La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - valens - 'El vendedor de sonrisas.'
El vendedor de sonrisas.
El hombre vendía sonrisas. Cada mañana, muy temprano, antes de que el sol se levantara y llenara todo de su resplandor multicolor, el hombre se levantaba, se llenaba de yeso la cara; lentamente tomaba tira por tira la tela enyesada y, después de mojarla, la iba acomodando en su cara, pegada a su piel. Entonces recordaba algún momento feliz de su vida: el día en que escuchó cantar a un gorrión por primera vez, cierta noche en que una mujer lo amó, incluso la alegría infantil de un día en la feria. Cuando la sonrisa brotaba, espontánea de sus labios, la aguantaba ahí el tiempo suficiente para que el yeso se secara y quedara la sonrisa grabada en la máscara. Después la ponía al sol mientras se lavaba la cara y desechaba de su mente para siempre el recuerdo feliz que había evocado (es por todos bien sabido que cuando uno repite un recuerdo feliz en la elaboración de sonrisas, etc...); una hora después pintaba la sonrisa con los colores del día recordado y comenzaba de nuevo, tomando tira por tira la tela de yeso y acomodándola en su cara.
Había mañanas en que ningún momento feliz le llegaba a la mente y esos días salía a la calle, muy decidido, a vender corajes o tristezas inconmensurables.
Sin embargo, el vendedor de sonrisas vivía tan ocupado fabricando y vendiendo sonrisas, que no había logrado un solo momento feliz que recordar en años, todas sus sonrisas eran de recuerdos de la infancia, el hombre con más sonrisas en la mano era el hombre con menos sonrisas en su vida. Así pasaron los años y, eventualmente, el hombre se quedó sin recuerdos felices, por lo cual ya no pudo fabricar más sonrisas para vender. Intentó en un principio vivir vendiendo sólo corajes, pero la gente ya tenía tantos que no ocupaban más; luego intentó vender tristezas, pero las calles estaban llenas de hombres tristes, solos con sus tristezas; después se resignó a vender caras de un hombre sin expresión, con la cara marcada por el paso del tiempo, pero para la gente eso eran tan común, que no vendió una sola.
Desilusionado, salió una tarde de abril a caminar a un parque tratando de recordar los momentos en los que fabricaba sus sonrisas, sin embargo, esos recuerdos se volvían amargos al constatar que nunca podría volver a sonreír. No dejaba de reprocharse el no haber guardado nunca una sonrisa para sí mismo; ahora estaba condenado a una vida casi sin expresiones (en algún momento el coraje y la tristeza desaparecerían también) y sin relieve. Estaba pensando en eso cuando se le acercó un vendedor de sonrisas, debía tener aproximadamente la misma edad que él tenía cuando comenzó a vender; al verlo supo rápidamente que ese joven terminaría igual que él sin sonrisa. Se acercó y le compró la sonrisa más espontánea que tenía y luego le dijo amablemente:
- Yo también fui vendedor de sonrisas...
- En serio?- preguntó el joven (alegre de conocer a un colega) sin sospechar la causa de su retiro.
- Si y le quiero dar un consejo que le servirá el resto de su vida.
- Claro- dijo el joven, contento de recibir un bueno consejo.
- Los dìas de verano son mejores para vender muchas sonrisas- dijo fríamente el hombre y, dando media vuelta, se alejó de ahí.
Al día siguiente, salió el hombre a vender una nueva sonrisa espontánea...
Texto de valens agregado el 02-07-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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