, se pueden dar certeros pasos en el arte de la tolerancia, al cultivar valores tan comunes y trillados pero tan relegados a la vez, como lo es la comunicación.
Hace cinco años recién llegado a la Capital de la República tras el sueño americano al estilo criollo, fije residencia (alquilado) en un apartamento de un amigo en una zona de clase media. Nunca tuve ningún tipo de problemas con mis vecinos durante mi estancia allí. A decir verdad, fueron pocas las veces que me cruce con alguno de ellos en el ascensor, las escaleras o cualquier pasillo del edificio de cuatro pisos que nos agrupaba en aquel condominio común.
Durante dos años no supe los nombres o apellidos de los ocupantes de aquella residencia, tan solo un par de apellidos grabados en dos apartamentos: Flia. Martínez y Flia. Colmenares. Nada más. El resto, es decir 13 apartamentos, me eran totalmente desconocidos.
De manera pues que al no saber siquiera con quien convivía, menos podría tener puntos de discordia o inconformidad por tal o cual cosa. Cada quien en su espacio y en su mundo de 80 metros cuadrados.
Luego de grandes esfuerzos y sacrificios, logre junto con mi esposa adquirir un apartamento de una zona de menos prestancia y de mayores oportunidades para palpar con mis propias manos la realidad Caraqueña, que en definitiva, era, es y será, una realidad de país.
En este nuevo habitad y sin disponerme a ello, conocí rápidamente gran cantidad de personas. Luego de vivir entre 15 familias desconocidas y sin el más mínimo interés hacia mi núcleo familiar, mi esposa y yo pasamos a ser parte de una constelación humana delimitada en 96 apartamentos y no menos de 500 personas.
Desde que ocupamos el apartamento, mi esposa y yo nos percatamos que en el piso de los vecinos del apartamento superior al nuestro, se producían unos ruidos espantosos, los cuales, en el silencio de la noche, se sentían con mayor estruendo. Era una especie de metal friccionando contra el piso pulido de granito, pero lo que se arrastraba debía ser muy pesado, dado lo intenso del fantasmal ruido.
Los días pasaban y mi esposa y yo especulábamos al respecto: ¿Será una máquina de moler algo? ¿Será una máquina de coser? ¿Por qué pesarían tanto? ¿Será alguna maquina de tipo industrial? Toda vez que escuchábamos aquella trilladora de concreto y metal sobre nuestras cabezas surgían nuevas interrogantes, las cuales, no pasaba de simples especulaciones por parte nuestra.
Los días pasaban y aquello se tornaba cada vez mas molesto. De la intriga, pasamos al desespero, mas mi esposa insistía en que esperase unos días mas, antes de hablar con ellos, tal vez los vecinos del piso superior se percatarían de que lo que hacían no estaba bien y dejarían de hacerlo.
Un día en que mi esposa lavaba la ropa, se percato que de arriba se colaba el agua que derramaban los citados vecinos en su balcón. Esta se introducía por unas uniones de las panorámicas a las cuales no se les había puesto la suficiente silicona a ser instalada, inundándolo todo. Pasados unos cuatro días las goteras aumentaban. Yo, molesto por aquella situación y por los chirridos nocturnos del misterioso aparato, estaba a punto de un colapso nervioso. “Mañana mismo voy a hablar con ellos”, le dije a mi esposa realmente fuera de mi. Y exprese convincente: “No me calo más”.
El siguiente día en la mañana, encontré en el ascensor a una de las personas que vivía en aquel apartamento. Hasta ese momento era la única que yo había visto, inclusive nos habíamos saludado antes. No me parecía mala persona, por el contrario, pensé siempre que era muy educada por la forma como se expresaba y trataba a otros vecinos.
Antes de llegar a planta baja le indique que necesitaba hablarle y ella muy amablemente me dispensó su tiempo y atención.
Ya fuera del ascensor, con el seño fruncido y decidido a aclarar las cosas, le manifesté que para nosotros era muy incomodo esos ruidos que hacían por las noches y que las goteras en su balcón mojaban nuestra ropa y las paredes, manchándoles por el oxido que se desprendía con el paso del agua por el enrejado.
La Doña muy desconcertada se disculpo conmigo, manifestándome que si se lo hubiese comunicado antes, de seguro habría buscado la forma de solucionar ambas cosas. Aprovechó la oportunidad para referirme en su defensa que ella vivía allí sola con su hermana mayor, la cual había sufrido un accidente automovilístico un año antes y que desde entonces había quedado tetrapléjica, siendo totalmente dependiente de ella para todo.
El sonido que escuchábamos por las noches era producto del desplazamiento de su hermana en una silla de extensión convencional, dado que por carencias económicas le había sido imposible reparar la silla de ruedas que permanecía dañada desde hacia varias semanas.
En cuanto al agua derramada me refirió que, por lo estrecho de su baño y la carencia de la silla de ruedas, le tocaba bañar a su hermana en el balcón, cosa que hacia con una frecuencia ínter diaria, justamente para evitar las filtraciones que le habían causado problemas años atrás con los anteriores ocupantes de nuestro apartamento.
Confieso que aquellas palabras dichas con profunda pena por aquella mujer, me dejaron sin habla. Aquella comunicación debió ser mucho antes y en otros términos. Lo importante de todo aquello fue que abrimos los canales de comunicación y tanto los ruidos como las gotas, cesaron antes de lo pensado. Desde entonces comenzamos a llevarnos bien y cultivamos una bonita amistad.
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